61
Aquel cabeza de melón estaba reducido.
Eso pensó Judith al verlo tumbado en la silla lacada en oro.
Se levantó y se puso los guantes de látex. Luego, cerró el pestillo de la estancia.
Miró el reloj; tenía poco tiempo. Si no hubiese perdido tanto tiempo hablando con él, habría podido afrontar la misión más desahogada.
Pero a ella le encantaba hablar con sus víctimas y ver su verdadera naturaleza.
Le hacía sentirse una auténtica heroína, una justiciera, una mensajera de la Palabra de Dios.
Su Eminencia le había encomendado una labor que solo ella podía llevar a cabo.
O, por lo menos, eso era lo que Su Eminencia había dicho: solo Judith estaba a la altura de esa hazaña.
Y ella quería completar el trabajo.
No iba a ser como su predecesor en Madrid, que había dejado la misión a medias.
Dejó el bolso en la larga mesa.
Fue directamente al mueble donde estaban todas sus cosas. Sacó los utensilios y las lonas blancas y lo desplegó todo en el suelo.
Se quitó el velo, la americana y se puso el mono de plástico blanco.
Luego empujó al abogado de la silla, y cayó encima de las lonas. Lo desnudó con suma dificultad; era muy pesado. Cortó el traje carísimo y rasgó las telas hasta tenerlo completamente desnudo.
Montó las maderas, encajándolas, y con el taladro le clavó los tornillos en las manos. Tendido en el suelo, le pareció una versión naïf del Cristo Redentor.
Levantó la mirada y encontró en el techo los agujeros que necesitaba, que había realizado previamente por la noche.
Colocó la placa metálica y luego la polea con las cuerdas.
Cogió al hombre por el cuello y, cuando ya no podía hacer nada aunque se despertara, le metió una bola de plástico en la boca para que no pudiera gritar.
Luego le hizo oler un producto químico lo suficientemente fuerte para despertarlo.
Benoît abrió los ojos de par en par. Se encontró desnudo, con la mujer delante.
Primero, su expresión fue de sorpresa y de desconcierto, al no entender lo que estaba pasando. Después, cuando la sorpresa se esfumó, apareció enseguida el dolor agudísimo. Los tornillos clavados en sus manos lo hicieron llorar.
Su cara empezó a contraerse y gimió de dolor.
Intentaba gritar, pero la bola de goma entre sus dientes, tensada por una cuerda elástica, se lo impedía.
—Hola, Benoît. O, mejor dicho, abogado Moreau.
Dicho eso, Judith se acercó a él y colocó su cara delante de la suya.
—¿No sabes quién soy? ¿Aún no lo has entendido?
Él, que tenía los ojos muy pequeños y lágrimas de dolor, no entendía nada, hasta que de pronto comprendió su posición, el cáliz al lado y las lonas blancas.
Solo en ese momento supo que había caído en la trampa del Asesino del Sexto Mandamiento.
Abrió los ojos de par en par e intentó gritar otra vez.
El dolor en las manos ya ni lo notaba; su cerebro entró en modo supervivencia. Empezó a moverse y a intentar liberarse de esa cruz que lo inmovilizaba.
—Tranquilo —dijo Judith, pasando un dedo por su calva sudada—. Todo va a acabar muy pronto, corderito de Dios. Solo tienes que entender por qué tú.
Entonces se acercó a su oído y empezó a decirle que había sido el “afortunado”, el “elegido” por Su Eminencia. Que debía estar feliz por ser el responsable de enviar ese mensaje. Feliz por ser la tercera víctima del Sexto Mandamiento.
Le explicó cuáles eran sus pecados. Le explicó que, a pesar de esa ley humana que él tanto defendía, estaba yendo en contra de la ley sagrada de Dios y del Sexto Mandamiento.
Ella sonrió.
Apareció la resignación en los ojos de su víctima.
A ella le encantó ver esa expresión. Estaba a un paso de conseguir su hito. Ya nada la podía parar.
Fue subiendo la cuerda hasta que el hombre quedó de pie, en equilibrio. Un estirón más y no podría tocar el suelo.
—Ya llegó tu momento, abogado del adulterio. Lo siento, no es nada personal. Lo hago por la fe.
Se colocó justo delante de la víctima y se santiguó.
—En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, amén. Ahora te voy a dar la antiextremaunción —dijo y cambió de tono, adoptando uno más ceremonial—. Por esta santa condena, que el Señor te haga ver la traición de tu deseo… y no el consuelo de tu cuerpo.
Dicho aquello, tal y como Su Eminencia le había encomendado, añadió:
—Te has merecido este castigo. No te merecías ser hijo de Dios y ahora lo vas a pagar.
Tiró de la cuerda un par de veces y los pies del abogado dejaron de tocar el suelo.
En ese instante, Judith cogió un cuchillo afiladísimo y procuró dar un corte neto y preciso.
Los genitales del abogado cayeron al suelo y Judith colocó el cáliz debajo.
La sangre empezó a brotar rápidamente. Al hombre le salió espuma de la boca y, con los ojos en blanco, acabó de dar los últimos espasmos.
Benoît Moreau, el abogado del adulterio, había muerto.
Judith se apresuró a hacer las fotos y guardarlo todo, pero en medio de su tarea de reordenar, un ruido le llamó la atención.
Corrió a las ventanas y separó la cortina justo para ver lo que sucedía en la calle. Un convoy de policía se había presentado delante del edificio.
Se retiró de la ventana. En pocos minutos estarían allí.
Dejó la escena como pudo y se marchó. No podían encontrarla en la escena del delito.
Dio una última mirada antes de cerrar la puerta. El abogado estaba en su posición.
Faltaban detalles, pero lo había conseguido. La tercera víctima ya estaba muerta.
Los pasos subían por las escaleras. Tenía que marcharse. Cerró la puerta y desapareció en la noche parisina.