No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 59
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La frase «Tenemos todo el tiempo del mundo» no le sentó muy bien al abogado.

—¿Cómo dice? La cita es de una hora, dentro de cincuenta minutos me tendré que marchar. Lo siento, pero tengo un horario apretado.

Ella sonrió y asintió. Su secreto y sus verdaderas intenciones se los guardó para ella, ahogándolos en su falsa apariencia. Aún no era el momento de que su presa lo supiera.

—Claro, por supuesto —afirmó con condescendencia—. Pero antes de exponer mi problema, me gustaría saber un poco más de usted, Benoît.

Ella sonrió al mirarlo.

El abogado se relajó de pronto. Ella sabía cómo acariciar el ego de sus víctimas.

—¿Qué más quiere saber?

Judith sintió la conversación encauzada de nuevo.

—Me gustaría saber más del abogado influencer . Hace unos meses estuvo en todos los periódicos por un caso sonado, ¿cómo se llamaba? —preguntó haciéndose la tonta.

Él sonrió. Enseguida supo el nombre al que se refería, pero quiso alargar un segundo el momento.

—¿Por casualidad se refiere a François Lamela?

Ella asintió.

—Exacto. ¿Cómo lo consiguió?

Benoît chasqueó la lengua. Se acomodó y se pasó la mano por la cabeza, totalmente rapada. Era como un melón encima de un cuerpo alto y casi sin cuello.

—François estaba casado con la famosa actriz Penelope Di Maggio.

Como sabrá, el patrimonio de ella es inmenso, después del premio de la Academia.

Estamos hablando de casi ocho cifras. Ella no quería soltar ni un euro, como es normal.

Además, él había firmado un contrato prematrimonial que lo dejaba sin un euro si él se marchaba.

Judith lo escuchaba con mucha atención, mientras el abogado, como un pavo real, enseñaba todas sus plumas. Mientras, ella lo imaginaba desnudo y colgado del techo.

Asintió, escuchando lo que le estaba diciendo.

—Es verdad que él se había acostado con numerosas mujeres y es de dominio público, porque ya sabe qué defiende él en las redes sociales. Así que, después de un infernal juicio, conseguimos la mitad de su patrimonio.

Ella asintió.

—La mitad…

—Sí.

—Porque François defiende una postura muy peculiar en redes sociales, ¿no?

—Sí, es el nuevo donjuán. Es un hombre que ha encontrado un filón interesante. Defiende el amor libre. Defiende nuestra verdadera naturaleza, el poliamor. Nada de familias, nada de monogamia ni amor eterno, no. Poligamia, homosexualidad y amor libre. Esto de la familia está superado.

Esas palabras a ella le estaban haciendo hervir la sangre.

Lo habría matado en ese mismo instante. Toda esa filosofía anticatólica chocaba con milenios de fe y con la palabra del Señor, y le estaba creando una presión en el pecho casi insoportable.

Pero al mismo tiempo, le fascinaba que fuera tan fácil sonsacarle esa información.

—¿Y usted qué piensa?

El hombre sonrió de oreja a oreja. Su cabeza, calva y alargada, a Judith le recordó a un enorme melón.

—Estoy al cien por cien de acuerdo con François.

Si no, no me habría roto los cuernos por su ideal.

Yo estaba encarcelado en un matrimonio. Ahora, después de tantos años, sin toda esa parafernalia que nos inculcan de pequeños, vivo mucho más libre —dijo y se aclaró la voz—.

Bueno, Judith. Explíqueme su caso. ¿Cómo la puedo ayudar?

Visto quién es su marido para esta ciudad, su caso será también muy sonado.

Ella afinó su vista y esperó unos instantes antes de contestar.

Observó su traje azul diplomático, con una camisa blanca y una corbata rojo pasión.

Justo en el centro, una pequeña manchita resaltaba en toda la pulcritud de su atuendo.

Seguramente, se la había procurado en una comida aceitosa o una rebelde gota de aceite catapultada por una traidora hoja de ensalada.

—Una última cosa. El caso de Cormorán.

Al escuchar el apellido del cliente, se dibujó otra vez una gran sonrisa en su rostro.

En cada ocasión, revivía el orgullo de haber conseguido una victoria para su bolsillo.

Pero al mismo tiempo, para Judith era una batalla perdida para la sociedad, una injusticia para el otro cónyuge y una losa para la fe.

—Dominique quería divorciarse de su mujer, y yo se lo conseguí. Dejamos a esa mujer sola con sus recuerdos y sin un euro —afirmó seco, encogiéndose de hombros.

Judith, por primera vez en toda la conversación, se acercó a la mesa.

—Pero la señora Cormorán había sido drogada y violada por más de cincuenta personas sin su consentimiento —afirmó Judith.

El abogado se encogió de hombros de nuevo.

—Eso dijo el juez, pero no es mi guerra, mi trabajo era divorciarlos.

—El juez declaró al señor Cormorán culpable. Después de la humillación y los crímenes sufridos, ¿no le parece injusto que la señora no se pudiera quedar con la casa y los ahorros para seguir con su vida?

No esperó ni un segundo para contestar.

—No. El señor Dominique Cormorán pagó por completo mi tarifa y yo le conseguí lo que quería. Punto. Para mí esto es lo importante.

Ella asintió, aún más cerca de la mesa.

El hombre era un psicópata de manual. No le importaba nada de nadie.

Lo que le importaba era conseguir su dinero y fomentar esa moda que se estaba generando y que iba en contra del matrimonio, de la vida en pareja y de la promesa hecha delante de Dios frente a un altar.

Ese hombre era el diablo. Ese hombre era el anticristo.

Ese hombre era el abogado de la perdición.

«No cometerás actos impuros», decía el sexto mandamiento, y ese hombre, a su manera muy personal, estaba fomentando el libertinaje, el adulterio, la poligamia y el sexo libre fuera del matrimonio.

No merecía vivir.

Sonrió y él repitió la misma frase de antes.

—Bueno, Judith. Explíqueme su caso.

Ella no dejaba de pensar en Su Eminencia y en por qué había elegido a Benoît Moreau, el abogado del adulterio.

Al matar a ese hombre no solo se mataba lo que representaba, sino todo lo que había hecho y defendido.

Sintió unas ganas irrefrenables de matarlo en ese mismo instante.

Lo habría matado a él, a Dominique Cormorán, al influencer del poliamor y a todos sus clientes. Pero ella era solo una señora con pocas balas en su cartuchera. Tenía que afinar muy bien y ser rápida.

Dominique Cormorán estaba en la cárcel y habría sido una hazaña suicida matarlo allí.

Y el influencer , por su figura y su continua actividad y caótica vida, era demasiado difícil.

Sin embargo, tenía delante al símbolo de la redención. El cordero de Dios para que, con una muerte mediática, se entendiera completamente el mensaje.

—¿Señora?

Ella dejó de sonreír y escondió las manos debajo de la mesa.

—Es que me siento algo mareada —afirmó mientras se agachaba.

—Señora, ¿necesita agua, o quiere que llame a alguien?

Judith metió la mano en el bolso y sacó el táser. Al instante, el abogado recibió una larga y potentísima descarga en los tobillos.

El hombre se quedó inconsciente.

Luego, Judith, para asegurarse, repitió la misma descarga en el cuello, dejándolo definitivamente desmayado.

Ya lo tenía, esa era la parte más complicada. Ahora venía lo que más le gustaba: crear la escena y dejar el mensaje de Su Eminencia para los fieles y para la posteridad.