No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 75
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Valeria había reconocido a Claudio.

Otro natural de Trapani. Un hombre al que conocía muy bien y al que, estadísticamente, era casi imposible encontrarse de nuevo. Si, además, se le añadía la variable de encontrárselo en una perfumería de París, aquello rozaba el cero absoluto porcentual.

—Claudio…

—¡Valeria! —dijo él, y trató de moverse.

Intentó liberarse de la cuerda que le sujetaba el cuello y las manos.

—Dios los hace y los junta —dijo Judith, despectiva—. Pero también los mata.

Claudio miró a Valeria intensamente, casi feliz de verla.

—Valeria, ¿cómo estás?

Ella se avergonzó.

Él sonrió aún más. No sabía si ella sería la última persona que vería antes de morir, pero se alegró de volver a verla.

—Han pasado casi cuatro años desde… —dijo Claudio.

Judith puso los ojos en blanco.

—Lo siento, Claudio —dijo Valeria—. Lo siento de veras.

Él negó con la cabeza.

—No tienes que disculparte, las cosas fueron como fueron —respondió él con bondad en la voz—. Tenía que ser de esta forma. Seguro que te ha ido mejor que conmigo.

Valeria se giró hacia el despacho de Judith y contuvo un grito. Al otro lado del cristal, estaba Calogero, su nuevo prometido, con una bala en la cabeza y tendido en el escritorio.

—Ya basta de chanzas. ¡El precio del pecado es la muerte! —dijo Judith, con una sonrisa apenas visible—. Romanos 6:23.

Claudio afinó la mirada y rápidamente le devolvió otra cita.

—Que el Dios de la esperanza os llene de toda alegría y paz en la fe… —respondió—. Romanos 15:13.

Los dos se miraron con ardor.

—¡Terrible cosa es caer en manos del Dios vivo! —añadió ella—. Hebreos 10:31.

Claudio no tardó en responder.

—Aunque camine por un valle de sombra y de muerte, no temeré mal alguno. Salmos 23:4

—¡Ya basta! ¿Qué es esto, un duelo a ver quién es más católico? —bramó Rufus—. Ser católico no es eso. No te hace más católico saber más frases de la Biblia, sino cumplir con los Diez Mandamientos y no cometer pecado alguno.

Se creó el silencio.

Valeria tenía la mirada perdida. No tenía ni idea de lo que estaba pasando, ni de lo que estaba por suceder.

Al mismo tiempo, Claudio sabía que estaba a punto de ser asesinado como las otras víctimas de París.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto? —dijo Claudio, girándose hacia Judith.

—Seminarista… —dijo Judith.

—Espabílate, mujer —dijo Rufus a la asesina.

—Todo a su debido tiempo, soldado de Dios. Él tiene que entender antes de ser sacrificado.

Al escuchar esa palabra, Claudio se retorció.

—No pienso morir a manos de una pirada por una causa sin sentido.

Rufus se acercó y cogió a Claudio por el cuello. Su mano le daba la vuelta al cuello como si fuera una tenaza gigantesca.

—No te atrevas a decir blasfemias, pecador. Tú no sabes qué es ser fiel, no sabes ni qué quiere decir ser un hombre de Dios. Estabas en el camino del sacerdocio y empezaste a ayudar a los pecadores que quieren detener la obra de Su Eminencia.

—Padre… perdónalos, porque no saben lo que hacen —susurró Claudio aún apresado por la mano fuerte y grande de Rufus.

—¡Suéltalo, no hay que matarlo así! —ordenó Judith.

La mole soltó a Claudio con un gruñido, después de pensárselo unos segundos más.

Al soltarlo, el seminarista respiró.

—No me habéis respondido qué pasa con Valeria. ¿Por qué está aquí?

Judith sonrió y vio que Valeria se había marchado.

—¡Rufus!

El hombre se giró al instante. Con el alboroto, Valeria había dado unos pasos hacia atrás y se había marchado en dirección a la puerta de la tienda, por el mismo lugar por donde había entrado.

Desapareció del campo visual de Claudio. Este pudo escuchar cómo sus pasos rápidos seguían por un largo pasillo y desaparecían.

—Claudio Addante, creo que es hora de que lo sepas.

—¿Que sepa qué?

—Que Su Eminencia estudió tu caso hace tiempo y no deberías haberte inmiscuido en estos asuntos.

Podrías haberte quedado tranquilo en Trapani y haber seguido el camino del sacerdocio.

Sin más —dijo ella y entonces cambió de tono, de molesto a enfadado—.

Pero no, tenías que venir a tocar las narices a la cruzada de Su Eminencia. ¿Es que no lo has entendido?

—¿Qué tenía que entender, loca pirada?

Ella se rio de que la llamara así y negó con la cabeza.

—Eres un maldito pecador.

—¿Yo?

En ese instante, Rufus entró con la mujer a cuestas, de la misma forma que había metido a Claudio en el taller de perfumería.

—Tienes que espabilarte —le dijo a Judith.

—¡Suéltame, suéltame! —gritó Valeria.

Judith se acercó con el táser a la garganta de la mujer.

—Cállate y escúchame, o te voy a matar de la forma más dolorosa que te puedas imaginar —bramó Judith—. ¿Me has entendido?

Ella, con los ojos llenos de lágrimas, asintió.

—Antes de ser seminarista eras un pecador. Te has acostado con esta mujer. No puedes ser un cura de verdad. Eres un pecador. Los curas de verdad no pueden probar la carne; eso son solo ovejas que dan bandazos —dijo Judith.

Rufus se acercó a Claudio y volvió a coger la cuerda.

—Venga, procede —le dijo a la asesina.

Ella asintió.

—Y tú, Valeria, has sido tan estúpida de creer que tenías una tía abuela en Francia.

Que eras la única heredera de una fortuna y que todo esto era para ti.

¡Idiota! Deberías arder en el infierno también por esto.

Pero hoy no estás aquí por esto, sino por el adulterio, por la traición y por la infidelidad.

Por el Sexto Mandamiento: No cometerás actos impuros.

Claudio bajó la cabeza. Por fin lo había entendido.

Llevaba más de tres años con esa duda que lo carcomía. Esa duda que lo había llevado casi a la locura. Esa duda lo había llevado a perder la confianza en la humanidad. Solo el camino de la luz, de Dios, del seminario, le devolvió la esperanza, la fe, las ganas de vivir y el sentido a su vida.

Después de que Valeria lo dejara plantado en el altar, perdió el norte.

Ahora lo entendía: Valeria lo había dejado por otro hombre. No lo abandonó por tener dudas, como había alegado en un miserable WhatsApp, sino por otro hombre. Otro hombre que seguramente era ese, el que estaba al otro lado del cristal con una bala en la nuca.

De pronto, todo tenía sentido. Claudio entendió el pasado y el presente.

Entendió por qué se había quedado solo en el altar en el día de su boda, con todos los ojos de los invitados mirándolo con lástima. Sin respuestas, sin motivo aparente. Esperó horas en la iglesia, hasta que su padrino de boda lo obligó a salir.

Y entendió el presente, por qué él estaba allí.

Era un pecador, según Su Eminencia.

Miró a los ojos a Valeria, esos ojos que no veía desde la noche antes de la boda. Ella no tuvo el coraje de devolverle la mirada.

Rufus tensó la cuerda aún más y Claudio sintió que llegaba su momento.