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Judith Delatour.
Ese nombre le sonaba a Minerva.
¿Quién era? ¿Dónde lo había escuchado?
¿Era alguien importante o famoso?
De pronto, Minerva creyó tener la solución del caso delante de sus narices, pero la presión y el estrago del momento no le dejaban pensar con claridad.
Judith Delatour…
Un apellido que no era uno cualquiera. Sonaba casi nobiliario.
—¿Estás bien? —preguntó Stan.
Ella no respondió.
Su cerebro estaba escaneando los días en París. Carteles, postales, calles, periódicos, noticias en las redes sociales, informes forenses, conversaciones, ruidos, intuiciones, pistas, colores, olores, personas, turistas…
Un carrusel de infinita información fue creando una tormenta perfecta que pasaba delante de ella, como si estuviera en el ojo de un huracán.
No lo conseguía.
Lo tenía en la punta de la lengua. Sabía que lo había visto. Estaba convencida, pero no acababa de encontrar una conexión que la llevase hasta el punto final.
La conexión no llegaba.
Se esforzó más.
Apretó los ojos y se masajeó las sienes.
Stan le agarró los brazos.
—¿Estás bien, Minerva? ¡Contesta!
Ella no lo escuchaba. Seguía en medio del tornado.
Entonces abrió los ojos, se soltó del agarre de su jefe y se giró.
—¿Quién es esta mujer? ¿Qué hace? Creo recordar algo con ese apellido, pero a lo mejor estoy confundiendo los recuerdos con las ganas de salir de este laberinto.
La secretaria, Emma, la escuchó con los ojos llorosos.
—Judith Delatour es la heredera de una famosa casa perfumista —dijo con asco.
Minerva se dio con una mano en la frente.
—¿Cómo no se me ocurrió? Parfumerie Delatour . ¡Claro! Por eso el jodido perfume en los cadáveres. ¡Es ella! Tenemos que irnos.
Stan arrugó el ceño y vio cómo Minerva salía corriendo de la estancia.
Miró a un lado y al otro, buscando la salida.
Stan la siguió y le dio el tiempo justo de agarrarla.
—¿Qué pasa?
Ella le miró.
—Creo que sé dónde está Claudio. Estuve en la perfumería de la mujer del alcalde. Creo que Claudio es la próxima víctima y me parece que sé dónde lo quiere ejecutar —dijo ojiplática.
Stan no la soltó.
—Tenemos que avisar a la policía y a los RAID, ellos tienen que encargarse de esto.
Minerva asintió, pero parecía estar en otra dimensión, en un espacio de tiempo paralelo.
—Tenemos que irnos —insistió.
Stan llamó a Tilda. Buscó al cargo más alto de la policía que estaba presente en el ayuntamiento.
Le explicaron las sospechas y decidieron enviar unas patrullas y un equipo de los RAID, tanto a la perfumería como al domicilio del alcalde.
Ambos lugares podían ser el lugar de sacrificio de la última víctima de la Asesina del Sexto Mandamiento.
No había tiempo que perder. Minerva, sin embargo, lo tenía claro en su fuero interno: era en la perfumería.
Los tres bajaron y se metieron en el primero de los coches patrulla. Los agentes se habían comprometido a acercarlos a la Rue du Faubourg Saint-Honoré.
Pero cuando el GPS del vehículo de la policía marcó el tiempo de llegada, Minerva se desesperó.