69
—¿Qué haces aquí? —preguntó Rémi Dati a la recién llegada.
La puerta del despacho del alcalde de París se cerró.
La mujer que había entrado cerró la puerta con el pestillo y comenzó a caminar hacia el escritorio. Al acercarse, una fragancia empezó a invadir la estancia. Un olor a flor de lis, a aquilegia y a jazmín.
Los dos se miraron unos segundos, en silencio.
De pronto, él notó en ella una mirada diferente, completamente extraña. Como si algo la hubiera abducido y teledirigiera su cuerpo. La manera de vestir, e incluso el perfume, desentonaban completamente con lo que estaba acostumbrado a ver en ella.
—Todavía no sé a qué has venido —dijo él nuevamente.
Ella sonrió con amargura, sabiendo lo que iba a suceder.
—He hablado con tu nueva secretaria —contestó—. Muy mona, por cierto. Le he dicho que cancele todas tus reuniones de esta mañana —dijo y antes de que él pudiera protestar, siguió—. Sin ninguna excepción. Y que no pase las llamadas.
El hombre se sorprendió, arrugó el ceño y acercó la mano al teléfono para llamar a la secretaria.
—No te lo aconsejo, Rémi —afirmó ella con tono desafiante—. Si es que quieres…
—¿¡Si quiero qué!? —respondió él.
—Si es que quieres saber la verdad…
Él quitó la mano del teléfono.
—¿La verdad? —respondió Rémi con sorpresa—. Maldita chiflada. Debería haberme divorciado de ti hace tiempo.
Ella sonrió, divertida. Se giró y se acercó a una ventana de las cinco que tenía el despacho de su marido, el alcalde de París.
—No me hagas reír. Tus electores piensan que tienes una vida perfecta.
Piensan que representas lo que vendes, creen en la imagen que transmites.
Una familia tradicional. Todos los domingos a misa.
Una vida intachable. Visitas a orfanatos y comedores sociales con tu esposa perfecta.
Una gestión de París perfecta. La perfección personificada, ¿verdad, Rémi?
—dijo y echó las cortinas de la primera ventana—.
Sin embargo, la verdad difiere mucho de lo que has intentado vender.
El alcalde se apoyó en el respaldo de la silla.
La piel crujió. Se pasó una mano por la frente y siguió por el pelo.
Miró el reloj; eran las siete y media. Tenía una agenda apretadísima y, si era verdad que su mujer había conseguido que su secretaria cancelara todas sus citas y reuniones, pronto se armaría el caos.
—Te has vuelto loca —susurró—. ¿Qué quieres?
Ella se dio la vuelta hacia él.
—Que me escuches.
Rémi suspiró y ella se fue acercando a la segunda ventana.
—Judith, ¿no podríamos hablar en casa? Nos vemos en casa todas las noches, ¿no me lo podrías contar allí? Maldita sea.
Ella negó con la cabeza.
—Nunca estás presente. O estás de cena con gente importante o pasas el tiempo con tus secretarias. ¡No! ¡Ahora!
El bufó y miró de nuevo el reloj. Estaba empezando a sudar del estrés.
—Venga, tienes diez minutos.
Judith sonrió y cerró la segunda cortina.
—Me temo que necesitaremos algunos más.
—¿Qué diablos quieres decir?
Ella se giró hacia él.
—Rémi, ¿por qué siempre eres tan mentiroso y tan falso? ¿Qué pasó entre nosotros que hizo que se descarrilara todo?
—Judith, escúchame… —dijo con condescendencia.
Ella, por el tono, entendió que no le iba a contestar. Lo conocía demasiado bien como para esperar de él una respuesta, y menos una disculpa que pudiera aplacar su labor de esa mañana. Menos aún, la ira de Su Eminencia.
—No, Rémi, escúchame tú. Estábamos en primera fila cuando reabrieron Notre-Dame, ¿te acuerdas?
Parecíamos la pareja perfecta, en el momento perfecto.
Y entonces tus palabras, desde el púlpito, como alcalde y gestor de una ciudad, de una comunidad y de una familia, fueron como un puñal para la iglesia.
En tu discurso escuché más mentiras y patrañas que en todos los años que llevo contigo.
Me sentí humillada. Me sentí ofendida por todo lo que dijiste delante del Señor, en el templo cristiano más importante de la nación.
De ti no me lo esperaba. Fue entonces cuando sentí la llamada del Señor.
Fue entonces cuando apareció Su Eminencia para salvarme.
El hombre, al escucharla, recordó aquel discurso.
Hasta ese momento lo había recordado con gran orgullo.
Estaba satisfecho de ese discurso, preparado por su actual secretaria.
Esa chica, la nueva adquisición de su alcaldía, era buena en muchas cosas, pero tenía un talento particular para crear discursos memorables, casi épicos.
De pronto, abandonó ese agradable recuerdo y le llamaron la atención dos palabras que acababa de decir Judith: Su Eminencia.
—¿Quién es Su Eminencia?
—El que nos va a salvar, Rémi. El que nos va a salvar.
Rémi sacudió la cabeza y sonrió, sin entender.
—¿Cómo? ¿Salvar? ¿De qué? Nosotros no necesitamos que nos salve nadie. Lo que necesitamos es un buen terapeuta de pareja. Eso sí que lo necesitamos.
En el rostro de Judith apareció una mueca.
—Es curioso que digas esto, a estas alturas.
Ella cerró la tercera cortina del despacho.
—No me has contestado.
—¿Qué quieres saber, Rémi?
—Quién demonios es Su Eminencia.
—Ya lo descubrirás.
Se acercó a la cuarta ventana y cerró también esas cortinas.
—¿Por qué estás cerrando todas las cortinas?
—Para que nadie nos vea.
—¿Quién demonios crees que se pasa el día mirando el despacho del alcalde? —dijo Rémi, y siguió aún más irritado—. Estás exagerando, Judith. Te estás comportando como una maldita loca.
Ella cerró finalmente la última cortina y se acercó al escritorio.
—Me has mentido los últimos diez años de mi vida. Mientras yo estaba criando a los niños e intentando salvar la perfumería de la familia, tú estabas fornicando como un neandertal en este mismo escritorio, como un perro en celo.
Él rio amargamente y ladeó la cabeza.
—Vaya, vaya. Así que eres la pobre mártir de la familia, ¿verdad?
Ella dejó su bolso en la silla, delante del escritorio, y el marido sacó una carpeta del último cajón derecho de la mesa.
Dejó caer una pesada carpeta llena de notas al lado de su esposa.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
Él no respondió. Solo lo señaló con la barbilla.
Ella, con curiosidad, se acercó. En la portada había una frase: «Caso Delatour».
Abrió la carpeta y en la primera página apareció una foto en blanco y negro.
Judith la cogió y se la acercó.
Sonrió al reconocerse en ella. La instantánea representaba un momento de ternura entre ella y un chico unos veinte años menor que ella.
Se llamaba Bob, y era un estudiante de historia del arte.
Americano, afincado en París durante un post grado, y con ganas de probar todas las delicias que la ciudad pudiera ofrecerle.
Aquel romance duró poco, pero hizo mella en ella. Creó una fractura emocional que solo la promesa de Su Eminencia pudo cicatrizar a medias.
—¿Ahora me vienes con estas? —preguntó Judith—. El que más y el que menos, todos tenemos nuestros trapos sucios.
Luego, acercó la foto al bolso. La sujetaba con una mano, como si la estuviera mirando. Con la otra mano, aprovechó para sacar el táser y lo escondió detrás de la fotografía.
—No te molestes —dijo Rémi, pensando que quería quedarse con la foto—, el detective privado tiene una copia y todos los negativos. Como me pase algo, ya sabe qué tiene que hacer.
Judith se le acercó.
—Déjame que te explique una cosa… —dijo.
Él se acomodó en el sillón.
—No hace falta, Judith —respondió Rémi, con el tono de un jugador de póker que sabe que está ganando la mano más importante de la noche.
—Claro que sí, quiero explicártelo —replicó ella sacando el táser.
La potente chispa atravesó el cuerpo del alcalde. Lo dejó con la boca abierta de sorpresa y dolor. Su cuerpo, por la tremenda sacudida, se zarandeó como un muñeco. Judith aguantó el aparato unos instantes más de lo necesario, con rabia en sus ojos.
Cuando lo apartó, hasta Judith jadeaba.
Miró a su marido por unos instantes. Necesitó más de un minuto para concentrarse. Tenía poco tiempo; su cita con la salvación estaba ya muy cerca. Levantó la mirada y vio con claridad los agujeros que Rufus había hecho en el techo. Su eficacia era tal que hasta los tacos estaban ya puestos.
Sonrió. Era infalible.
Buscó en el armario todo lo necesario y empezó con su labor. Tenía que darse prisa. Su siguiente víctima de la mañana ya la estaba esperando.