58
En el número cuatro de la Rue Donizetti solo había silencio.
El teléfono de Minerva sonó de inmediato con una llamada de Fritz.
—¿Qué tal, Minerva? ¿Qué se te ha perdido en la DAS de Madrid? —dijo Fritz desde el otro lado del aparato.
A la inspectora se le dibujó una sonrisa al oírlo, aunque duró solo unos instantes.
—Fritz, necesitamos tu ayuda.
—Claro. Para esto estoy. ¿Qué necesitas? —dijo mientras se crujía los dedos.
Minerva sujetaba con la otra mano el móvil de Henri Valette.
No sabía bien por dónde empezar, pero arrancó explicando que a Valette le habían robado el móvil y seguramente se lo habían clonado.
Dicho esto, ese móvil seguía activo y hacía pocos instantes se habían comunicado con el asesino a través de él.
—Fácil, sabréis todo con un listado de movimientos con la triangulación del móvil. Pedidlo a la compañía telefónica. ¿Para esto me habéis llamado? Esto es el ABC de la policía moderna —respondió con un tono de profesor de colegio aburrido.
Minerva fue a hablar, pero el informático forense de Madrid la interrumpió.
—¡Espera, no!
Se escuchó cómo su silla de gamer crujía. El hombre se había apoyado en la mesa. Algo le había llamado la atención.
—¿Qué? —preguntó Minerva.
—No se puede. Es una copia, las triangulaciones se pueden solapar.
—Escúchame, Fritz —dijo Minerva, interrumpiendo los razonamientos del germano—.
No tenemos tiempo de pedir nada a nadie.
Menos a una compañía telefónica, que son tan lentos que cuando nos dieran los tabulados, el asesino ya estaría con la décima víctima.
¡No, escúchame! ¿Hay alguna manera de localizar el teléfono en este jodido momento?
¿Puedes hacer magia? ¿Podemos coger a ese hijo de perra sabiendo ahora dónde está?
—No creo, déjame pensar…
—Piensa rápido, amigo mío… en este momento ya estará acechando a la siguiente víctima.
—No me ayudas, poniendo presión…
Minerva suspiró. Giró la mirada hacia Stan y este le levantó un pulgar.
—Si alguien puede hacer magia, es Fritz.
Ella asintió y bajó la mirada otra vez hacia la pantalla, donde el nombre del informático aparecía con su foto con una jarra de cerveza en la mano, sonriente.
A Claudio, las esperas lo mataban. Se santiguó un par de veces, cerró los ojos y rezó un par de padrenuestros. A su lado, Tilda, lo miraba y le asombraba su devoción, sintiendo una ligera envidia por tener fe en algo o en alguien.
—Si localizamos este número, lo que pasará es que rastrearé el aparato original. Pero…
—¿Pero qué, Fritz?
—¿No tendremos, por casualidad, la caja del móvil viejo?
Todos los ojos se giraron hacia Henri.
Este abrió la boca, sin saber qué decir.
—¿La tienes o no? —insistió Minerva.
—No lo sé, creo que sí.
—¿Y a qué esperas? ¡Levanta el culo y míralo! —ordenó Minerva y lo siguió por el pasillo.
Al final del pasillo, Henri tenía una cortina de terciopelo azul. La apartó y apareció una puerta vieja que desentonaba con la decoración de todo el piso. La abrió y encendió la luz. La puerta daba a un armario. En un lado no había nada, en el otro, una estantería que iba del techo al suelo.
Minerva pensó que ojalá ella fuese tan ordenada como ese hombre. Estaba lleno de cajas de zapatos, electrodomésticos, botellas de vino y botes de conservas, pero también botellas de productos de limpieza y muchas otras cosas, todo organizado con una precisión casi enfermiza.
Henri cogió un taburete y se acercó al estante superior. Cogió una caja blanca con un logo de un fabricante de móviles.
Se la pasó a Minerva.
—Es esta.
A Minerva se iluminó la mirada. Cogió la caja y salió del trastero.
—La tengo.
—Estupendo, mándame foto de la etiqueta con el número de serie y apaga por completo el móvil del hombre este. No modo avión. Apagado total. ¿Me has entendido?
Ella obedeció, le mandó el código y apagó el teléfono.
Regresaron a la sala de estar.
El silencio era total entre ellos. Los RAID seguían allí, vigilando el apartamento. El comandante, que presidía la puerta de entrada de la sala de estar, lo había escuchado todo.
Desde el altavoz del móvil de Minerva se escuchaba cómo Fritz hacía volar sus dedos por el teclado, hasta que un último golpe seco los interrumpió.
—Ya lo tenemos.
—¡Sí! —gritó Minerva—. ¿Lo tienes?
—Obvio, soy Fritz. ¿Qué pensabas?
Minerva se levantó y miró a Stan a los ojos, mientras formulaba la pregunta fatídica.
—Fritz, ¿dónde se encuentra ahora ese hijo de perra?
Él se enroscó los bigotes y con evidente orgullo, contestó:
—En el centro de París, Minerva. Muy cerca de ti.