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«Hola. ¿Eres Su Eminencia?».
El mensaje reactivó las esperanzas de comunicación con el asesino.
Minerva ya sabía que no era él, pero quiso probar. Con ese escueto mensaje le estaba diciendo dos cosas. La primera: que habían descubierto su canal de comunicación con la víctima. La segunda: que eran la policía, porque el nombre de Su Eminencia era extremadamente confidencial.
Todos se quedaron en silencio, mirando la pantalla con curiosidad.
—Puede que perdamos el tiempo, Minerva —dijo Stan con un cierto escepticismo en su tono.
—Espera… dale tiempo.
Pasaron cinco minutos más. Estuvieron en silencio, concentrados en esa pantalla del móvil, hasta que algo cambió.
—Está en línea —afirmó Minerva.
El interlocutor, seguramente el asesino, estaba conectado. Minerva sintió un escalofrío. Sabía que ese loco estaba allí fuera, suelto por las calles de París. Sintió una conexión especial que pocas veces sentía. Ese maldito trasto era un portal mucho más grande de lo que parecía.
«Un placer poder hablar con los investigadores Barrancos y Cadalso».
El mensaje los dejó sin aliento por unos segundos. ¿Era el asesino? Sabía que no estaba con ellos el inspector Lefèvre, porque seguramente era él quien lo había enviado al hospital.
«Te vamos a pillar, hijo de puta».
—¡Minerva! —ladró Stan, impidiendo que enviara eso—. No empieces así. ¿Es que no te acuerdas de nada de lo que te he explicado? Entretenlo, que te dé detalles, danos tiempo para encontrarlo.
Minerva suspiró.
—Está bien —dijo y miró el reloj en el rincón superior.
Cambió el texto.
«¿Ya estás buscando a tu próxima víctima?».
Hubo silencio. En cuanto se envió el mensaje, fue leído. A los segundos ya estaba escribiendo.
«¿Con quién estoy hablando?».
Ella suspiró.
«Minerva Cadalso».
«Hola Minerva Cadalso. Bienvenida a París».
«¿Cómo te llamas?».
«Tendrás que escarbar más, inspectora. Pero, si estás algo perdida, te puedo dar una pista…».
—¡Joder! —gritó ella.
Levantó la mirada hacia el techo. Ella no necesitaba ninguna ayuda de un asesino en serie. Ella era la inspectora Cadalso y no estaba perdida, ni negociaba con esa escoria.
El ego empezó a hincharse en su pecho, hasta el punto de casi cortarle la respiración.
Stan apoyó su mano en su hombro y ella se giró.
Cuando Minerva tenía esa mirada, a Stan le daba miedo. En muchas ocasiones había pensado que si, en lugar de ser policía, Minerva fuera un asesino en serie, habría sido una de las mejores de la historia.
—Dile que sí. Si conseguimos salvar una vida, sus parientes agradecerán que te hayas tragado ahora tu ego —afirmó Stan, sonando como un padre.
Minerva bajó la mirada y tecleó a regañadientes.
«Estoy algo perdida».
Desde el otro lado, escribieron enseguida.
Apareció un emoticono que reía y le saltaban las lágrimas.
Eso fue lo que más le escoció a Minerva.
«Está bien, te lo daré. Has tenido delante mi nombre y no lo has sabido ver».
Minerva arrugó el ceño. Miró a Claudio. Este le devolvió la mirada, aún más perplejo.
«Inspectora, también te digo… que has acertado en dos cosas.
Lo primero, bien por tragarte ese ego, que tiene el tamaño de la torre Eiffel.
Seguro que Barrancos te ha ayudado. Es un hombre sensato.
Y segundo, tengo que dejarte, porque ya estoy con mi próxima víctima.
Estoy impaciente por que veas cómo voy a dejarlo y que los fieles entiendan por qué le ha llegado su hora».
Dicho eso, el número dejó de estar en línea. La conversación se había acabado antes de lo previsto.
El asesino ya estaba con su siguiente víctima y no tenían nada sólido. La siguiente víctima estaba ya sentenciada y sería la tercera del Asesino del Sexto Mandamiento.
Minerva se levantó, dio la espalda a Henri y miró al resto del equipo.
—Hemos conseguido hablar con él. Nunca habíamos estado tan cerca. Seguro que hay algo más que podemos hacer —dijo ella.
Stan sonrió y se acercó a la inspectora.
—No sé mucho de estos trastos, pero creo entender dónde quieres llegar —afirmó Stan con sorna—. Tenemos que preguntarle a Fritz, ¿verdad, Minerva?