No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 53
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El nombre que parpadeaba en el monitor de Sophie era Henri Valette.

Stan iba en el todoterreno de los RAID. A su lado estaban Tilda y el comandante de la operación. Este era tan alto que casi no cabía en el vehículo.

El convoy estaba formado por cinco furgonetas antidisturbios, una pareja de motos que abrían paso, el todoterreno, un coche de la policía y, por último, dos motos que cerraban el convoy. Al verlo, parecía que el presidente de los Estados Unidos de América estuviera cruzando la ciudad.

Siguieron a lo largo del río Sena. El estruendo de las sirenas llamaba la atención de los transeúntes. Las bicis y los patinetes eléctricos se detenían para ver la caravana excepcional.

Había vuelto a llover en la capital. Las gotas caían en los parabrisas y teñían la imagen de la ciudad de los colores de las sirenas, azules y rojas.

Dejaron atrás la torre Eiffel y entraron en el barrio de Auteuil. Siguieron hasta el cruce con rue de Donizetti.

En el número cuatro, el convoy se detuvo.

Todos los hombres se dispersaron, cerrando el paso en la manzana.

El tráfico se paralizó y los transeúntes se quedaron boquiabiertos por la excepcionalidad del evento.

El comandante fue el primero en bajar del todoterreno. Tilda y Stan tenían la orden de quedarse en el coche hasta que los llamaran.

Stan fue recordando las fotos de Henri Valette que había encontrado en sus redes sociales. En todas aparecía con el pelo de color lila.

Era un escritor de poesía. La policía supuso que estaría en casa trabajando, ya que en la Seguridad Social no aparecía ningún contrato vigente en ninguna empresa externa. Solo algún contrato esporádico en el pasado, en periódicos de renombre.

Henri Valette había pagado con su tarjeta de crédito, sin considerar que la policía podía llegar a rastrearla de una forma u otra.

Un agente se acercó con un ariete a la puerta del edificio y la reventó.

Luego, los demás agentes entraron en tropel.

Desaparecieron de la vista de Stan, que observaba por la ventanilla.

Miró el reloj; eran las cuatro de la tarde.

A lo mejor, con un poco de suerte, el asesino todavía no había acudido a su próxima cita con la tercera víctima.

Stan se giró hacia Tilda.

La miró hasta que ella se dio cuenta de que le estaba mirando.

Al ver su mirada penetrante, ella le sonrió.

—Tilda, ¿crees en Dios? —preguntó sin preámbulos.

La mujer abrió los ojos de par en par.

—¿A qué viene esto?

Él se quedó impasible, esperando una respuesta.

—No sé, aquí, de repente, yo qué sé… —murmuró ella.

La mujer notó cómo el policía que conducía el todoterreno los miraba por el retrovisor.

—¿Crees o no crees?

—No… ¡Sí! Bueno… —titubeó—, no. Creo que no.

Stan quedó algo perplejo.

—¿Y en qué crees, Tilda?

Ella miró de reojo al retrovisor y se acercó a su oído.

—No creo que sea una discusión para tener aquí y ahora.

—Pues me gustaría saberlo —afirmó decidido.

Stan se giró de nuevo. Los RAID seguían dentro del edificio.

Ella suspiró y bufó.

—Creo en el dinero.

—¿En el dinero?

—Sí. Porque si tienes un familiar enfermo y tienes dinero, también tienes más posibilidades de salvarlo

Él asintió.

—¿En qué más crees?

—Pues, no sé, en los libros, en los macarons y en… —dijo, se detuvo y concluyó—. En el amor.

La respuesta sorprendió a Stan.

—¿En el amor?

—Sí. ¿Tú no?

Él no supo qué decir. Lo pensó y cuando fue a responder el conductor los interrumpió.

—Señores, el comandante los está llamando.

Los dos se giraron. En la puerta del edificio estaba el comandante con una ametralladora en la mano y dos soldados más, tan grandes como él, a su espalda.

El comandante les estaba haciendo una señal para que se acercaran.

Stan y Tilda subieron las escaleras y entraron en un apartamento. Era el segundo piso. Los techos eran altos, con estucado veneciano.

Stan pensó que el escritor debía de vender mucha poesía para vivir en ese lugar.

Estaba decorado con muebles modernos y clásicos a la vez. Sofás bajos de estilo japonés y un precioso parqué que seguía por el pasillo de entrada. El comandante entró en la primera estancia.

De pronto vieron al poeta en cuestión. Estaba arrodillado, con una bata de ositos rosas y el pelo de color lila.

No había dudas, era él.

Lloraba y miraba al suelo.

Stan se agachó justo delante de él.

—¿Henri Valette? —preguntó Stan satisfecho, con voz ronca y profunda.

Este levantó la cara. Tenía un rostro bello y delicado. Un cutis cuidado y liso. Podía tener algo más de treinta, y muy poca barba.

—Te hemos cogido, hijo de perra. Su Eminencia te ordenó matarlos, ¿verdad? —preguntó.

Él lo miró, con cara de no entender nada.

Stan se levantó. Cuando lo hizo, miró a su alrededor. Era un piso bonito, aunque él nunca lo habría decorado así. Se preguntó cómo podía írsele la pinza a un poeta hasta el punto de convertirse en un asesino en serie.

—Llevadlo a comisaría, le interrogaremos hasta que nos lo diga todo.

Se dio la vuelta y se marchó de la estancia.

Un policía del RAID comenzó a leerle sus derechos a Henri Valette.

—¿Se puede saber por qué me arrestan?

—Por el asesinato de André Deneuve —dijo el comandante.

—¿Cómo? —respondió mientras lo levantaban—. No, os equivocáis, no fui yo. ¡Yo le amaba! Yo amaba a André.