66
Al día siguiente, Valeria y Calogero despertaron en su suite de lujo.
La noche anterior habían hecho el amor, tras cenar en un restaurante exclusivo y acudir a las diez en punto a ver cómo se iluminaba la torre Eiffel. Verla parpadear, de un color oro reluciente, era una sensación única.
Esa mañana tenían una visita antes del evento más importante de su fugaz visita a París.
Después de recibir el desayuno en su suite , se vistieron y se marcharon caminando por las calles de la capital francesa. Calogero iba fotografiando todos esos lugares de película y rincones de ensueño. Él era amante de las fotos y allá donde iba, se llevaba su vieja Nikon.
Llegaron al embarcadero en el Sena y subieron a un restaurante flotante.
El tour contenía una visita guiada y un almuerzo con ostras, caviar y otras exquisiteces.
La barca era pequeña, respecto a otras más masivas y turísticas. Tenía pocas mesas y muy buen servicio.
Con el primer plato, unas tartaletas de foie gras , Calogero sacó de nuevo la discusión.
—Me parece todo muy raro. ¿Has hablado con tu madre, o con algún otro pariente? —Valeria bufó y puso los ojos en blanco—. Lo siento, amor, pero es que me parece todo tan…
Ella le interrumpió.
—¡¿Maravilloso?!
—Surrealista —respondió él.
—Venga, Lillo, come, disfruta de esto y sé feliz. La vida son dos días.
Él dio un par de bocados más. La música de violines hacía la travesía aún más especial.
—¿Qué te dijo tu madre?
—¿Otra vez?
—Sí, por favor.
—Pues ya sabes como es mi madre. Ella pierde la memoria. Ella no se acuerda de nada.
—Pero a veces, te sale con cosas que ni yo me acuerdo. Como lo que comimos hace cuatro domingos.
—Sí, bueno, ya sabes, tiene momentos de lucidez, pero… ¿cómo se va a acordar de si la tía Teresina tenía una prima que emigró a París antes de la Segunda Guerra Mundial? Es imposible.
Calogero asintió.
Miró por la ventanilla. Los majestuosos edificios del Louvre y los puentes, que parecían dorados, con leones y escudos, daban un aire de cuento al trayecto.
—Ya, pero no me negarás que todo esto es poco habitual —afirmó él, provocando que su novia adoptase una expresión molesta—. Un día recibes un mensaje por redes sociales de una persona desconocida…
—De una persona desconocida, no. De una tía abuela.
—Bueno, pues eso. De una tía lejana que dice que eres la única heredera y que quiere conocerte antes de morir. ¿No te parece un poco extraño? Es como si te tocara la lotería.
Ella dio el último bocado a la tartaleta y el camarero se llevó el plato. Enseguida colocó otro, con una base de hielo picado y tres ostras recién abiertas.
—Mira, Lillo, yo no hago mal a nadie. Pago mis impuestos, voy a misa, compro los rasca-rasca en el estanco y un montón de décimos de lotería cada año y, dime, ¿cuántas veces me ha tocado un premio?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé, te conozco desde hace pocos años.
—Te lo digo yo: nunca —dijo. Creó un círculo con el índice y el pulgar y miró a su novio a través de él—. Cero.
—¿Y qué quieres decir?
Ella alargó los brazos, indicando el barco y las ostras, que se estaban calentando.
—Que esto es el premio a tanta normalidad. Y todas las veces que tenía que ganar y no gané. Mi capisci ? —afirmó, acabando con un gesto de la piña, con los dedos juntos y con un movimiento del puño.
Él asintió, pero su expresión no cambió. Seguía preocupado. Preocupado por esa historia casi de película, por si no fuera real.
—Venga, come tranquilo, y en pocas horas nos encontraremos con mi tía abuela, y verás que todo se aclarará.
Si es cierto que es familia, nos hará ricos.
Si no lo es, pues nos habrá regalado un viaje a París.
Así que… —dijo y se rascó la barbilla—. Vaya como vaya, está bien para nosotros, ¿no te parece?
Calogero suspiró y procedió a comer. Valeria tenía razón. Desde que la había conocido, siempre había tenido razón. La miró con amor y siguió intentando disfrutar del trayecto en barco, aunque en el fondo de su mente, ese ruido mental persistía.
Valeria disfrutaba del momento, del sabor dulce y cremoso de la ostra que se deslizaba por su boca. Miró el Sena, sin embargo, ella tampoco podía apreciar del todo ese momento perfecto en apariencia.
Su mente, inevitablemente, como muchas veces le pasaba, regresaba al suceso que quería dejar en el olvido desde hacía ya muchos años, pero que la seguía atormentando.
Ni siquiera esa fortuna inesperada que estaba a punto de heredar podía llenar el vacío dejado por aquella decisión precipitada que había tomado años atrás.
Calogero era su novio, pero era muy distinto de aquel prometido que había dejado plantado en el altar muchos años antes.
No solo se diferenciaban en el físico, sino también en el carácter.
Esa aprehensión de Calogero le producía dolor de cabeza y ansiedad.
Una ansiedad que le aplastaba en ocasiones el pecho.
Sonrió y fue a por la segunda ostra.
Calogero no tenía culpa; la culpa era de Cupido, se decía siempre ella. Cupido puso la tentación en su camino, precisamente pocos días antes de su boda. Y al corazón de una italiana no se le dan órdenes. Así, Valeria escapó y dejó a su prometido plantado en el altar.
Pero esa mañana, en el barco, volvía a echar de menos a su antiguo amor. Su anterior novio no era tan puñetero. No se preocupaba tanto por todo. Era más divertido y alegre.
Suspiró y tragó la segunda ostra.
Bebió champán y regresó a su presente. Siguió disfrutando del crucero, pero ya con esa amargura que, a veces y cada vez más a menudo, se presentaba como una cita con un fantasma.
65 (RUFUS).
Rufus siempre respondía rápidamente a las llamadas de Su Eminencia. Siempre acudía cuando Él le llamaba. Fuese cuando fuese. Fuese para lo que fuese.
Lo había hecho cuando lo llamó para encargarse de Román, el asesino del quinto mandamiento.
Román se había desviado de lo establecido. Había improvisado. Y Su Eminencia lo sabía: cuando aparece la improvisación, también aparecen los errores.
Y así fue. Román no consiguió acabar con su misión.
Su Eminencia sabía que esto podía suceder, y para eso estaba Rufus en la organización.
Su papel era clave.
Ciertas personas, cuando empiezan a acostumbrarse a matar, se sienten más importantes que Dios, que la muerte y que la vida.
A Román le pasó precisamente eso: de buen esclavo de Dios, se convirtió en un lobo solitario. De un cordero espantado de la vida y de la lujuria, pasó a ser un verdugo descontrolado.
Rufus recibió una llamada y se trasladó directamente a Madrid.
Como era de esperar, Román falló. En la última víctima, en la guinda, en la parte más fácil, cuando ya todo estaba hecho. ¿El culpable? Un seminarista de tres al cuarto. Más que un religioso, un hereje de la cruzada de Su Eminencia.
No satisfecho con eso, la división DAS de París había llamado otra vez a ese incompetente seminarista.
La primera misión oficial de Rufus fue acudir a Madrid y encargarse de Román. La identidad de Su Eminencia estaba en peligro.
Rufus se presentó en el hospital donde estaba Román, disfrazado de hombre calvo, con bigotes al estilo Freddy Mercury. Mató a Román sin dilaciones y también a los dos policías que lo estaban vigilando.
Fue un juego de niños para él.
Unos días después condujo hasta París. Allí se instaló en un apartamento vacacional, de esos que se alquilan por semanas. De los que hacen el check-in por WhatsApp, y ni siquiera piden un documento de identificación.
Instalado, esperó a que todo empezara.
Y así fue.
Rufus había estado grabando en el Puente de las Artes la noche de la primera víctima. Père Jacques Girard estaba colgando, ahorcado. Con un dron, Rufus grabó en alta definición cómo ese pecador moría bajo el puente de los candados.
Luego, mandó las grabaciones a Su Eminencia.
Al día siguiente, como era de esperar, llegaron los de la DAS de Madrid. Ahí estaban otra vez los mismos miembros del grupo: el viejo cascarrabias, la joven guapa y esbelta y el maldito seminarista.
Rufus era como un pitbull de pelea, con las orejas cortadas, cola corta, dientes afilados y lleno de cicatrices. Listo para saltar sobre su presa.
A la mínima llamada de Su Eminencia, saltaría a la yugular de su víctima.
Los siguió, sigiloso, hasta la DAS de París. Ese asqueroso y maloliente lugar donde la Interpol tuvo la brillante idea de alojar a un grupo especializado en asesinos en serie. La élite de la policía, en medio de las cloacas de la ciudad. Una decisión deslumbrante.
Fue fácil entrar en el privé del Moulin Rouge y dejar allí todo lo necesario para la escenificación de la víctima.
Al volver a casa, fue un juego de niños dejar fuera de combate a Antoine Lefèvre, el inspector jefe de la DAS de París.
Rufus cogió un coche, quitó las matrículas y lo esperó en un punto donde sabía que no había cámaras en un radio de muchos kilómetros.
Le dio un golpe para que fuera directo a la cuneta.
Nada del otro mundo. Solo para que se rompiera unos cuantos huesos y su permanencia en el hospital fuera lo suficientemente larga.
Al día siguiente siguió a Judith. Vio cómo embaucaba al abogado y entraba, puntual como el reloj suizo de oro que llevaba en la muñeca.
El día anterior, hizo lo mismo que en el Moulin Rouge : dejó el material para la escenificación del pecador en un mueble, por la noche.
Hizo unos agujeros en el techo y hasta dejó los tacos puestos.
Ella solo tuvo que colocar los tornillos y la placa.
Enganchar la polea y dejarlo todo montado.
Hasta ese momento, la mañana del martes.
La noche anterior, había realizado el mismo proceso en el último emplazamiento público que tenía en su misión.
Dejó el material, como siempre, y se dirigió al hotel cerca de la Ópera para seguir su parte del plan de París. Esa parte cerraría la misión. Luego dejarían atrás la ciudad de París, para seguir con la próxima.
Se coló en el hotel como un cliente más. Eran las cuatro de la mañana. Parecía un turista casi ebrio y con ganas de dormir.
Introdujo una tarjeta magnética en la puerta, con un cable que la conectaba a un aparato. Desbloqueada la puerta, se dirigió a la tercera planta.
Fue caminando por el pasillo de las habitaciones hasta llegar casi a la última. La 333.
Metió de nuevo el lector magnético y desbloqueó la puerta.
La abrió.
Su corazón empezó a palpitar con intensidad. Las ganas de cogerlo y arrastrarlo fuera eran tan enormes que no podía reprimirse.
Caminó unos pasos, hasta colocarse a los pies de la cama.
Allí estaba su presa. Por fin la tenía delante.
Sonrió y se pasó la mano por la calva.
Suspiró profundamente y cerró los ojos un segundo, disfrutando del poder y la euforia que fluían por sus venas. Disfrutó del control y de esos momentos antes de que todo empezara a cambiar, a ponerse en orden y, sobre todo, esos instantes antes de que el pecador pagara por sus pecados.
—Hola, corderito de Dios —susurró y se acercó a la cama.