No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 63
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De nuevo, Minerva quiso quedarse sola a pensar en la escena del delito.

Solo permitió entrar a Claudio, pero con la condición de que permaneciera dos pasos más atrás, en silencio.

Estuvo haciendo conjeturas y analizó la escena del delito.

Cuando acabó, indicó que solo Stan y Tilda podían pasar.

Los cuatro, vestidos con los trajes blancos de la científica, mascarilla, gorro y cubrezapatos, se quedaron ahí de pie, mirando a la tercera víctima.

Nadie quiso hablar.

Nadie quiso romper el silencio.

Nadie quiso ser la primera persona en interrumpir ese momento de respeto delante del cadáver.

El edificio se encontraba sellado. Los RAID lo habían rodeado y controlado, y no encontraron ni una sola persona que cumpliera con las características que buscaban.

La mujer de negro había entrado, sí, pero no había salido.

Las cámaras la grabaron cuando entró, pero no había manera de saber cómo había salido.

El comandante estaba empeñado en encontrarla dentro del edificio histórico. Si lo hubiese conseguido, habría sido una medalla más para la RAID y una menos para la policía.

—Venga, Minerva. ¿Qué se te ocurre? —dijo Stan con voz ronca.

Ella despegó los ojos del cadáver y lo miró por un segundo.

—A ver —contestó y se aclaró la voz—. Lo podemos resumir en pocas palabras: creo que a nuestro asesino se le echó el tiempo encima.

Y es definitivo; nuestro asesino es una mujer —dijo y esperó un instante antes de seguir—.

Creo que no se esperaba que la localizáramos tan rápidamente.

Sabía que vendríamos, pero no tan rápido.

Lo sé por varios motivos. El primero es que no ha dejado el tatuaje en el brazo de la víctima.

Iba con prisa. Esto no es propio de ellos.

—Es cierto. Pero a lo mejor los tatuajes los hace después de colgarlos, ¿no crees?

Minerva miró a Stan y luego de nuevo al abogado.

—Puede ser, pero el cuerpo suspendido se mueve, y no tiene que ser cómodo realizar un tatuaje tan preciso con esa inestabilidad.

—Bien visto, Minerva —dijo Stan.

Ella se giró.

—No, ha sido Claudio quien lo ha visto.

Tilda y Stan le miraron.

El seminarista se encogió de hombros.

—Trabajo en equipo —dijo sonriendo.

—Bien visto igualmente. ¿Qué más, Minerva?

—Mientras Claudio se daba cuenta de eso, yo me he dado cuenta de una cosa. Me pregunté, ¿Cómo podía haber entrado nuestra asesina en el privé y en este sitio tan exclusivo con todo el material para montar esta escena…?

—Mientras esperábamos fuera, yo también me he hecho la misma pregunta —añadió Tilda.

—¿Recuerdas cuál era el modus operandi del asesino de Madrid? —preguntó Minerva a la periodista.

—Lo enviaba por repartidor exprés.

—Exacto —respondió Minerva.

Tilda sonrió.

—¿Y aquí también?

—No, pero creo que es algo parecido —afirmó Minerva y se desplazó a uno de los muebles de la estancia.

Era alargado, y ocupaba la pared que daba al pasillo, de unos cuatro metros de largo y del mismo estilo que las sillas y la mesa.

Minerva, con las manos en guantes de látex, señaló una puerta inferior del mueble.

—No le dio tiempo a cerrarla del todo. Quedó ligeramente abierta, solo unos milímetros. Pero lo suficientemente abierta como para fijarme. Me acerqué y encontré esto —dijo y abrió, sin sacar nada.

Tilda y Stan se acercaron. Tilda encendió la luz del móvil y la proyectó hacia dentro.

—Un taladro eléctrico, tornillos, fundas de plástico, el pincel aún chorreante de la sangre de la víctima y muchas cosas más.

Todo coincidirá en que es el material de la asesina.

Lo tenía aquí, todo preparado. Solo tenía que convocar a este club a la presa y hacer…

—dijo indicando con la mano al hombre que colgaba.

Stan asintió.

—¿Qué más?

Minerva caminó hasta la escenificación.

La miró de nuevo. Alineó las ideas y, mientras lo hacía, se estremeció.

De la boca de la víctima sobresalían sus testículos. Encima de él, por encima de la cuerda y de la polea atornillada al techo, estaba la frase que se había repetido ya tres veces: «No tocarás».

—Todo es igual, jefe —dijo Minerva mirando el cadáver—.

Pero vemos que ha preferido rociar con perfume al cadáver antes que hacer el tatuaje.

La imaginaba más detallista. Más respetuosa con el plan.

De todos modos, todavía nos queda la incógnita de saber si el perfume es un mensaje de la asesina o de Su Eminencia.

Stan asintió.

—¿Hemos averiguado la identidad de la víctima? —preguntó Stan.

Antes de que Minerva pudiera hablar, Tilda se adelantó.

—He bajado a la recepción. La sala estaba reservada para el bufete de abogados Moreau —dijo Tilda mirando su móvil—.

Al señor Benoît Moreau lo vieron entrar.

Se supone que él la reservó, o alguien de su despacho.

Eso quiere decir que la asesina ha hablado con el despacho y puede haber dejado un rastro.

—Bien visto. Podemos preguntarles a ellos.

—He llamado enseguida, pero no hay nadie en el bufete a esta hora.

—Mañana por la mañana será lo primero que hagamos —afirmó Stan.

Mientras hablaban, se escucharon ruidos de fondo.

—Están moviendo muebles —dijo Claudio.

—El comandante se ha empeñado en encontrarla, pero es inútil.

Esta mujer ya está al otro lado de París.

Aquí no estará. Lo tenía todo planificado.

Apostaría a que tenía un plan A; salir por la puerta y un plan B: salir por algún pasadizo, una salida de emergencia o por una ventana —dijo indicando el techo, desde donde provenían los ruidos—.

El comandante está buscándola, pero esa mujer ha tenido meses para planificar su huida.

Stan se quedó en silencio. Se acercó al hombre ahorcado. Aún caía alguna gota de su pelvis, desde el lugar de la mutilación hasta el cáliz. Este, ya casi lleno, era completamente diferente al que se había encontrado en el privé del Moulin Rouge .

—Tenías razón, Claudio. Esto es difícil de rastrear. Además, cada cáliz es diferente —dijo Stan y se giró otra vez hacia la periodista—. Tilda, ¿qué más has descubierto de este hombre? A ver si podemos entender el pecado que ha cometido.

Ella asintió.

—He hablado con una compañera de mi redacción que sigue temas legales, y con otra de temas de salseo y redes sociales.

Se ve que este hombre era un abogado famoso por los divorcios exprés.

Se vendía en redes como el tipo que te sacaba del atolladero de un matrimonio no deseado, en un chasquear de dedos.

—Vaya —dijo Stan mientras se volvía a mirar al muerto.

—Se ve que era famoso en los foros y llegó a la fama por resolver varios divorcios que parecían imposibles.

Incluso él mismo se divorció y, desde entonces, se empezó a vender como un hombre resucitado, un soltero de oro.

Afirmaba que la vida empezaba de verdad cuando salías de la cárcel del matrimonio.

Te divorciabas y volvías a ser quien dejaste de ser cuando te casaste —dijo Tilda mientras leía en el móvil.

Stan y Minerva se acercaron a ella.

—Vaya, qué personaje —dijo Minerva—. Casi me alegro de que lo hayan ajusticiado.

Stan le lanzó una mirada intimidatoria.

—No estamos aquí para juzgar ni para secundar los hechos de los asesinos. Solo para encontrarlos —dijo Stan en un tono reprobatorio.

Ella asintió, aunque seguía pensando lo mismo.

Mientras todos guardaban silencio, el móvil de Tilda sonó.

Todos miraron el reloj. No eran las doce, sino las 23:21.

Todos los ojos acabaron en la periodista.

Ella miró su pantalla y levantó la mirada.

—Ya ha llegado. El tercer correo de Su Eminencia ya está aquí.

El asunto, en la previsualización, decía:

No tocarás | Víctima nº 3 | El infierno está entre nosotros.