No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 76
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Veintiocho minutos.

El GPS de la policía marcaba ese tiempo para llegar hasta la perfumería Delatour, en Rue du Faubourg Saint-Honoré.

Media hora era una vida.

Minerva se pasó la mano por el rostro.

El agente que conducía tenía el pie pesado y corría todo lo que podía, pero seguía siendo demasiado tiempo.

El coche, con las sirenas puestas, sorteó el tráfico en Quai de l’Hôtel de Ville hasta un semáforo en rojo.

El agente dio un volantazo y se metió por el puente de la Tournelle, que cruzaba una islita en el Sena.

Siguió a toda velocidad. Mientras, en los asientos traseros, Minerva miraba por el parabrisas.

Stan iba agarrado a dos manos a la maneta del techo.

Tilda, a su izquierda, consultaba el móvil, por si llegaba un mensaje de Su Eminencia por Telegram o a la bandeja de entrada de su correo.

La ausencia de mensajes era esperanzadora, desde luego.

El coche patrulla cruzó el puente y se metió por Quai de la Tournelle, costeando el río Sena por el lado izquierdo.

El coche avanzó a gran velocidad. Cuando los semáforos estaban en rojo y los coches no se podían apartar, el hábil conductor se metía por las aceras, incluso invadiendo terrazas con turistas. Se incorporaba de nuevo a la calle y seguía.

Pasaron la Île Saint-Louis y siguieron hasta la Île de la Cité. Pasaron Notre-Dame. Minerva seguía muy de cerca la situación del tráfico. El reloj en el salpicadero parecía estar reduciendo a la mitad los veintiocho minutos que marcaba inicialmente el GPS.

Pero su alegría se desmoronó al ver al fondo el Pont des Arts, el escenario del primer asesinato.

Desde allí, el tráfico se fue volviendo cada vez más denso, hasta que el coche fue tragado por el atasco y, a pesar de que el agente subió el volumen de la sirena y le dio fuerte a la bocina, se quedaron estancados.

—¡Mierda! ¿Qué pasa? —gritó Minerva.

El agente que conducía apuntó al edificio que estaba al otro lado del río. Inconfundible, el museo más importante del mundo sobresalía entre los coches y las arboledas.

—Es una jodida manifestación —bramó el policía—. Desde el robo en el Louvre, no paran de hacer manifestaciones improvisadas. Quieren que se destituya al director y no sé qué chorradas más.

Minerva miró el GPS: faltaban unos tres kilómetros. Quedarse allí era un fracaso seguro. No podía perder ni un segundo.

Miró fijamente el mapa. Recto, derecha, luego izquierda y luego de nuevo derecha. Memorizó el trayecto y decidió actuar por su cuenta.

Abrió la puerta del coche y pasó por encima del regazo de Tilda como una anguila enloquecida.

A los otros pasajeros del coche no les dio tiempo de reaccionar.

Minerva corrió sorteando los coches. Corría a toda velocidad, en un esprint continuado. A pesar de estar entrenada, necesitaría unos quince minutos para completar esos tres kilómetros. Llegaría agotada, y poco preparada para afrontar lo que pudiera esperarle.

Mientras corría como una loca entre los coches, tuvo una idea.

Dejó atrás la calle y se metió por el paseo peatonal que recorría la orilla del Sena. Allí, unos turistas caminaban tranquilamente. Otros iban paseando en bicicleta.

Se detuvo y analizó el momento.

Decidió que tenía que hacer algo que no habría hecho en una situación normal, así que sacó su placa y, moviendo rápidamente los brazos, hizo que un repartidor de comida a domicilio se detuviera.

La placa sirvió de poco. El chico, extranjero, la maldijo en su lengua natal y en francés.

Pero ella no le hizo caso: cogió su patinete y siguió hacia la perfumería Delatour.

El viento le removía el pelo corto.

Minerva solo pensaba en Claudio.

A pesar de ser un jodido cura, sentía algo por él que nunca antes había experimentado.

¿Qué diablos era eso?

No quería profundizar, pero ese italiano había despertado algo en ella. Ese seminarista le había hecho ver una nueva faceta de los hombres de la iglesia. Pero no solo de la iglesia.

Claudio le había devuelto la fe en las personas.

Al llegar al puente de la Concordia, giró a la derecha.

Cruzó el puente, encontrándose delante el Obelisco de Luxor. A la derecha, en el fondo, la torre Eiffel sobresalía entre unos árboles altos.

Al cruzar el puente vio la manifestación y el principio del caos. Todo el centro de la ciudad estaba colapsado.

Bajó de la acera y se metió en contradirección por la plaza de la Concordia. Los coches estaban parados y sus conductores hacían sonar las bocinas, enfadados.

Siguió hacia los Campos Elíseos, en dirección al Arco de Triunfo. Allí, el tráfico volvía a ser fluido y pudo regresar al carril de la derecha.

Avanzó hasta Avenida de Marigny y torció a la derecha.

El patinete volaba sobre el asfalto frío de la ciudad. Seguramente estaba trucado y le habían eliminado los límites de velocidad del fabricante.

Minerva era consciente de que llegaba tarde, pero gracias a ese Pegaso eléctrico, podría tener alguna oportunidad de llegar a tiempo. Muchas más oportunidades que si hubiera seguido en el coche de la policía, o incluso corriendo esos tres larguísimos kilómetros.

Pasó por delante del Elíseo y giró a la izquierda.

De pronto, se encontró frente a la perfumería Delatour.

Frenó y soltó el patinete justo en medio de la acera.

Había llegado.

La perfumería estaba cerrada, pero la persiana no estaba bajada.

No se veían luces ni personas dentro. Todo estaba en silencio.

Era una mañana de martes y en el cartel marcaba que debería estar abierta. Eso, a priori, era una buena señal. Apoyó las manos en el cristal.

Seguramente, del otro lado de ese escaparate estaba él: Claudio, su Claudio.

Tenía que hacer algo, y tenía que ser rápido, muy rápido.