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Tilda leyó en voz alta:
Benoît Moreau.
Hizo negocio con la traición y convirtió el matrimonio en un contrato desechable.
No unió a los que prometieron ante Dios. Los separó, enriqueciendo el adulterio y bendiciendo la ruptura.
Cuando el hombre profana el lecho, la promesa y el sacramento, el mandamiento muere. Yo solo enseño el camino.»
Tilda miró las fotos que había debajo. Coincidían con la escena que tenía justo delante. Dio un suspiro.
—Tenía prisa. Envió las fotos antes a Su Eminencia, y por eso te han llegado antes a ti —dijo Minerva.
Tilda levantó la mirada y asintió.
—Por favor, abre la aplicación de Telegram —indicó Minerva.
Tilda obedeció.
Una vez abierto el programa, la volvió a mirar.
—¿Y ahora?
Minerva extendió la mano.
—¿Puedo?
La periodista se lo acercó y la inspectora lo cogió.
Pensó unos instantes. El silencio de la sala solo era interrumpido por alguna gota de sangre que caía, algún grito esporádico de los RAID y un movimiento de muebles en alguna estancia lejana.
«Estoy harta de esta mierda».
Lo envió y esperó.
—¿Estás segura? —preguntó Stan—. No es la mejor actitud para arrancar una conversación.
Mientras esperaban a que contestara, la puerta se abrió. Se asomó un policía de blanco, seguramente de la científica.
—¿Podemos entrar?
—Necesitamos unos minutos más.
—Nosotros tenemos que empezar nuestro trabajo… —respondió algo molesto.
—Unos minutos y nos vamos —contestó Stan, de nuevo.
De pronto, el número oculto que enmascaraba a Su Eminencia estuvo en línea.
«¿Con quién hablo? La señorita Tilda Glass nunca escribiría estas groserías».
«Minerva Cadalso, hijo de puta».
Cuando Stan vio lo que había enviado, estuvo por quitarle el móvil.
—Minerva, te estás pasando. Conseguirás que perdamos este canal de comunicación.
—Y una mierda. Este hijo de puta quiere seguir con esto. Además, él intentó matarme. ¿Lo has olvidado?
Stan gruñó.
«Inspectora Cadalso… Quien no muere, se vuelve a ver.».
Minerva empezaba a sulfurarse. Le hervía la sangre.
«¿Cuántas muertes más tendremos que presenciar?».
«Las suficientes».
«¿Las suficientes para qué?».
«Las suficientes para que los fieles entiendan las consecuencias de cometer pecados y de infringir lo más preciado que tenemos, es decir, los Mandamientos».
«Estás pirado, cobarde».
«¿Pirado? No, querrás decir que soy un fiel de Nuestro Señor».
«Estás como un cencerro. ¿Y sabes una cosa? Te voy a coger y te voy a meter en la cárcel como a un criminal de la peor raza. Te voy a mandar a una prisión donde te darán tanto por culo que soñarás con tener un culo de reserva, de tanto que te dolerá».
Su Eminencia no respondió. Seguía conectado, pero no respondía.
—La has liado, Minerva.
—Es un villano. Si fuera un hombre con un par de cojones, daría la cara, y no se escondería detrás de un jodido número oculto, ni convencería a otros para que mataran por él.
De pronto, volvió a escribir.
«No me interesan tus berrinches».
«Y qué te interesa, ¿seguir mandando mensajes? ¿Y si vienes aquí y me dices tu maldito mensaje a la cara?».
«Me encantaría, pero no podré complacerte. En ninguna de las dos invitaciones».
Stan se pasó la mano por el pelo. Esa situación se le estaba escapando de las manos y solo podía ir a peor.
—Minerva, por favor, devuélvele el teléfono a Tilda —gruñó.
Minerva se giró, indicando claramente que no quería obedecer a lo que decía el jefe.
—Espera, está escribiendo.
«Me tengo que ir. Solo una cosa más, inspectora. La próxima víctima va a ser alguien que ya conocen. Alguien que es muy importante en esta ciudad. Piensen en ello. Buenas noches».
Después, Su Eminencia se desconectó.
Minerva se quedó mirando la pantalla fijamente. Levantó la mirada a Stan, a Tilda y a Claudio.
—Y bien, ¿qué significa el último mensaje? —preguntó Claudio.
Tilda se acercó y le cogió el móvil a Minerva. Cuando lo tuvo de nuevo en su poder, leyó el último texto.
—Es un maldito acertijo —dijo Stan.
—¿A quién conocemos que sea importante para esta ciudad? —preguntó Claudio.
Todos callaron.
A Tilda le vino un escalofrío, que se le difundió por todo el cuerpo.
Minerva se alejó un par de pasos y gritó una imprecación.
—Cálmate, Minerva. Esto es justo lo que él quiere. Que perdamos los nervios y no veamos un palmo más allá.
Minerva se acercó a su jefe.
—¡Maldita sea, Stan! —gritó indicando el cuerpo que aún colgaba ahorcado del techo—. Está jugando con nosotros. Sabía que llegaríamos. Sabía que estaríamos aquí con Tilda. Además, nos dice lo que va a hacer. Esto es una puta pesadilla. Nos usa y se mofa de nosotros —dijo y negó con la cabeza.
—Minerva, tranquilízate. Estamos todos muy cansados.
Stan la miró con compasión y con amor. Esa muchacha, que siempre había estado bajo su protección, estaba ya más que lista para volar sola. Era la primera vez que lo sentía. No sabía si él le aportaba su sabiduría o la frenaba en su ascenso como inspectora y futura jefa de la DAS.
—Sí, claro que estamos cansados. Pero esto no es normal —gritó de nuevo, pero ahora indicando el móvil—.
¿Cómo puede ser que el jodidísimo asesino nos escriba por una aplicación y no podamos rastrearlo?
¿Es que la sociedad se ha vuelto loca? ¿Es que ahora la libertad es más importante que la seguridad y la responsabilidad de lo que hacemos o decimos?
—Stan fue a hablar y le cortó de nuevo—.
Ahora, cualquier pelele con nombre falso, que si Fisky45 , que si Conejo82 , puede soltar cualquier barbaridad en una red social.
Lo que nunca se atreverían a decir o hacer en la vida real, lo hacen escudados detrás de un apodo. ¿Es que no veis lo que está pasando?
Tilda se acercó a Minerva y la abrazó. Se quedaron unos instantes así.
—Tienes toda la razón, Minerva. Lo que dices está pasando y no podemos hacer nada.
Incluso los periodistas tenemos que soportarlo y sufrirlo.
Hemos dejado de escribir post en redes sociales tóxicas, pero los hackers están a la orden del día.
En aplicaciones como Telegram puedes encontrar de todo, y es muy difícil rastrearlo.
Su Eminencia lleva tiempo planeándolo y, al parecer, dispone de recursos.
No podemos hacer mucho hasta que cometa un error.
El día que lo haga, estaremos atentos y lo tendremos.
Las dos mujeres se miraron a los ojos. Tilda sonrió y Minerva asintió.
—Stan tiene razón, estoy cansada.
Entonces se abrió la puerta y un agente de la científica entró, ya muy molesto.
—Sí, lo sabemos, ustedes tienen que hacer su trabajo.
Ya nos vamos —aseguró Stan y luego dio una palmada en el aire—.
Está bien, necesitamos dormir. Minerva y Claudio, mañana os tendréis que centrar en lo del perfume.
Seguro que eso es el punto clave. Tenemos que seguir esa pista.
Sophie rastreará todas las cámaras de la zona, a ver si la asesina ha cometido algún error —dijo y se giró hacia Tilda—.
Nosotros nos dirigiremos hacia el bufete del señor Benoît Moreau.
Hay que rastrear la llamada de la asesina, y cómo trajo al abogado hasta aquí.
Cuando ya estaban a punto de salir, Claudio se detuvo, sorprendido.
—Venga, vámonos, hay que despejar la escena del crimen —dijo Stan—. ¿Claudio, te encuentras bien?
El italiano miró fijamente al jefe de la DAS de Madrid y se acercó a Tilda. Señaló el móvil y dijo:
—Dos cosas antes de irnos. La primera es que Su Eminencia ha utilizado una frase típica italiana, aunque la haya escrito en castellano.
—¿Y cuál es? —preguntó Minerva.
— Quién no muere, se vuelve a ver . En italiano es Chi non muore si rivede — dijo y siguió con entusiasmo— Tengo una teoría. Puede que no sea correcta, pero no sé, es lo que siento.
Stan miró el reloj.
—Suéltalo, Claudio, no tenemos toda la noche.
—No sé si Su Eminencia es italiano, pero sin duda habla un perfecto italiano desde hace suficiente tiempo como para adaptar refranes o frases hechas a otros idiomas, o simplemente…
—O simplemente, venga, cura… ¿qué? —dijo Minerva.
Claudio sabía que la respuesta no gustaría, sobre todo a él. No lo quería admitir. No quería admitirlo al mundo. No podía ser verdad. No quería creer que el gusano que estaba carcomiendo y ensuciando la religión católica viniera justamente desde ese lugar.
Suspiró y lo soltó.
—Puede que nos escriba desde el Vaticano.
La respuesta no sorprendió a los inspectores. A lo mejor porque estaban cansados, o porque ya se lo esperaban.
Tilda se acercó, porque fue la única en entender el dolor que sentía el seminarista al decirlo. Le puso la mano en el hombro.
—Lo siento, Claudio, pero es una opción muy posible. Puede que todo esto se esté orquestando desde Roma, la cuna del catolicismo. Pero hasta ahora, no teníamos ni la más mínima prueba. A lo mejor, has encontrado un resquicio de pista —dijo y sonrió.
Claudio le devolvió la sonrisa.
—¿Algo más, Claudio? —preguntó Stan, con tacto.
—Sí, hay algo más. Ha dicho que su próxima víctima va a ser alguien que ya conocemos, y alguien que es muy importante en esta ciudad —afirmó con miedo en los ojos—. Son las últimas palabras de Su Eminencia.
Stan arrugó el ceño y Minerva se acercó.
—¿Y? —preguntó Minerva.
Claudio negó con la cabeza.
—Pues que podría leerse de otra forma. Otra peor. Podrían ser dos personas. Una cercana a nosotros, y otra importante para la ciudad.
La frase los dejó a todos helados. Seguían persiguiendo a un fantasma, y ahora, según la teoría de Claudio, faltaban dos víctimas.
Se quedaron en silencio, con cansancio en los ojos y miedo en el cuerpo.