60
«Está muy cerca de ti».
La frase hizo mella en la inspectora.
Le pareció una victoria. Una de las mejores noticias de la semana.
Estaba cerca de coger al asesino.
La pregunta, ahora, era si llegarían antes o después de que el Asesino del Sexto Mandamiento hubiese matado a su tercera víctima.
Fritz le envió una dirección. El GPS confirmó que no estaba muy lejos.
El comandante de los RAID tomó de nuevo el mando de la operación.
Replegó a todas las unidades y corrieron escaleras abajo. Subieron a las furgonetas y al todoterreno, y pusieron rumbo al nuevo destino.
Los vecinos y los transeúntes se quedaron boquiabiertos por el espectáculo de esa tarde. Los periodistas fueron detrás, con coches y motos, siguiendo el convoy y la noticia.
Minerva, Tilda y Stan iban en el todoterreno del comandante. A Claudio le tocó sentarse en el maletero por falta de espacio.
Stan se giró hacia Tilda, que le había cogido la mano. Ella sonrió, y él le devolvió la sonrisa.
Entonces, Tilda se le acercó al oído.
La furgoneta iba dando bandazos, siguiendo a los otros vehículos que sorteaban el tráfico. Las motos de la policía abrían paso y apartaban de las vías el tráfico denso.
—Sois un gran equipo, seguro que lo conseguiréis —dijo Tilda.
—Somos un gran equipo; tú también formas parte de él —respondió él.
—Gracias —respondió ella y le dio un beso en la mejilla—. ¡Ay, pinchas!
Él rio y vio de reojo que Minerva se había girado hacia la parte trasera.
—¿Estás bien, cura?
Claudio tenía las manos apoyadas en el suelo del maletero. Intentaba amortiguar los movimientos con su brazo y apretando la espalda contra los asientos.
—Espero que lleguemos pronto, o voy a vomitar —dijo pacientemente—. Solo faltaba que esta ciudad tuviera calles de adoquines.
Minerva le pasó la mano por el pelo, despeinándoselo aún más de lo que ya lo estaba siempre, y después volvió a girarse.
A Claudio le encantó. Ir sentado en ese lugar tan incómodo había valido la pena.
Cuando se dio cuenta de lo que acababa de pensar, se santiguó y pidió perdón al Señor.
—Ya hemos llegado —dijo el comandante—. Ahí está la dirección que nos ha indicado vuestro informático.
Stan se acercó a los asientos delanteros.
—¿Dónde?
—Justo ahí.
El comandante señaló un edificio que tenían delante.
Todos observaron el punto que marcaba el comandante.
Las furgonetas rodearon el edificio y los agentes de los RAID salieron. El comandante repitió la operación anterior, se acercó a la entrada del edificio y planificaron rápidamente cómo actuar. El edificio estaba rodeado. Nadie saldría ni entraría sin pasar por encima de esos bisontes armados.
Intercambiaron pocas palabras y se colaron en el edificio.
La tarde iba cayendo. Fue desapareciendo el sol y empezó a oscurecer.
Se acercaba la hora de la siguiente muerte.
Minerva, bajo la lluvia que caía con insistencia en París, levantó la mirada.
Los seis pisos delante de ella formaban un palacio señorial en pleno distrito siete de París.
Al lado, estaba iluminada la catedral de Saint-Louis des Invalides.
Pensaba en el criminal que podía estar ahí, muy cerca, cuando sintió una mano en su hombro.
—Ven dentro, Minerva, no sirve de nada que estés aquí —dijo Stan.
Ella asintió; tenía razón. Regresó al todoterreno. Allí, intentó secarse el pelo, mojado por la lluvia, con un pañuelo de algodón de Tilda.
Pasó más de media hora. Las luces que se encendían en los apartamentos eran cada vez más numerosas. Pero no había resultados. Parecía que no era el lugar correcto.
Era raro. Fritz nunca se equivocaba. Si él lo había dicho, el teléfono que llevaba encima el asesino debía estar en ese punto del mapa.
—Se me está acabando la paciencia. Maldita sea —se quejó Minerva.
Stan se giró.
—Paciencia. No podemos hacer mucho más.
Esa respuesta ni le tranquilizó ni le sentó bien.
Sacó el móvil, compuso un número y le dio al botón verde.
—¡A la mierda! —ladró Minerva.
—¿Qué haces? —dijo Stan preocupado.
—Estoy llamando al móvil del asesino. Solo puede responder él; el de Henri está apagado.
Stan abrió los ojos como platos.
—¡Cuelga, puedes fastidiar la operación!
Claudio, que seguía sentado en el maletero, se levantó a curiosear.
—Me da igual. ¿Qué puede pasar? ¿Que se tire del tercer piso para escapar?
Stan apretó los dientes y gruñó. Tenía razón, pero era peligroso. Ese asesino era imprevisible.
—No sacudas el avispero, Minerva.
—Me da igual.
Tilda se pasó la mano por la cara, algo desesperada.
Los tonos acabaron y entró el contestador.
Minerva lo volvió a intentar.
—Déjalo, Minerva. Estás perdiendo el tiempo —dijo otra vez Stan con tono paciente.
Cuando los tonos acabaron por la segunda vez, Minerva soltó un bufido.
—¡Estoy harta!
—Minerva… —dijo Claudio.
—Ya está bien, deja a los RAID hacer su trabajo —añadió Stan.
—Minerva… —repitió Claudio.
—Vale, vale. Ya lo dejo —contestó ella.
—No, espera. ¡Llama otra vez!
Todos se giraron hacia Claudio.
Este miraba por la ventanilla. Se dio la vuelta hacia ellos.
—¡Llama otra vez! —ordenó.
Ella obedeció.
—¿Qué pasa, Claudio? —preguntó Minerva.
El solo apuntó con el dedo hacia fuera, pero nadie entendió nada.
Entonces, Claudio abrió el maletero del todoterreno y salió. Minerva lo siguió.
Caminaron unos veinte metros bajo la lluvia, en dirección contraria al edificio donde los RAID estaban buscando.
Cuando los tonos del móvil se detuvieron, ya habían llegado hasta donde Claudio les había indicado.
Se encontraron delante de un coche.
Estaba aparcado en doble fila, justo delante de un bar.
—Vuelve a llamar una vez más, Minerva.
Ella lo hizo y, de repente, el habitáculo posterior del coche se iluminó.
El móvil del asesino estaba ahí dentro.
Minerva y Claudio se miraron bajo la lluvia. Sonrieron y se abrazaron. Pero la felicidad duró poco.
Un hombre salió del bar, los miró y les gritó.
—Eh, vosotros dos. ¿Qué diablos hacéis? —gritó mientras se acercaba.
Los dos miraron al hombre, alto y delgaducho, cuyos ojos estaban llenos de furia.
—¿Es suyo este coche? —preguntó Minerva.
—¡Idos a la mierda! —respondió el hombre, ya delante de ellos—. Claro que es mío este taxi. Alejaos o llamaré a la policía.