EPÍLOGO
En el aula se hizo el silencio.
El sol entraba por la ventana esa mañana. Los primeros signos de la primavera estaban llegando a Roma.
La Ciudad Eterna resplandecía.
En su clase del tercer piso del instituto, Giulia estaba siguiendo la lección con tanta atención como siempre.
Frente a la pizarra estaba su amiga Anna. Esta, siempre con dificultades, explicaba el tema que les habían mandado estudiar en casa.
El resto de compañeros la miraban y se mofaban porque se había atascado.
El silencio se apoderó de la sala.
—¿En serio, Anna, no te acuerdas? —dijo el profesor—. ¿Puede que no hayas estudiado?
La chica estiraba un cordón del forro polar y miraba al suelo. Giulia la conocía, pero no era necesario ser un lumbreras para entender que estaba avergonzada y bloqueada.
Mientras esperaban que, de forma milagrosa, la chica se desatascara, Giulia alzó una mano.
El profesor se giró y bufó.
—¿Sí, Giulia?
Ella miró a su amiga.
—Anna, venga, elefantes.
Al decir esa palabra, la amiga levantó la mirada hacia ella y recordó el detalle.
De repente, en su mente, como un efecto dominó, recordó a Aníbal, los elefantes, la travesía de los Alpes y toda la lección.
Anna cogió carrerilla y sacó toda la historia de la Antigua Roma que sí había estudiado.
Giulia, en vez de sumarse a los abusones y a los demás, la había ayudado con una sola palabra, demostrando que Anna sí había hecho sus deberes.
Al salir de clase, Anna le dio las gracias.
—Para de darme las gracias, Anna, has sido tú…
—Pero si no llega a ser por tu ayuda, aún estaría atascada.
Giulia sonrió y se despidieron.
Comenzó a caminar hacia su casa. Su abuela la estaba esperando para comer.
En el aire se notaban los primeros olores de las flores. Caminó directamente hasta el barrio donde la abuela tenía su casa.
Llegaba en perfecto horario y contenta.
Cuando se acercó al edificio de la abuela, justo al lado de la entrada, una furgoneta amarilla tenía la puerta lateral abierta.
Un hombre, vestido de cartero, estaba mirando su móvil.
La escena le llamó la atención; nunca había visto un repartidor de correos en esa zona y menos en esa franja horaria.
Se giró hacia Giulia.
—Hola, perdona, ¿sabes dónde está el número trece de la calle Carlo Conti?
Ella arrugó el ceño.
—¿Cómo? —preguntó extrañada.
—Sí, es que tengo que entregar este perro y no sé dónde está.
Ella se giró y entre las cajas de cartón vio un transportín con un perro pequeño dentro, blanco y muy peludo.
La chica se acercó. Era una monada. Pensó que ojalá hubiera sido para su abuela, pero el número trece tenía que ser mucho más lejos, porque la calle Carlo Conti era muy corta. Al pensarlo mejor, recordó que el número trece no existía.
Se giró hacia el repartidor para decirle que no podía ser esa calle, cuando todo se oscureció.
A la chica le pusieron una capucha en la cabeza y la empujaron dentro de la furgoneta.
Giulia intentó liberarse, pero la puerta se cerró detrás de ella.
Cuando empezó a gritar, sintió un pinchazo en el cuello, y luego una descarga eléctrica la dejó callada y desmayada.
El falso cartero la apoyó con delicadeza entre cajas.
Se guardó el táser en el bolsillo y abrió la puerta de la cabina. Entró rápidamente y arrancó la furgoneta.
Todo había sucedido en pocos segundos y la vida de Giulia había cambiado para siempre.
Ya lejos, el conductor cogió un teléfono desechable de color naranja y envió un SMS:
«Ya la tenemos, Su Eminencia».