No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 57
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Judith miró cómo llovía desde la ventanilla del coche.

Terminó de responder el mensaje justo cuando el vehículo se detenía. Después de despedirse, Judith bajó. Con prisa, cruzó la calle y entró en el edificio.

Sus tacones caminaban con elegancia sobre el mármol. Creaban un repicar constante, como la tarjeta de visita de una aristócrata.

Judith no lo era, pero por su atuendo y cómo se comportaba, sí lo parecía.

Cruzó el vestíbulo con la seguridad que hace que las personas no pregunten.

Recorrió un par de pasillos y entró en una estancia.

En esa ocasión, por el tipo de lugar, no podía presentarse como de costumbre. El chándal negro con capucha se había quedado en el armario. En sustitución, Judith había elegido algo más acorde a un funeral, o a una viuda.

Se detuvo justo delante de la puerta.

Se miró en el espejo. Sonrió, porque le gustaba lo que estaba viendo. Giró su cabeza a la derecha y luego a la izquierda. La imagen de viuda era muy apropiada, más de lo que todos se podían imaginar.

Judith iba vestida de negro: un vestido con falda, medias negras y zapatos de tacón, también negros. Al cuello llevaba un rosario plateado que resaltaba sobremanera.

Colgado del codo, llevaba un bolso oscuro, ni grande ni pequeño, lo justo para que cupiese una hoja formato DIN A4.

En la cabeza, una mantilla de encaje también negra. Unas gafas de sol cerraban el atuendo.

Sonrió de nuevo. Con ese atavío, no le extrañaba que nadie le hubiera dirigido la palabra.

Dejó de sonreír de golpe, como si tuviera un botón en el bolsillo .

Agarró la maneta y abrió la puerta.

Faltaban pocos minutos para la reunión y el hombre ya estaba en la sala. Estaba sentado en la silla que presidía la mesa.

—Llega puntual —afirmó él.

Ella no sonrió. Se limitó a cerrar la puerta detrás de sí y acercarse a la mesa.

Miró a su alrededor.

Ya había estado en ese lugar varias veces. En los meses de preparación, había visitado numerosas veces el lugar donde había decidido que sería su escena del crimen.

La sala era alargada. En el centro había una mesa de reuniones con muchas sillas estilo Luis XV.

Todo estaba lleno de cuadros lujosos y objetos que transmitían opulencia y exclusividad.

Justo lo que ella necesitaba. Justo lo que Su Eminencia buscaba en el mensaje que querían enviar con ese asesinato.

Judith rectificó: no era un asesinato, sino un sacrificio sagrado para los fieles.

—Señora…

Judith se giró hacia él.

Entonces caminó hasta la silla que había justo a su lado.

—¿Le importa si me siento aquí?

El hombre, que se había levantado al verla entrar, negó y le tendió la mano.

—Benoît Moreau.

Ella levantó una ceja y le estrechó la mano, también presentándose.

Benoît esperó a que ella se sentara y luego se sentó él también.

El hombre entrelazó los dedos encima de la mesa y la miró, estudiándola.

—No suelo hacer ninguna reunión fuera de mi despacho —aseguró—. Pero…

—Pero supongo que el adelanto ha ayudado, ¿verdad?

El hombre no llegó a sonreír, pero casi se pudo apreciar. O, por lo menos, ella lo supo ver en sus ojos.

—¿Prefiere que la llame por su apellido o que nos tuteemos?

—Por mi nombre estará bien.

Él asintió.

—Señora, pensaba que me llamaba por una cuestión de divorcio. La conozco y sé que su marido sigue vivo —dijo, desconcertado ante el atuendo de ella.

La mujer suspiró y dejó el bolso al lado de su silla, debajo de la mesa.

—Por poco tiempo.

El abogado levantó las cejas y se echó hacia atrás, hasta encontrar el respaldo de la silla.

—No lo entiendo. ¿Por poco tiempo y luego será viuda? —preguntó el abogado.

—Usted tiene que respetar el secreto profesional, ¿verdad?

El hombre asintió.

—No se preocupe, me refiero a que será mi marido por poco tiempo. Le he contratado porque tiene usted muy buen historial en divorcios sonados.

El hombre irguió la espalda y levantó la barbilla.

—Es un honor que usted me haya elegido.

—Ha ayudado a muchas personas, según tengo entendido.

—Así es. Ayudo a gente pudiente a que se liberen de sus esposas…

y de sus maridos. La vida es demasiado corta como para perderla casados, y si encima es con la persona equivocada…

Yo consigo su libertad con una velocidad espeluznante.

Divorcios rápidos y fructíferos para mis clientes —dijo haciendo el gesto del dinero con la mano.

—¿Fructíferos?

—Mi cliente se lleva la mejor parte. Si la otra persona ha cometido adulterio, es un mujeriego o ha cometido cualquier cosa ilícita, mis detectives lo descubren y en el estrado los crujimos.

Ella asintió.

—Es usted el abogado de divorcios más codiciado de Francia. Se jacta de hacerlo exprés, ¿verdad?

El hombre se estaba hinchando como un globo por todo lo que le estaba diciendo la señora.

—Sí, ese soy yo. Pero, por favor, hábleme de su caso, no tenemos mucho tiempo.

—Se equivoca, Benoît, tenemos todo el tiempo del mundo…