67
La noche pasó lenta para Stan.
Le pareció que no había descansado en absoluto. Se quedó toda la noche vigilando la puerta que dividía la suite del Four Seasons que compartía con Tilda.
Subiendo por el ascensor, Tilda le había vuelto a proponer que durmiesen juntos, aunque fuera sin tocarse. El calor humano era lo que ella más echaba de menos.
En lo más profundo de su corazón, Stan quería decir que sí, pero se había prometido no volver a pasar por el dolor que había sentido cuando Tilda se marchó de Madrid la vez anterior, dejándolo solo.
No podría soportarlo una vez más, así que siguió firme en su decisión.
Como buen capricornio, era muy tozudo. Y soportaba muy mal el dolor.
Tras la pérdida de su mujer, Mirella, no quería volver a pasar por ese camino de cristales rotos. Prefería perderse lo bueno de la vida que arriesgarse a sufrir.
Insomne, miraba la puerta de la habitación de Tilda. Desde el sofá, la estancia se veía diferente; no era tan cómoda como se imaginaba. Pero él estaba allí con una sola misión: protegerla.
Stan dormía con la pistola bajo la almohada. Si alguien hubiese entrado en la habitación, habría recibido un balazo en la cabeza en menos de lo que dura un parpadeo.
El despertador también pilló a Tilda con los ojos abiertos.
Abrió la puerta de la estancia y sintió como un aire gélido la alcanzaba.
El sofá donde debía dormir Stan estaba vacío, y la puerta de la terraza abierta.
Por un momento pensó en lo peor.
Se fue acercando a la terraza y comprobó que Stan, aún en pijama y envuelto en una manta, estaba sentado en una silla, fumando.
—¿No has podido dormir? —preguntó ella.
Él se giró, aprovechó la última calada y apagó el cigarrillo. El cenicero contenía ya unas cuantas colillas.
—Quería ver el amanecer de París. Dicen que es muy bonito.
Ella se abrochó el batín y salió. Cerró la puerta y se acercó a la barandilla.
—¿Y es bonito?
«No tanto como tú…», pensó él.
—Eso parece.
—Nos espera un día intenso.
Stan se encendió otro cigarrillo.
—Me fumo el último y entro. ¿Quieres ducharte primero? Luego voy yo.
«Iría contigo a la ducha», pensó ella.
—¿Prefieres ir tú primero?
Él la miró y esperó unos instantes antes de contestar.
El batín negro, de alguna marca cara, le hacía resaltar el pelo blanco y corto. Pocas mujeres podían presumir de esa belleza natural. A pesar de estar desmaquillada y recién levantada, Tilda era atractiva y casi perfecta.
A Stan no le gustaban esas mujeres que parecían un híbrido entre un gato y un alienígena, fruto de un sinfín de intervenciones de su cirujano plástico.
Le atraía la belleza natural y sincera. Stan opinaba que las arrugas no eran un elemento a esconder y eliminar, sino la marca de la experiencia y de la sabiduría.
Y le encantaba hasta la última arruga de Tilda.
Sin embargo, todo lo que tenía de bueno en su vida profesional, lo tenía de torpe en su vida personal. Así que no se lo dijo.
Apagó el cigarrillo a medio fumar y se levantó.
—Disfruta de las vistas, Tilda. Me voy a la ducha, seré rápido, te lo prometo —dijo y miró el reloj—. Quiero estar allí, en la puerta del bufete, cuando abran.
El taxi se detuvo en el número diez de la Rue des Pyramides, en pleno centro de París.
Stan pagó la carrera y bajaron. La calle aún se estaba despertando. Furgonetas de repartidores, turistas mañaneros y ejecutivos caminaban con aire de tener mucha prisa.
Stan se abrió paso y buscó el portal número diez. Una vez encontrado, justo al lado de una cafetería, pasaron a la recepción. Un señor vestido de conserje les atendió y les indicó que subieran hasta el último piso.
Cogieron un viejo y angosto ascensor metálico con aspecto de pertenecer al siglo pasado.
Era tan estrecho que casi se ruborizaron, estando tan cerca el uno del otro.
Salieron del ascensor y entraron en la recepción del bufete.
El nombre del principal asociado estaba en la pared, justo detrás de una recepcionista muy arreglada.
Tenía una expresión desconsolada y en el ambiente había poco ruido.
La tristeza que se respiraba allí dentro era peor que la de un cementerio.
Stan se presentó y la chica llamó enseguida a otra persona, que no tardó en llegar.
Una ejecutiva en traje negro se presentó. Era alta, rubia y con unas marcadas ojeras que el grueso maquillaje no podía esconder. Con una sincera tristeza, les indicó que la siguieran.
Pasaron por varios espacios, llenos de ordenadores aún apagados. Los únicos empleados que vieron estaban en grupo, seguramente hablando de la desgracia que había azotado al bufete y de lo que sería de su futuro.
Entraron en una habitación de reuniones. El despacho, de techos altos y con vistas sobre las otras azoteas, dejaba claro que los exclusivos servicios de ese bufete no estaban al alcance de todos los bolsillos.
Una vez sentados, la mujer sacó una carpeta y se la acercó al inspector.
—Estamos con este asunto desde la madrugada. Hemos repasado qué pasó y, por qué Benoît aceptó reunirse allí con esta señora.
Stan notó que la mujer tenía confianza con el dueño de ese bufete; en caso contrario, no lo habría llamado por su nombre. Bajó la mirada y miró el contenido de la carpeta.
La información estaba allí, delante. El despacho le había ahorrado mucho tiempo a la policía.
El inspector empujó los papeles hacia Tilda, para que ella también los pudiera ver.
—Es un callejón sin salida —anticipó la abogada—. Era una mujer con una identidad falsa.
Stan dejó que Tilda siguiera con los papeles.
—¿Cuáles son los honorarios de un abogado como el señor Benoît Moreau?
Ella dudó un segundo en responder.
—Depende del caso, la hora del bufete cuesta unos mil euros, pero si es él personalmente, unos tres mil.
Stan silbó de forma apreciativa mientras subía las cejas.
—Y me pregunto, este hombre, ¿se fue directo a la reunión, sin más? ¿Sin preguntar?
Ella negó con la cabeza.
—Pedimos un adelanto de unos cinco mil euros, como fianza. Es nuestra praxis habitual. Si al final no se lleva a cabo el proceso de divorcio, devolvemos los dos mil euros restantes, ¿se entiende?
Stan asintió.
—¿Sabe desde dónde enviaron el dinero?
La mujer indicó la carpeta.
—Tienen una hoja de la recepción del dinero. El cliente lo envió desde una cuenta en un paraíso fiscal.
Tilda levantó la mirada.
—¿Aceptan ese tipo de transferencias?
La abogada ni se inmutó.
—Pagamos nuestros impuestos, declaramos todo el dinero que entra y estamos abiertos a todos los clientes que necesitan nuestros servicios. No veo el problema.
—¿Y si fuera un narco que paga con dinero negro?
La mujer tampoco se extrañó.
—Nosotros ayudamos a todos los que vienen pidiendo ayuda. Nada más.
Tilda dejó de preguntar, entendiendo que no sacaría nada bueno por esa dirección.
Stan bufó.
—¿Me está diciendo que no hay por dónde coger esto? —bramó.
La abogada negó con la cabeza.
—Vaya mierda.
—Les tendió una trampa —confirmó la abogada.
Enfadado, Stan se levantó. Tendió la mano a la abogada y se la estrechó.
—Gracias por el trabajo de investigación, nos ha ahorrado mucho tiempo.
Ella asintió y, sin soltar la mano del policía, se levantó. La mujer le sacaba un palmo de altura.
—Hágame un favor, inspector. Capture a ese malnacido. Le puede regalar un balazo entre ceja y ceja de nuestra parte.
A Stan, esa frase le sacó una mueca. Sonaba más propia de un mafioso del extrarradio que de una abogada de los despachos más caros de París.
—No es mi intención, pero si se da el caso, no lo dude —afirmó y la abogada le soltó la mano—. Vamos, Tilda, tenemos mucho que hacer.
Mientras esperaban a que subiera el ascensor claustrofóbico, a Tilda le sonó el móvil.
Los dos se miraron. Tilda tragó saliva de forma ruidosa.
En la pantalla apareció una nueva víctima de Su Eminencia.
Tilda tuvo un déjà vu . Igual que había ocurrido en Madrid, los últimos asesinatos se aceleraban y la situación se les estaba escapando de las manos.
«Aprovecha la falta de preparación del enemigo, viaja por rutas inesperadas y ataca donde no están preparados». Tilda recordó las palabras de Sun Tzu y se las dijo a Stan.
En la pantalla apareció:
«No tocarás | Víctima nº 4 | El infierno está entre nosotros.»