No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 73
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Se creó un silencio irreal en la perfumería.

Valeria acababa de ver cómo su prometido caía abatido por un disparo directo a la cabeza. De pronto, todas sus dudas se materializaron. Era verdad: todo era demasiado bonito, demasiado increíble para ser verdadero.

Lo había pensado varias veces antes de aceptar la invitación, durante el viaje e incluso pocas horas antes de entrar en la perfumería. El típico “tío de América”, en su caso una tía abuela francesa, nunca existía.

Y su error le acababa de costar la vida a su prometido.

Sin embargo, los problemas no se habían terminado. Solo acababan de empezar.

Valeria se giró y vio entrar en el despacho a un hombre alto, calvo y muy corpulento. Cargaba sobre el hombro a un hombre inconsciente, y en la mano sostenía una pistola, todavía humeante tras dispararle a Calogero.

Al verlo, Valeria gritó a pleno pulmón.

—¡Calla! —dijo Judith con una voz estridente que dejó sin aliento a la italiana.

—¿Dónde lo dejo?—preguntó el hombre, indicando el cuerpo que llevaba.

Judith suspiró y, sin pensarlo, le indicó el espacio al otro lado del cristal, en el laboratorio.

La mole de hombre obedeció. Se giró y fue directo al laboratorio. Apartó todos los frascos perfumados y soltó al hombre que cargaba sobre la mesa central.

Judith sacó de su cajón un táser y amenazó a Valeria con él.

—Camina —le dijo, indicándole la dirección con el aparato eléctrico.

La italiana obedeció.

Dio la vuelta al cristal y entró en el obrador de perfumes.

El hombre calvo esperó a que Judith estuviera cerca y le señaló el reloj.

—Se ha hecho tarde —dijo el hombre con voz grave, profunda y directa.

—Eres tú quien llega tarde, Rufus.

—El tráfico está imposible.

Ella se encogió de hombros.

—Si no lo consigues, no será mi problema —dijo Judith—, yo ya he cumplido el trato con Su Eminencia.

—No me vayas de listilla, Delatour. Tenemos que acabar esto.

—¿Y qué esperas?

Rufus guardó la pistola en uno de sus bolsillos y rápidamente empezó a desvestir a la persona inconsciente que estaba sobre la mesa.

Valeria no entendía lo que estaba sucediendo. Se preguntó en qué rincón perdido de la civilización se había metido.

Un hombre desvistiendo a otro hombre inconsciente. ¿Era un juego sexual? ¿Iba a ser víctima de una violación en grupo?

Las posibilidades más bizarras empezaron a presentarse delante de sus ojos.

Judith le acercó el táser a Valeria y le gritó:

—¡Venga, desnúdate tú también!

Ella no pudo oponerse. Se quitó la blusa. Luego los zapatos y el pantalón. Una vez en ropa interior, se dio cuenta de que el hombre calvo ya le había quitado el vestido al otro. Cuando lo tiró al suelo, aún con los ojos entre lágrimas, Valeria vio que era una sotana de cura.

Levantó la mirada y entonces reconoció a la persona que estaba sobre la mesa.

—¿Cómo puede ser? —susurró.

—¡La ropa interior también! —gritó Judith, y señaló al calvo de dos metros—. No querrás que te la arranque él, ¿verdad?

Valeria levantó la mano y lo señaló.

—Ese es Claudio… Claudio Addante —le dijo a Judith—. ¿Qué hace él aquí?

Judith no dijo nada. Su respuesta fue solo una mueca, que se dibujó lentamente en su rostro maligno.

—Sigue —le ordenó a Rufus.

Rufus cogió el cuerpo de Claudio y lo bajó de la mesa.

Lo acercó a una pared donde había más espacio, y una cuerda.

Lo dejó tendido en el suelo y le pasó la cuerda por el cuello.

Se sacó un frasco del bolsillo. Al abrirlo, un olor nauseabundo destacó entre tanto perfume y se difundió rapidísimamente por la estancia.

Al ponerlo cerca de la nariz de Claudio, este inspiró el olor y se despertó.

Estaba en calzoncillos, con las manos atadas por detrás y con una cuerda al cuello que poco a poco se estaba elevando. Sintió el dolor en el cuello hasta encontrarse de pie y tocando el suelo solo con la punta de los pies.

Cuando la cuerda se detuvo, Claudio empezó a analizar qué pasaba. Se preguntó dónde estaba, y cómo había acabado allí.

¿Quiénes eran esas personas y, sobre todo, por qué llevaba una cuerda al cuello?

Miró a su alrededor.

Aquello parecía un laboratorio químico. Luego miró mejor y vio que no lo era. Por el olor y los frascos pequeños y de cristal, era un obrador de perfumería.

Levantó la cabeza, aún aturdido por la descarga del táser. Delante de él había dos mujeres. Una con el pelo entre rubio y blanco, recogido con una coleta y vestida de negro. La otra estaba casi desnuda.

A la primera no la reconoció, pero la segunda le sonaba. Afinó la vista y, al recordar quién era, se despertó en su interior un tsunami de recuerdos.

—¿¡Claudio!? —gritó Valeria—. ¿Qué haces aquí? ¿Esto es idea tuya?

A Judith le sorprendió la frase. Le pareció la afirmación más surrealista que podía escuchar en ese momento.

—Creo que te tocó la lotería, Claudio, al no casarte con esta mujer —dijo mofándose de la italiana.