No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 52
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La conversación con Armand, el perfumista, dejó helados a Minerva y a Claudio.

Cuando el grupo del taller de perfumería artesanal entró en la tienda, ellos se marcharon. Minerva levantó la mirada hacia la calle. En la lista solo había cuatro perfumerías especializadas.

Claudio le sonrió y le frotó la espalda con la mano.

—Has tenido mucha puntería al entrar primero aquí. Hemos ahorrado mucho tiempo.

Ella asintió.

—La idea me aterra y al mismo tiempo me fascina, cura.

Claudio puso los ojos en blanco.

—¿Piensas seguir llamándome así? —preguntó con tono desconsolado—. ¿Qué idea te aterra?

—Que el asesino pueda estar en esta misma calle.

—¿Crees que deberíamos pedir refuerzos a la policía de París? ¿Hacer una redada?

Ella lo miró de reojo.

—Claudio, deberías dejar de ver tantas series americanas.

Él se encogió de hombros.

—A mí me gustan. Por cierto, ¿cuánto hace que no vas al cine?

Ella no supo contestar.

—No desvíes el tema.

—¿Cuánto hace? ¿Cuánto hace que no haces algo mundano y popular?

—No tengo tiempo.

—¡Deberías venir conmigo al cine!

Ella se giró hacia él y se esforzó en mirarlo de la peor manera posible.

—¿Qué? ¿Ir al cine con un cura? ¡Ni hablar!

—¿Tan feo soy?

Ella esperó antes de responder.

Le habría gustado decir lo que pensaba. Que era uno de los hombres más guapos que había conocido, y que le encantaría ir con él al cine, y a cualquier parte.

—A ver, si me ataran, o me emborracharan, iría contigo al cine, vestido con esa espantosa sotana —le espetó y cambió enseguida de tema—. No nos desviemos. Estamos perdiendo tiempo, cura. Nuestro asesino ha estado aquí, en esta calle.

Dicho esto, bajó la vista a la lista de perfumerías.

—Minerva… —dijo con dulzura—. ¿Y si el asesino fuera Armand?

—La pregunta la dejó de piedra—. Llevaba una cruz en la solapa y en la pared de la perfumería había un crucifijo.

No sé, si yo fuera un asesino, lo que haría es desviar la atención hacia otros lugares.

No te diría: “Sí, soy yo, me habéis encontrado. ¡Bingo!” ¿No crees?

Minerva sopesó la idea del seminarista. En parte, tenía razón. Pero su instinto le decía que Armand había sido sincero.

—Creo que tenemos que seguir. Este no es nuestro hombre —dijo y empezó a caminar—. Seguimos.

Claudio asintió. Dio un último vistazo al perfumista a través del escaparate. Estaba hablando con pomposidad, delante de su público. Los clientes del taller asentían y parecían muy interesados.

—¡Vamos, cura! —gritó Minerva.

Él se giró y, al ver que ella entraba en otra perfumería, se recogió la sotana y corrió detrás.

La primera de la lista era Maison Éloise Parfums . En todas las paredes había frascos de cristal vacíos. En el ambiente se olía mucho perfume, tanto que Minerva no supo si reconocía alguno.

Una señora estaba siendo atendida en la caja por una chica joven, vestida con una bata negra.

—Enseguida les atiendo —dijo la dependienta.

Minerva y Claudio miraron a su alrededor. En medio del establecimiento había un mueble con unas campanas de cristal que contenían velas perfumadas.

Claudio no pudo resistirse.

Levantó la primera y lo inundó un olor tan fuerte que casi se mareó. Olía a cuero y a tabaco. No recordaba haber olido algo tan maravilloso e intenso a la vez. Podía ser un buen perfume para invierno. Lo hizo pensar en cabañas de madera en el bosque.

Dejó esa campana y se fue a la siguiente. Mientras tanto, la dependienta había acabado de envolver el paquete y se puso a cobrar a su clienta.

Levantó la tapa y otro olor fortísimo se estrelló en su rostro.

Eran flores, mil flores unidas que lo transportaron a un campo de flores de su niñez.

Lo devolvió a la casa de su abuela, a las afueras de Trapani, a un verano con sus tías monjas.

Ellas le apartaban la nariz de las flores.

«Oler demasiado las flores es pecado», le decían.

A lo que él les contestaba: «Pero tía, si Dios ha creado las flores perfumadas, es porque quiere que las olamos».

Sonrió, pensando en esa época y en cómo veían ellas la vida.

—Son cuatrocientos veinticinco euros —indicó la dependienta.

Minerva miró primero el paquete, que era grande como un paquete de cigarrillos y luego se giró hacia Claudio. Los dos se quedaron en shock .

La clienta indicó que pagaría con una tarjeta de crédito, y Claudio cerró la campana. Se alejó de las velas, por miedo a romper alguna y tener que pagarla. Se habría quedado sin ahorros.

La mujer repasó a Minerva, vestida de negro y con el pelo informal, estilo pixie . Levantó la nariz con altivez y se marchó.

Al cerrarse la puerta, los dos detectives se quedaron solos con la dependienta.

Volvieron a explicar que estaban buscando a alguien que hubiera encargado un perfume determinado. No entraron en los detalles del caso, solo la composición química.

La mujer puso los tres ingredientes en el ordenador y esperó el resultado.

Salieron solo tres perfumes, pero no eran iguales, solo parecidos. Solo coincidían dos ingredientes.

Les dijo que todo pasaba por el ordenador y que, si no estaba allí, no tenían ningún cliente que hubiera solicitado esa mezcla.

Aceptaron la segunda derrota y salieron.

Siguieron caminando hacia la segunda perfumería de la lista.

Claudio pasó por delante de unas que no estaban en la lista y se quedó mirándolas. Eran más modernas, con frascos serigrafiados y envoltorios bonitos. Parecían más comerciales.

Si no eran completamente artesanales, no entraban.

Entraron en la perfumería Maison Fleur Noire.

Esta tenía mucha más clientela. Tuvieron que esperar casi una hora entre olores y clientas. Finalmente llegó su turno y les atendieron.

El dependiente, un chico con rasgos asiáticos, con ojos oscuros y traje negro, les indicó que tenía que revisarlo en su ordenador. La respuesta no se dejó esperar. Nadie en su perfumería había realizado ese encargo.

Minerva y Claudio tacharon también la segunda del listado.

Siguieron avanzando y entraron en La Rose Impériale . Con el mismo resultado.

Quedaba la última.

Casi al final de la calle de los perfumistas artesanales, se encontraron con Parfumerie Delatour.

La tienda era absolutamente blanca. Minimalista, pero con una fuerte personalidad a la vez.

Antes de entrar, Claudio llamó la atención de Minerva. Le indicó el otro lado de la calle, donde había un coche. Dentro, disimulando, un hombre con una máquina fotográfica apuntaba hacia la entrada de la perfumería con un teleobjetivo.

— Paparazzi —susurró al oído de ella—. Debe de haber muchos famosos que compran aquí.

Ella asintió, indiferente, y entraron.

El lugar también tenía un fuerte perfume en el ambiente. A Minerva le resultó curioso porque, en cada tienda, había una fragancia muy diferente a todas las otras.

En el interior, varios dependientes se encargaban de los clientes.

En una punta estaba siendo atendida una mujer con gafas de sol.

La acompañaba otra, que le llevaba un sinfín de bolsas.

En el otro extremo, una señora estaba oliendo una fragancia en un trozo de cartulina.

En el centro, otro dependiente les indicó que se acercaran.

Minerva suspiró. Ya estaba cansada de ese paripé.

Se explicó una vez más, con la esperanza que esa fuera la buena.

El chico levantó el auricular y llamó a su jefe. Este le dio permiso para buscar aquel perfume. El chico, con aire de soberbia, empezó a mirar en el ordenador.

—Ya lo tengo —dijo el dependiente, satisfecho.

Cogió la pantalla y se la giró.

—Con flor de lis, aquilegia y jazmín no tenemos ninguna coincidencia.

—¿Está seguro? —preguntó Minerva.

—¿Es que no sabes leer, belleza?

Minerva se separó del mostrador y ya se disponía a marcharse.

—Puede que haya algún error o que no se haya apuntado. ¿Está seguro? Es muy importante —añadió Claudio.

El chico bufó, mirando al techo.

—Mira, estoy tan seguro que te diré algo más. Solo porque eres un sacerdote y me caes bien —añadió—. Lo que dices es imposible, porque hace un mes que no tenemos flor de lis en nuestra Maison . Llevan meses de retraso con las entregas de este ingrediente, así que, ¡sí! Estoy totalmente seguro.

Cuando Claudio salió de la perfumería Delatour, Minerva estaba en la calle, mirando el cielo.

La lluvia había parado horas antes, pero las nubes seguían amenazantes.

Claudio alargó los brazos y luego los apoyó sobre sus costados.

—No ha ido muy bien, Minerva.

Minerva sacó de sus tejanos el papel donde tenía apuntadas las cuatro perfumerías. Lo miró un segundo más, como si lo estuviera estudiando. Claudio dio un paso hacia ella y ella, en un golpe de rabia, arrugó la hoja.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Joder!

Él se acercó un poco para tranquilizarla.

—No tenemos nada. Está jugando con nosotros.

Minerva no se alejó. Claudio la abrazó y ella se dejó rodear con sus brazos.

—Tenemos que seguir buscando, Minerva.

—¿Es que no lo ves? Es lo mismo que nos hacía Román, se está burlando de nosotros. Está jugando con nosotros. Realmente, no tenemos nada.

—Shhh, tranquila. Si desesperamos y nos dejamos llevar por la rabia, entonces sí está ganando.

Ella se giró y buscó el contacto visual.

—No tenemos nada, Claudio. No tenemos nada. ¿Es que no lo ves?

—Pero si…

—No. Solo sabemos esos estúpidos ingredientes. Nada más.

Los transeúntes de Rue du Faubourg Saint-Honoré los esquivaban como si fueran vagabundos. Para aquella gente con mirada de superioridad no eran más que unos intrusos.

—No sabemos si es un pirado que ha pedido esta combinación, si es un perfumista, si es un experto, un aficionado…

—dijo Minerva y se apartó un palmo del seminarista—.

O simplemente alguien que nos quiere despistar.

O incluso, simplemente, Su Eminencia le ha enviado el frasco al asesino y solo tiene que rociarlo y listo.

Claudio la cogió por los brazos y la miró. Sus ojos se tornaron de un azul borrascoso.

—Escúchame bien. No sé cómo ni cuándo, pero estoy convencido de que lo atraparemos. Tengo la absoluta certeza y la fe de que encontraremos a ese loco del Sexto Mandamiento.

Los dos se quedaron en silencio, mirándose. Minerva nunca había visto tanta determinación en los ojos del italiano. Su seguridad la convenció. Le gustó ver a ese seminarista tan decidido. Debajo de la sotana había un hombre fuerte, tanto físicamente como mentalmente.

Lo observó detenidamente, imaginando terminar ese momento con un beso.

Pero un pitido del móvil los interrumpió.

Ella miró hacia abajo.

Sacó su móvil y en la pantalla vio un mensaje de Tilda:

«Vamos de camino. Ya lo tenemos».