No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 54
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Henri Valette estaba sentado y esposado en su propio sofá.

Delante de él estaban Minerva y Claudio, que habían llegado en taxi, y junto a ellos, Tilda y Stan.

Todos estaban sentados, menos Minerva, que no podía estar quieta.

Stan había preguntado al hombre si podía fumar y el dueño de la casa le contestó que, por favor, no. Él lo respetó, pero se estaba mordiendo las uñas por los nervios.

—No tenemos tiempo, señor Valette, ¿qué tiene usted que ver con el señor Deneuve?

El hombre miró al suelo. Movía los dedos de los pies, enfundados en calcetines delicados, con florecitas. Suspiró y levantó la mirada directamente al policía.

—Teníamos una historia. André y yo éramos amantes. ¡Sí! Éramos amantes. Por fin lo puedo decir. Por fin puedo liberar mi alma y decirlo con orgullo, ese hombre estaba enamorado de mí —afirmó con la barbilla bien alta.

Tilda lo miraba con compasión. Le recordaba a un amigo que vivía en Londres. Un chico gay que se había refugiado en la gran urbe para escapar de los prejuicios de las ciudades pequeñas.

Henri tenía ojos marrones y una nariz aquilina. El pelo de color lila le llegaba a los hombros, y tenía una frente muy amplia.

—¿Dónde se encontraba el domingo por la noche?

—Estaba aquí, en una fiesta con amigos. Ellos se lo podrán confirmar.

—Necesitaremos el listado —afirmó Stan.

—Claro.

—Su tarjeta de crédito alquiló un privé del Moulin Rouge para esa noche.

Henri negó con la cabeza.

—No tengo ni idea. Soy muy despistado con esas cosas. Todo me lo lleva mi gestor.

—¿No sabe lo que gasta? —preguntó Minerva.

—La verdad es que no.

—Pues puede que se la hayan clonado —pronosticó Minerva.

—Puede ser —afirmó Stan.

—Ahora sabemos cuál fue el pecado de André, según este pirado: lo castigó por adulterio y por ser homosexual. ¿Pero por qué no se separó de su mujer? —preguntó Minerva.

Henri negó con la cabeza y miró hacia el techo. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

—Tómese el tiempo que necesite —indicó Tilda.

—Veréis, sabíamos que, si lo anunciaba, sería el final de su carrera política. Y yo le amaba demasiado como para pedirle que lo dejara todo por mí. Pensé que, en un futuro, todo se arreglaría.

—Pero la sociedad ya acepta estas cosas sin problemas, ¿no? —preguntó Tilda.

Él negó y sonrió amargamente.

—No. En su círculo político son todos defensores de la familia tradicional, de ir a misa el domingo y todas esas cosas muy anticuadas.

Además, antes de conocerle, André estaba en contra del movimiento LGTBI.

Puede que estuviera negándoselo a sí mismo, no lo sé.

Pero nos enamoramos. Él nunca pensó que esto saldría a la luz.

Y ahora, con todo esto… —dijo indicando la invasión en su casa—.

Ya lo sabrán todos. Mañana estaré en primera página de todos los periódicos.

Stan se giró hacia Tilda.

—Tiene el pelo lila.

—¿Qué quiere decir? ¿Qué pasa con mi pelo?

Minerva se acercó.

—Ese cabronazo nos ha tendido una trampa —dijo Minerva—. Sabía que veríamos su pelo en las cámaras y llegaríamos a la tarjeta. Sabía que descubriríamos que había realizado la reserva y vendríamos aquí.

—Y nos dejó un detalle, un detalle para que pensáramos que la teoría de que este señor era el asesino era la buena, la auténtica —dijo Claudio.

Stan se giró y lo miró.

—El mechón lila.

Claudio asintió.

—Nos está tomando el pelo —dijo Minerva—. Otra vez, igual que con el perfume. Otra pista falsa que no lleva a ninguna parte.

Stan dio un puñetazo en el sofá.

—¡Maldita sea! —gritó.

—Ahora que recuerdo, la semana pasada me robaron el bolso de mano.

—¿Ah, sí? —preguntó Stan.

—Dentro tenía el móvil, la cartera y más cosas.

Minerva arrugó el ceño.

—¿El móvil, dices?

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

—Pues comprarme uno nuevo y pedir una copia de la SIM. Total, pensé que no podrían usar el viejo, era imposible entrar sin la clave.

—Lo estás subestimando —afirmó Minerva—. ¿Dónde tienes el móvil? Quiero verlo. Tengo una idea.