No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 62
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Minerva le presentó su placa al taxista recién salido del bar.

—No hace falta que llames a la policía. Ya está aquí.

Entre la oscuridad y la lluvia, Minerva no se había dado cuenta de que aquel Toyota Prius gris era un taxi. Un asesino con un taxi era una tapadera ideal, y seguramente resultaba muy práctico para atrapar a sus presas.

El hombre que había salido del bar se quedó sorprendido al ver la placa. Los RAID empezaron a llegar y le apuntaron con las ametralladoras; entonces, su expresión pasó de sorprendido a nervioso. Levantó las manos.

—No he hecho nada. Lo juro. Si queréis que quite el coche de doble fila, no hace falta tanta violencia —dijo, con todas las armas en su cara.

—¡Abra el coche! —ordenó Minerva—. Y coja las llaves lentamente.

El hombre fue bajando las manos. Las metió en el pantalón y el coche se abrió.

Minerva abrió la puerta de atrás y cogió el teléfono que había sobre el asiento.

Era el que buscaban. No había duda. Llamó desde el suyo y salió su número en la pantalla.

Cerró la puerta y ordenó que llevaran a ese hombre a una de las furgonetas. Lo esposaron y se lo llevaron a la más cercana.

Una vez dentro, con los RAID aún apuntándole, Minerva se puso a hacer preguntas.

—¿Cómo diablos es que tienes este teléfono?

—No tengo ni idea. Llevo toda la tarde dando vueltas. ¡Joder, soy un puto taxista! Alguien se lo habrá dejado olvidado.

Minerva negó con la cabeza. Tenía que pensar rápido, muy rápido.

—¿A quién has llevado esta tarde? ¡Habla!

—No, no sé. ¡Joder, yo qué sé! Llevo toda la tarde con clientes arriba y abajo, pero no sé quiénes son, no les pido la documentación.

Minerva apartó la mirada de él. Si era un simple taxista, eso era cierto.

En la puerta de la furgoneta apareció un RAID.

—Está limpio. En su taxi no hay nada.

—Pues claro. ¡Qué tenía que haber, por todos los santos! Soy un autónomo que paga sus impuestos y no hago nada ilegal. Respeto los límites y hago siempre el ticket cuando me lo piden.

—¡Cállate! —le ordenó Minerva.

Habían pasado por lo menos un par de horas desde que se comunicó con el asesino desde el apartamento de Henri.

—¿Cuánto llevas aquí aparcado?

—Desde que acabé mi turno.

—¿Cuánto hace de eso?

—No sé, una hora y pico, quizá dos.

Ese dato era importante y además coincidía.

—¿Quién fue tu último cliente?

El hombre arrugó el ceño y subió las manos para tocarse la frente.

—Está bien, está bien —dijo y continuó susurrando—. Recuerda… Ludvik, acuérdate por todos los santos…

Necesitó un minuto. A lo mejor llevaba una cerveza de más, o un día de mucho trabajo. Pero al final se acordó.

—Era una señora.

Minerva arrugó el ceño y negó con la cabeza.

—No, estamos buscando a un hombre.

El taxista resopló mientras encogía los hombros.

—No me vengas con tonterías, agente. Me has preguntado quién fue el último cliente. Era una mujer.

Claudio se acercó a su oído.

—Minerva, acuérdate de las imágenes, no estamos buscando a un hombre fuerte y corpulento, sino a uno delgado. Pero podría ser que…

Los ojos de Claudio y Minerva se cruzaron y se quedaron unos instantes fijados el uno en el otro.

—¡Una mujer! —dijo Minerva. Se giró hacia el taxista—. ¿Cómo era?

Este se encogió de hombros.

—No sé, estatura media, delgada. Una mujer como tantas otras.

—¿Cómo iba vestida?

El hombre se lo pensó un instante.

—Iba de negro y con gafas, sí. Con gafas.

—¿Gafas de ver?

—No, de sol. Aunque llovía, eran de sol.

—Está bien, ¿dónde la dejaste?

—En la Rue du Faubourg Saint-Honoré.

—¿Qué diablos hay allí?

El hombre rio, nervioso.

—¿No sabe que hay allí, señora policía? —preguntó y, ante la mirada furiosa de Minerva, respondió él mismo a su propia pregunta—. El club más exclusivo de París. El Círculo Interallié.

—Usted se queda bajo custodia policial. Si ha dicho la verdad, quedará libre, en caso contrario, será arrestado —afirmó Minerva mientras miraba al comandante. Este asintió y Minerva le preguntó—. ¿Sabe dónde está ese círculo?

El comandante miró el reloj.

—En cinco minutos estamos allí.

Cuando los RAID entraron en tropel en el círculo más elitista de París, eran las diez de la noche.

Minerva tenía la esperanza de encontrar a la víctima aún con vida.

El asesino o, mejor dicho, la asesina, enviaba las fotos por la noche, sobre las doce.

Tenía muchas posibilidades de llegar y coger al asesino con las manos en la masa y, sobre todo, de salvar a la tercera víctima del Asesino del Sexto Mandamiento.

En esa ocasión, Stan y Minerva optaron por entrar con ellos. Se pusieron un chaleco antibalas y siguieron a los agentes.

El lugar estaba lleno de hombres de negocios elegantes y gente con aspecto aristocrático.

Todas las estancias estaban decoradas con muebles estilo Luis XV y decoraciones barrocas.

En las paredes se exponían grandes cuadros y en cada estancia había por lo menos un busto de alguien famoso en mármol blanco.

Después de seguir a los RAID por un par de estancias, optaron por quedarse en el pasillo. Los agentes, en equipos de cuatro, entraban en cada habitación y, al salir, gritaban que se encontraba despejada.

De pronto se hizo el silencio. El comandante apareció en el pasillo donde estaban Stan y Minerva.

Les indicó que fueran a una sala de reuniones. Justo al entrar, encontraron a dos agentes de los RAID, uno sujetando la ametralladora y otro santiguándose.

Al fondo de la estancia, un hombre colgaba de una cuerda.

Minerva reconoció la misma escena de la noche anterior.

Llegaban tarde: la víctima número tres ya había sido ejecutada.

—¡Por todos los santos! —dijo Stan.

—Comandante, este hombre no lleva mucho tiempo muerto. Puede que, si nos espabilamos, todavía encontremos a la asesina en el edificio.

El hombre asintió y salió de la sala, dijo algo por la radio y todos comenzaron a correr en varias direcciones, con la esperanza de atrapar a la Asesina del Sexto Mandamiento.