No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 55
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Cuando Minerva le pidió su móvil, Henri Valette la miró horrorizado.

Se apoyó una mano en el pecho y parpadeó un par de veces.

—¿Cómo? —preguntó.

Minerva lanzó una mirada rápida a Stan. Stan, sin mover la cabeza hacia Henri, devolvió una mirada fugaz a la inspectora.

—Que queremos ver tu móvil —repitió Minerva.

Henri bufó.

—Eso es demasiado personal —exclamó con soberbia.

—Mira, lo que va a pasar si no colaboras es que te vamos a sacar por esa puerta esposado y con tu cara bien a la vista.

¿Sabes qué pasará luego? —preguntó Minerva y Henri no dijo nada—.

Pues que vas a aparecer en todos los telediarios y periódicos del país en menos que canta un gallo, y se te va a llenar esto de periodistas y curiosos que querrán saber todo de André.

A Henri no le gustaba ni la idea de dar su móvil, ni la amenaza de la inspectora.

Flexionó los hombros y levantó una ceja. Y después de varios segundos de silencio de reflexión, cedió.

Henri indicó con la barbilla las esposas que le ataban las manos.

—Está bien —dijo Stan y le hizo un gesto a un agente del RAID.

Este se acercó y liberó al hombre de las esposas.

—Por fin… —dijo mientras se realizaba un masaje en las muñecas.

Luego se levantó y, escoltado por Minerva, fue a su estudio, donde tenía su móvil cargando.

Se lo entregó y la miró de mala manera.

Minerva lo cogió y bufó.

—¡Desbloquéalo!

Él lo cogió y se lo devolvió abierto.

—Hay que ser más específico, inspectora.

Los dos regresaron al salón, donde estaban los demás. Minerva se sentó, y entró en su WhatsApp.

A su alrededor, se habían reunido todos los demás de la DAS.

—¿Qué haces, Minerva? —preguntó Stan.

—Voy a ver su última conversación con André.

Stan asintió.

Minerva accedió a la aplicación y buscó entre las conversaciones.

El chat con André Deneuve se encontraba en las primeras.

Minerva accedió al chat de «André». El nombre iba seguido de un corazón rojo pasión.

Los mensajes entre ellos eran todos de la tarde anterior, antes de que fuera asesinado.

Eran mensajes de amor y se decían que se echaban de menos.

Luego había un agujero temporal, hasta que la noticia se divulgó.

Entonces, Henri empezó a escribirle para ver si estaba bien.

Cuanto más bajaba, los mensajes se volvían más desesperados y melodramáticos. Pero todos le parecieron sinceros.

Sin embargo, hubo algo que a Minerva le resultó extraño. Muy extraño. Levantó la mirada y miró directamente a Henri.

—¿Solo os comunicabais por WhatsApp?

Henri asintió.

—¿No teníais una aplicación más… discreta?

El amante del político negó con la cabeza.

—Dime qué piensas, Minerva —indicó Stan.

Ella bajó la cabeza, hacia la pantalla.

—Hay algo que no me cuadra.

—¿El qué?

—Imagínate. Eres político y estás en casa.

No tienes nada programado esa tarde. Tienes que estar un domingo en casa con tu familia.

Pero recibes un mensaje que hace que lo dejes todo y te vayas a un lugar…

—dijo Minerva y en ese momento entendió algo y volvió a mirar al amante—.

¿Habíais quedado alguna vez en el privé del Moulin Rouge ?

El hombre se encogió de hombros, sonrió amargamente y negó con la cabeza.

—Jamás se nos hubiera ocurrido ir a un lugar de ese tipo. Cuando él podía, venía a mi casa. Era mucho más discreto.

—Exacto. André venía aquí por costumbre… ¿Por qué demonios fue a ese lugar, exponiéndose deliberadamente? —dijo dejando la cuestión en el aire.

Tilda y Claudio se miraron. Incapaces de responder a la pregunta, buscaron la respuesta en los rostros de sus compañeros.

Pero Minerva los sorprendió.

—Creo saberlo.

Salió de la aplicación de WhatsApp y entró en la de Telegram .

—Su… —dijo y dio un golpe de tos—. Ya sabéis quién, se puso en contacto por Telegram . A lo mejor…

Al entrar en la aplicación, encontró un montón de chats sin abrir. Grupos silenciados, gente nueva que se había conectado y un chat, entre ellos, que llamó la atención de Minerva.

Entró en la conversación. Fue hasta el inicio y Minerva empezó a leerla.

Empezaba con « ourson en peluche» que en francés significa osito de peluche.

Henri ahogó un grito.

—Así es como lo llamaba yo.

Minerva levantó la mirada hacia él.

—Es lo que me temía. Cuando te robaron la cartera, pudieron clonar tu SIM o simplemente mantener tu teléfono activo. Estudiaron cómo hablabas con André y usaron la misma manera de hablar para poder comunicarse con él, haciéndose pasar por ti sin que él se diera cuenta.

Henri se puso pálido, tan pálido que Tilda le preguntó si se iba a desmayar.

—Bien pensado, Minerva —dijo Stan con su voz ronca—. ¿Qué más?

—Ahora lo veremos —dijo y siguió leyendo la conversación, pero ya rápidamente, hasta encontrar el momento clave—.

Aquí está. ¡Bingo! Me lo temía. A su mujer le dijo que tenía que ir al ayuntamiento por una reunión urgente con el alcalde.

El alcalde, aunque no sea trigo limpio, no tenía ni idea.

Pero André recibió un falso mensaje de Henri, con una loca invitación para esa noche.

Pero no lo hizo por el canal que usaban habitualmente porque, teniendo el móvil clonado, Henri se habría dado cuenta, habría escrito él también y habría desmontado el plan del asesino.

No quería una conversación entre los tres, sino solo con André.

Así que primero lo convenció por ese canal de que era Henri y luego vino la invitación:

«Tengo una sorpresa para ti, osito peludito. Para esta noche».

«No puedo, tengo familia. Ya te lo dije».

«Estoy cachondo y tengo ganas de enseñarte algo que te va a gustar. Te va a volar la cabeza, mejor dicho, te voy a lanzar a la estratosfera del orgasmo».

«Mi amor. Estoy en casa. No puedo».

«Ya sabes que puedes inventarte lo que sea… tengo reservado algo increíble para esta noche. ¡No querrás hacerme un feo! Ya sabes que todo lo que te propongo te alegra el alma».

«No me provoques».

«Te voy a hacer lo que más te gusta y ya sabemos que te encanta…».

—Luego sigue, André acepta y le dice que tiene que acudir al privé .

Minerva levantó la mirada hacia Henri. Este estaba llorando y con una mano se estaba tapando la boca.

Minerva arrugó el ceño.

—Lo siento, no tienes culpa de nada. Usaron tu móvil y tu tarjeta, no tienes ninguna responsabilidad en esto —afirmó Minerva, ya imaginando lo que estaría pensando.

—Todo ha sido por mi culpa.

Minerva negó con la cabeza y fue a tranquilizarlo otra vez, cuando Claudio se agachó delante de ella, a su lado.

Los dos se miraron.

—Minerva —dijo Claudio con un hilo de voz, casi asustado de lo que estaba pensando y de lo que estaba a punto de decir—. Intenta escribir algo, a lo mejor…

Los ojos de Minerva se abrieron de par en par.

No dijo nada, solo bajó la cabeza hacia la pantalla.

—Claro…

Escribió una frase y se la mandó.