No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 68
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Minerva se encontró en la misma posición en la que se había quedado dormida.

Movió los brazos, luego las muñecas y las piernas. Tenía todo el cuerpo entumecido.

Estiró un brazo y apagó el despertador del móvil.

Se desperezó, alargando los brazos lo máximo que pudo.

La esperaba un día largo y duro.

Pasó al baño y se duchó. Se lavó el pelo y se lo secó con la toalla.

Se puso ropa limpia, un poco de crema y se pasó el delineador por el contorno de los ojos.

Miró el reloj y vio que ya llegaba tarde al desayuno del hotel.

Eran las siete de la mañana y había quedado a esa hora para desayunar con Claudio.

Bajó los tres pisos y se fue a la sala del desayuno. Eligió el mismo desayuno que solía tomar durante su estancia en el centro de desintoxicación. Se sirvió huevos, zumo de naranja, un croissant de mantequilla y mermelada.

Esperó al seminarista con impaciencia, mientras su croissant aplastado y caliente se atemperaba.

Miró a su alrededor en la sala. La pared estaba decorada con posters de París y algún puzle montado y enmarcado por algún miembro del personal del hotel.

Después de esperar cinco minutos, empezó a desayunar sin Claudio. Se comió el croissant y los huevos. Cuando se lo terminó ya era muy tarde. ¿Cómo podía tardar tanto?

Eso era inusual en el italiano.

Un par de minutos de retraso podía ser, pero no veinte.

Acabado el desayuno, decidió subir a ver qué demonios estaba haciendo Claudio.

—Maldito seminarista de las narices, nos hará llegar tarde a nuestra primera visita —maldijo mientras subía los escalones—. Llegaremos tarde y después todo irá atrasado.

Se detuvo delante de la habitación de Claudio y golpeó fuerte con los nudillos un par de veces.

Al no recibir respuesta, apoyó la oreja en la puerta.

Esperaba escucharlo roncar, o el sonido de la maquinilla de afeitar. Sin embargo, lo único que escuchó fue un tremendo y desolador silencio.

—¡Cura! Venga, ¿qué haces? Despierta —dijo, no demasiado fuerte, respetando a los demás huéspedes del hotel que podían estar durmiendo.

Esperó unos segundos. Dio otra vez con los nudillos y probó si la puerta estaba abierta.

—¡Cura! —repitió más alto.

Al segundo intento de llamarlo, salió un señor en pijama.

—¿Quieres callar? Estábamos intentando dormir.

Minerva encogió el cuello en los hombros.

—Lo siento, mi compañero se ha dormido.

—Pues llámale al móvil. Para de gritar, o llamaremos a la policía.

Minerva, ya mosqueada, le enseñó la placa.

—No hace falta. Disculpe, pero es una emergencia.

El hombre le hizo un gesto que vino a significar «vete al diablo».

Minerva se volvió a girar hacia la puerta, que seguía cerrada.

«Maldición», pensó apretando la mandíbula.

Dejó atrás la habitación y comenzó a correr hacia las escaleras. Bajó los tres pisos a grandes zancadas. Su corazón estaba enloqueciendo, por momentos latía más y más fuerte.

¿Qué le había pasado a Claudio?

Tenía que averiguarlo lo antes posible.

De pronto, una sensación extraña la invadió.

Una sensación que pocas veces la sacudía. Una mezcla entre miedo y pérdida. La sensación de que algo que apreciaba se podía disipar como un aliento en una noche de invierno.

Llegó a la recepción y sacó la placa. Se identificó y el recepcionista la miró con susto.

—Soy de la habitación 332. Mi compañero no responde, necesito una llave de su habitación.

El hombre hizo un gesto de mirar debajo del mostrador. Se le veía incómodo.

—Es urgente, por favor —insistió Minerva.

Entonces, el recepcionista apretó los labios y se levantó. Colocó un cartel en el que ponía «Vuelvo en 5 minutos» y salió del mostrador. Minerva subió a gran velocidad las escaleras. Detrás iba el hombre, con poca agilidad pero acostumbrado a subir esas escaleras empinadas.

Jadeando, llegó y le abrió a Minerva la puerta de la habitación de Claudio.

Sin dilaciones, Minerva entró con fuerza.

—¿¡Claudio!? —gritó a pleno pulmón.

En la estancia no había nadie.

El recepcionista encendió la luz y miró a su alrededor.

Minerva observó que en el baño no estaba. La habitación era minúscula, justo quedaban unos centímetros a un lado de la cama para pasar. Tenía moqueta verde, y paredes con temas florales, seguramente de moda a finales de los años setenta u ochenta.

Su maleta estaba allí, abierta y con ropa apoyada encima.

Minerva entró en el lavabo, de azulejos azules y sanitarios de color crema. Imaginó encontrarlo en el suelo, con la cara llena de sangre y desmayado por alguna razón.

Pero tampoco estaba ahí.

—¿Dónde estás? —susurró.

Al girarse y ver la cara del recepcionista, sus peores temores se materializaron. La expresión de terror en los ojos del hombre materializó sus peores presagios. Claudio no estaba, pero el recepcionista había encontrado algo que ella no había visto.

A paso lento, por miedo de lo que pudiera encontrarse, se acercó.

Cruzó el umbral del lavabo. Pasó a la estancia y, bajo la luz, lo vio.

Había un texto escrito en la pared, que disipó todo tipo de duda y desenmascaró la verdad.

Claudio no estaba.

No solo eso: Claudio era la próxima víctima de la Asesina del Sexto Mandamiento.

En la pared ponía: «No tocarás».

Las dos palabras goteaban con un terrorífico color rojo.

Minerva se acercó. Arrugó el ceño, a punto de romper a llorar de furia y miedo a la vez. No era pintura. El olor a óxido era claro.

«No tocarás», ponía escrito con sangre.

Y Minerva sabía que Su Eminencia siempre escribía esa frase con la sangre de sus víctimas.