71
La perfumería Delatour ya se encontraba abierta al público a esa hora.
Los empleados habían llegado temprano y, como cada mañana, habían abierto la perfumería.
Empezaron a atender a los clientes y a vender, como solían hacer siempre.
Era un día cualquiera, pero eso cambió al llegar Judith Delatour, la propietaria, y también mujer del alcalde de París.
Su perfumería, reconocida por varias instituciones como una de las mejores de la ciudad, tenía mucha afluencia. Entre sus clientes estaba la jet set de la nación francesa. En la acera de enfrente solían apostarse los paparazzi a la caza de actores, presentadores o VIPs en general.
Cuando Judith llegó a la tienda, bajó el volumen de todas las conversaciones, como si hubiese entrado alguien famoso, o temible.
La dueña fue directamente a buscar a la encargada.
Le dijo que estaría en su despacho y le dio órdenes de cerrar la tienda.
Esperaba a alguien, y debían dejarlo entrar.
Mientras tanto, debía despachar a todos los clientes que habían llegado.
Les dijo a los empleados que se tomaran el día entero de descanso.
La encargada necesitó que se lo confirmara dos veces. Aquello era bastante inusual. Una vez segura de haberlo entendido bien, empezó a seguir las instrucciones de su jefa.
Colocó el cartel de cerrado y fueron despachando a la gente.
Cuando la visita de Judith llegó, la encargada levantó el teléfono y la llamó. Pasaron pocos minutos antes de que Judith apareciera en la tienda.
Al ver a su visita, abrió los brazos y se acercó a recibirla. Todos los empleados se quedaron perplejos, mirando cómo la dueña de la perfumería recibía a esas dos personas, un hombre y una mujer de aspecto extranjero.
—¡Por fin! —exclamó Judith.
Primero se acercó a la mujer que acababa de llegar y se dieron un largo abrazo.
—Déjame verte —dijo Judith con tono cariñoso—. Valeria, qué alegría haberte encontrado y verte por fin en persona.
La joven se ruborizó y asintió.
—Gracias. Lo mismo digo, señora Delatour.
—Llámame Judith —afirmó ella—. ¿Y él es…?
Valeria indicó al hombre que la seguía.
—Él es mi prometido, Calogero Gregi, aunque todos lo llamamos Lillo.
Calogero sonrió y se acercó. Quiso besarle la mano, pero Judith la retiró antes de que pudiera hacerlo. Pasó la mano por el brazo de Valeria y fueron caminando hacia la trastienda. Calogero las siguió, observando la tienda con admiración.
Al pasar, Judith miró a la encargada y esta asintió, confirmando que había cumplido sus órdenes.
Cruzaron un pequeño pasillo, luego un almacén y llegaron al despacho de la dueña.
—¡Vaya, tía Judith! —dijo Valeria—. Esto es como Charlie y la fábrica de chocolate , pero con perfumes, y en plan… ¡Woow! ¿En serio todo esto es tuyo?
Judith se ruborizó al escuchar cómo se expresaba esa mujer del sur de Italia, hortera y algo escandalosa. Tenía muy poca clase. También se alegró de que no fueran familia. Gracias a Dios no sería ella quien heredara toda su fortuna.
El despacho y el taller donde elaboraban los perfumes era un ambiente único, alargado y tan grande como la tienda contigua, pero más profundo. Los ambientes estaban separados por un cristal que, para mayor discreción de la dueña, se podía oscurecer con un botón.
—¡Esto es la bomba, tía Judith! —afirmó Valeria, mirando a su alrededor con asombro.
Judith, con las manos juntas y los dedos entrelazados, se sentía un poco molesta por tener que soportar en su casa a esas dos personas. Pero no tendría que aguantar mucho más tiempo. El trabajo comisionado por Su Eminencia ya casi estaba acabado.
—Por favor, sentaos —dijo.
Judith se sentó detrás de su escritorio y las dos visitas al otro lado.
Calogero lo hizo enseguida; sin embargo, Valeria necesitó que se la arrastrara. Todo lo que veía le producía asombro.
Desde luego, no era para menos. El taller tenía techos altos y en el ambiente dominaba el rosa claro y el blanco.
El laboratorio de Judith parecía más un santuario que un taller: molduras doradas, espejos y una luz filtrada que convertía cada frasco en una reliquia.
Sobre las mesas había decenas de esencias alineadas con precisión quirúrgica.
Desprendían un aroma dulce, casi hipnótico, que ocultaba cualquier rastro de lo que realmente vivía allí.
Todo era belleza, equilibrio y lujo… como si el horror también pudiera perfumarse.
—Me alegro mucho de conoceros —dijo Judith.
Valeria sonrió, pero Calogero no lo hizo.
—Nosotros también, ¿verdad, Lillo?
—Me hace tremendamente feliz que estés aquí —siguió Judith, aún con las manos juntas. Por encima de su suéter sobresalía un rosario plateado que resaltaba contra el tejido—. ¿Habéis tenido un buen viaje?
—Sí, perfecto —respondió Valeria.
—¡No! —respondió él.
Valeria se giró con una mirada asesina.
—Ha ido muy bien, gracias.
Judith asintió y miró el reloj.
—¿Es de vuestro agrado el hotel?
—¡Una pasada!
—Regular…
Valeria lo miró de nuevo.
—¿Quieres parar? —le susurró entre dientes—. Gracias por… —dijo Valeria, pero fue interrumpida por su prometido.
—La verdad es que tenemos muchas dudas —soltó Calogero.
Valeria se giró lentamente. Su expresión era aún más enfadada.
—¿Qué dices?
Judith subió una ceja y se giró hacia el hombre.
—¿Cómo puede ser que ningún pariente de Trapani se acuerde de usted? —afirmó con tono desconfiado.
—Hace mucho tiempo que me marché —dijo Judith sonriendo—. Fue antes de la Segunda Guerra Mundial.
Calogero negó.
—Esto es muy extraño. Lo siento, pero es que es superior a mí.
—¡Calogero Gregi! ¿Qué estás diciendo, se puede saber? —le espetó Valeria y se giró hacia Judith—. Lo siento, esto no se…
—Aquí hay gato encerrado —insistió Calogero—. Quiero saber qué quiere realmente esta señora. Seguro que es una estafa o algo ilegal. O, a lo mejor, sí es verdad es que es tu tía abuela, pero te va a pedir un riñón.
Calogero se quedó mirando muy intensamente a Judith.
Valeria, en cambio, veía cómo sus sueños se estaban esfumando por esos comentarios. Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—Lillo… —sollozó—. ¿Por qué me haces esto? ¿Cómo puede ser? De ti, no me lo esperaba.
Se creó un silencio entre ellos tres. De pronto, las voces lejanas que provenían de la tienda, dejaron de escucharse y una puerta se cerró. La luz del final del pasillo se apagó, dejando la tienda cerrada y vacía.
Judith seguía mirando al hombre.
Entonces separó las manos y aplaudió lentamente, muy lentamente.
—Bravo, Calogero —afirmó—. Qué lástima, Valeria, que no puedas disfrutar más tiempo de este chico tan perspicaz…
Al escuchar esas palabras, aún con las lágrimas que le bajaban por sus rosadas mejillas, Valeria se quedó pasmada.
En cambio, Calogero ya había entendido que eso era una emboscada. Pero nunca llegó a saber la magnitud de la misma porque un ruido sordo, casi un silbido, hizo que todo perdiera sentido y que el mundo se apagase.
Su cabeza, por el impacto, cayó sobre el escritorio de Judith.
Se quedó reclinado hacia adelante, inmóvil y sin vida.
Valeria necesitó unos instantes para entenderlo todo.
Luego abrió la boca y comenzó a hiperventilar.
Necesitó limpiarse unas manchas de sangre de la cara para entender que lo que estaba viendo era verdad: Calogero había recibido una bala en la cabeza y estaba ahí, muerto al instante encima de esa mesa.
—Estábamos teniendo una conversación muy agradable, ¿verdad, Valeria? —dijo Judith, y se giró hacia un hombre que acababa de entrar—. Te había dicho que esperases, Rufus, pero ahora me has manchado todo el despacho.