72
En el despacho del alcalde de París, Minerva seguía mirando a Tilda con expectación.
En su corazón se temía lo peor.
—La científica ha analizado la sangre en la habitación de Claudio y parece que no es humana.
Minerva arrugó el ceño mientras bajaba la mirada.
—¿Cómo dices?
—Sí. El mensaje de Sophie dice que la praxis habitual es comprobar primero si es humana o animal. Al parecer, esa sangre no es de Claudio —afirmó Tilda, con la mirada fija en el texto de su teléfono.
Minerva levantó los ojos. Inspiró profundamente, recuperando el aire que había dejado de respirar por la ansiedad.
—No es de Claudio —susurró—. Entonces puede que todavía esté bien.
Stan se acercó.
—Tenemos que buscarlo. Todavía hay esperanza.
—Tienes razón —dijo un poco más animada.
En ese momento, un agente de la policía los llamó. Se detuvo en la puerta, indicando con grandes movimientos que se acercaran.
—¿Qué pasa? —preguntó Stan.
—Tienen que seguirme. La secretaria del alcalde ha recobrado la conciencia —indicó el agente.
Poco después se encontraban en una estancia contigua al despacho.
Minerva se sentó frente a la mujer, que era muy guapa. Sospechosamente guapa, pensó Minerva.
Su rostro estaba pálido y sus ojos se veían algo perdidos. Buscaban un punto en el infinito, sin acabarlo de encontrar.
—Señorita… —dijo Minerva con mucho tacto—. ¿Se encuentra bien?
La mujer asintió.
El traje que llevaba estaba salpicado por gotas de vómito. Aún se podía oler.
La secretaria tragó saliva y la miró directamente a la cara.
Asintió.
—Sí, me encuentro mejor. ¿Cómo he llegado aquí? —preguntó.
La estancia era una pequeña salita de reuniones, al lado del despacho del alcalde. Habían juntado varias sillas, formando una especie de cama, para que la mujer pudiera tumbarse.
—Verá —respondió amablemente Minerva—. Necesitaríamos saber qué pasó esta mañana. Es usted la única testigo que puede haber visto algo.
—¿Algo?
Minerva asintió.
—Sí. Al asesino. O asesina —rectificó.
La expresión de la secretaria se descompuso. Bajó la cara, como empezando a recordar lo que había pasado antes de despertarse en ese estado.
—Yo, lo siento… Fue entrar, ver eso… y me desmayé. No pude ni pedir ayuda —dijo echándose a llorar.
Detrás, el agente que los había llamado aprovechó para decir que una compañera de la misma planta había encontrado a la mujer tendida justo en la puerta del despacho. Fue ella quien llamó a la policía.
Minerva se giró de nuevo hacia la mujer.
—Está bien, tómese el tiempo que necesite. Haga memoria, ¿qué pasó?
Tilda le acercó una botellita de agua. En la mesita, entre las sillas, había unas cuantas preparadas para las visitas.
La secretaria sonrió, la destapó y dio un trago muy corto.
—Vine temprano esta mañana y el alcalde ya estaba en su despacho —dijo, tratando de reconstruir los hechos—. Luego me dijeron que anulara toda la agenda del alcalde, y yo obedecí. No tengo ni idea, yo… no vi entrar a nadie más. No sé.
Minerva le hizo un gesto con las manos para que ralentizara su discurso.
—Espere, empiece de nuevo. Necesitamos saber punto por punto. Empiece por la mañana. El alcalde, ¿a qué hora llegó?
—No lo sé. Antes que yo.
—¿Y usted?
—Yo, como siempre, sobre las siete y media.
Minerva asintió.
—Bien, ¿qué pasó entonces?
La secretaria necesitó un momento para poner sus ideas en orden y alinearlas cronológicamente.
—Creo que entré en su despacho.
—Bien —dijo Minerva—. ¿Qué más?
—Le dije buenos días y me fui.
Minerva arrugó el ceño.
—¿Solo eso? ¿Seguro?
La secretaria dudó.
—¿¡Seguro!? —repitió Minerva.
La secretaria la miró con perplejidad.
—¿Cómo lo sabe?
Minerva, sin cambiar su expresión, le contestó.
—Una corazonada.
La secretaria bajó la mirada y respondió cabizbaja.
—Cerré la puerta detrás de mí y me acerqué al alcalde. Él estaba delante de la ventana, se acercó a mí y lo abracé…
—Y…
Ella suspiró.
—Luego lo besé —confesó, como un criminal confiesa su delito—. Como cada mañana.
Minerva ni se inmutó. Stan, en cambio, levantó una ceja. Se giró hacia Tilda, que también estaba escuchando con atención.
—Está bien —afirmó Minerva—. Señorita…
—Emma.
—De acuerdo, Emma —dijo Minerva con una ligera y rápida sonrisa—. ¿Qué más pasó después de que se dieran un beso? ¿Tuvieron relaciones sexuales en el despacho?
La secretaria se llevó una mano al pecho, horrorizada.
—No, jamás, nunca tuvimos ese tipo de relaciones en el despacho.
—Pero fuera sí.
—Sí —confirmó bajando la mirada—. Estábamos enamorados.
—Ya.
—Es verdad —afirmó y se entristeció de repente—. Y ahora mi Rémi está muerto…
—Lo entiendo, pero esto es importante. ¿Qué más pasó, señorita Emma?
Ella tragó saliva y procuró centrarse de nuevo.
—Después de darnos los buenos días, salí, preparé un café para él y se lo llevé.
—Bien, ¿qué más…?
—Cuando salí del despacho me encontré con ella.
—¿Ella?
—Sí, ella —dijo con rabia—. La bruja.
Minerva se acercó a la secretaria, le apoyó una mano encima de la suya y la miró fijamente.
—¿Quién es ella?
—Su mujer. Judith. Es una bruja arpía, que maltrataba a mi Rémi.
Minerva se giró hacia el agente de policía.
—¿Puede localizar a la mujer del alcalde?
Este asintió y salió disparado de la sala.
—Bien, Emma. ¿Qué pasó cuando llegó la mujer del alcalde?
Stan se encontraba detrás de Minerva. Observaba como el puzle se iba componiendo gracias a la habilidad de su pupila.
Minerva no siempre daba en el clavo, pero había un factor común en sus interrogatorios y en sus evaluaciones de los escenarios de un crimen.
Su capacidad de observación era directamente proporcional al nivel de presión al que la sometían.
—Casi nos pilla besándonos. Me sentí amenazada, no por sus palabras, sino por su mirada.
Tenía algo raro en la mirada. Creo que lo sabía, o por lo menos estaba enfadada conmigo, o con él.
No estoy segura. Me dijo que tenía que anular todas las citas, reuniones y llamadas de su marido para toda la mañana.
La tarde seguía en pie, pero por la mañana tenían un problema familiar que resolver.
—¿Un problema familiar? —susurró Minerva—. ¿Qué pasó luego?
—Judith estuvo en el despacho una hora aproximadamente. Cuando salió, me dijo que su marido estaba teniendo una conversación importante por el móvil y que no lo molestara.
Minerva asintió.
Eso era clave.
La mujer del alcalde, al decir que no fuera molestado, estaba ganando tiempo para desaparecer de la escena del delito.
Minerva se acercó más a la secretaria e hizo hincapié con las manos juntas.
—Señorita Emma, dígame: desde que la mujer del alcalde se marchó y usted abrió de nuevo la puerta, ¿cuánto tiempo pasó?
La mujer negó con la cabeza. Su mirada estaba perdida en el infinito.
—No sabría decirle, pero creo que una hora, o algo así.
—Bien —respondió Minerva y asintió, preparándose para la pregunta más importante de todas—. Intente recordar, por favor. Esto es lo más importante de todo lo que me ha dicho. ¿Recuerda si, desde que salió la mujer del alcalde hasta que usted entró y lo vio muerto, entró alguien más?
Ella no dudó.
—No —afirmó segura.
—¿Segura?
—Segurísima.
—¿Puede que fuera a buscar un café o al lavabo?
—En este trabajo, se va pocas veces al lavabo. El teléfono es un hervidero y no puedes dejar el puesto así como así. Estoy segurísima. Solo entró ella.
—Está bien. ¿Alguien podría haber entrado por la ventana, o por otra puerta?
Ella no se lo pensó.
—No creo que Spiderman se haya molestado en subir aquí.
Que yo sepa, no tenemos superhéroes en esta ciudad.
No creo que nadie haya trepado hasta el tercer piso, y no hay cornisa en la fachada.
No puedes venir de otro sitio. Seguro que ha sido ella —dijo, comprendiendo la conclusión más lógica—. ¡Esa mujer mezquina!
Minerva asintió y se giró hacia Stan. Los dos se entendieron solo con la mirada.
Ella se giró y lanzó la última pregunta.
—Señorita Emma, ¿cómo dice que se llama la mujer del alcalde?
Ella no esperó y escupió el nombre como si fuera un veneno que estaba en su boca.
—Judith. Judith Delatour.
Minerva se levantó de golpe. Ese nombre le era familiar. Ya lo había escuchado antes, pero necesitó unos segundos para que su cerebro lo procesara, lo encasillara y conectara los puntos. Cuando lo hizo, ahogó un grito de furia al reconocer el nombre y se giró hacia Stan.