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Minerva miró la frase escrita con sangre en la pared de la habitación de Claudio.
Sacó su teléfono con manos temblorosas. Tenía que hablar con Stan.
Claudio estaba en peligro.
Antes de que pudiera buscar el contacto, su móvil empezó a sonar.
—Minerva —dijo la voz de Stan al otro lado—. Tenéis que acudir cuanto antes al despacho del alcalde de París. Tilda acaba de recibir otro email de Su Eminencia. Se trata de la cuarta víctima, lo han asesinado hace una media hora, a plena luz del día…
—Stan —lo interrumpió Minerva, y se calló de golpe, con la vista aún fija en la pared.
Siguieron unos segundos de silencio mientras Stan esperaba a que hablara.
—Minerva, ¿sigues ahí?
—Stan, ¿quién es la cuarta víctima? —preguntó, con miedo de escuchar la respuesta.
—Te lo acabo de decir, es el alcalde de París, Rémi Dati, y…
Minerva soltó el aire, ligeramente aliviada de que no fuera Claudio.
—Escúchame, Stan. Claudio ha desaparecido y alguien ha escrito «No tocarás» con sangre, en la pared de su habitación. Tenéis que venir aquí ahora mismo.
Stan soltó una maldición al otro lado del aparato.
—No puede ser. ¿Qué tiene que ver Claudio con todo esto?
—No lo sé, pero esto me huele muy mal. No puedo ir ahora a la alcaldía. Hay que encontrar al cabronazo que se lo ha llevado antes de que le hagan algo.
Se hizo el silencio un momento.
—No —replicó Stan—. Si hay alguna posibilidad de encontrar a Claudio, está aquí, siguiendo la pista de la asesina en la última escena del crimen.
Le diremos a Sophie que repase todas las cámaras de vuestro hotel y ahora mismo enviamos una patrulla que revise el hotel de arriba abajo.
Pero tú ven aquí. Además, no puedes quedarte ahí tú sola. No es seguro.
Minerva suspiró.
No le gustaba nada marcharse así del hotel, pero Stan tenía razón.
Si la asesina tenía a Claudio, sería más fácil seguir sus pasos partiendo de su última ubicación conocida.
A regañadientes, cerró la puerta de la habitación y salió a buscar un taxi.
Minutos más tarde, la inspectora entraba en el despacho del alcalde de París.
Se encontró con Tilda y Stan en la puerta.
—¿Noticias de Claudio? —preguntó Stan.
Minerva negó con la cabeza.
—Sophie está en ello —le aseguró su jefe—. Vamos. A ver qué podemos encontrar ahí arriba. Nosotros venimos del bufete de la víctima número tres.
En los ojos de Minerva estaba impresa una preocupación que Stan no había visto en mucho tiempo.
—¿Y qué habéis encontrado?
Él se giró hacia la periodista.
—Nada. Todo un montaje, como siempre. Como todo lo que hace Su jodida y malnacida Eminencia —bramó San.
—Lo mismo pasará con Claudio… —murmuró Minerva.
Tilda se acercó y la abrazó.
—No. Todo irá bien; lo encontraremos —le susurró al oído a la otra mujer.
Minerva asintió, aunque no estaba para nada segura.
Estuvieron un momento abrazadas, pero después Minerva se soltó. Necesitaba hacer algo. Sentirse útil. Analizar de una vez la nueva escena del delito.
Cuando llegaron al despacho, este ya hervía de agentes de la policía, que habían llegado poco antes que ellos.
Al cruzar la puerta, el horror los recibió de nuevo.
Una muerte más.
Rémi Dati estaba ahorcado, representando la misma escena de los últimos crímenes.
— No tocarás —dijo Minerva, observando con rabia las letras en la pared—. Otra vez. —Tras un silencio, añadió—: La persona importante.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Stan, girándose hacia ella.
Minerva negó con la cabeza. Dejó de mirar al alcalde muerto y se giró hacia Stan. Lo apuntó con el dedo. A pesar de estar al otro lado del despacho, el olor a sangre lo invadía todo.
—Ese… ese es el hombre importante —dijo Minerva y levantó un meñique.
Acto seguido miró fijamente a los ojos a Stan y levantó el anular—.
Las siguientes víctimas eran dos, no una, tal y como intuyó Claudio.
Una era una persona importante: el alcalde de París.
Y la otra víctima es alguien que conocemos. Es él. Claudio.
Minerva se encorvó un poco, sobrepasada por todo aquello. No quería imaginar lo que estaba por suceder. No podía.
Stan la sujetó por los hombros.
—Minerva, mírame. Tenemos que concentrarnos. No podemos flojear ahora. Tenemos que estar más unidos y ser más inteligentes que ella. La asesina tiene a Claudio. Por eso tenemos que trabajar más duro que nunca. Tenemos que averiguar dónde está y encontrarlos antes de que sea demasiado tarde.
Ella asintió débilmente.
—Está bien, debemos concentrarnos. Dejar atrás los miedos. No podemos revolcarnos en la mierda —dijo Minerva y se dio un ligero manotazo en la cabeza—. Concéntrate.
Se giró hacia el cadáver y fue avanzando lentamente hacia él.
La estancia se había quedado vacía de pronto. Los otros agentes habían salido, y ahora solo quedaban ellos tres y un fotógrafo de la científica. Fuera, en el pasillo que llevaba al despacho, se escuchaba un gran alboroto.
Minerva empezó a repasarlo todo. Por su mente iban pasando las escenas de los asesinatos anteriores.
Todos coincidían: la polea, la amputación, la crucifixión y, sobre todo, el perfume.
En esa ocasión, le pareció que la estancia estaba mucho más perfumada.
Podía ser solo una coincidencia, pero para Minerva las coincidencias no cabían en una escena del crimen.
En ese momento, el móvil de Tilda sonó.
Los tres se miraron.
Últimamente, cuando su móvil sonaba, era porque había llegado algún mensaje de Su Eminencia.
Minerva ahogó un grito. Inspiró y aguantó la respiración.
Tilda miró la pantalla.
—Es Sophie.
—¿¡Qué dice!? —bramó Minerva, casi arrebatándole el móvil.
Stan intervino.
—Minerva, cálmate, Tilda está de nuestro lado.
La joven inspectora se llevó las manos delante de la boca, como si fuera a rezar.
—Disculpa, Tilda, es que…
—Te entiendo perfectamente. Dice que tiene noticias de Claudio.
Al escuchar esas palabras, Minerva se tensó aún más.
—¿Y?
—Parece que la científica ha estado analizando la sangre, y…
—¡Tilda, suéltalo de una vez! ¿Qué han descubierto?