51
Tilda y Stan entraron en la DAS y encontraron a Sophie delante de su ordenador.
Al escuchar abrirse la puerta, esta se giró.
—Os he pedido que vinierais rápidamente porque he descubierto algo.
Stan se acercó a paso rápido, seguido por la periodista.
—¿Qué has descubierto?
—¿Ya sabéis con quién era infiel André Deneuve?
Stan y Tilda negaron.
—Nada, la mujer no tenía ni idea y, el alcalde no sabemos si miente o tiene el cerebro de un mosquito.
Sophie asintió y se giró en su sillón con ruedas.
—Bien, os explico —dijo señalando la pantalla con el dedo.
Había abierto una foto borrosa de las cámaras de seguridad, que mostraba al asesino de la primera víctima mientras abandonaba el puente.
—He estado toda la mañana buscando en las cámaras de la zona y del Moulin Rouge . Y he encontrado siempre lo mismo. El mismo hombre encapuchado, vestido de negro y con gafas de sol.
—Ya, muy típico. Lo mismo que nos pasaba con el caso de Madrid —afirmó Stan—. ¿Qué más?
—En todas las cámaras aparece igual. Entra y sale, sin dejar ningún detalle ni ninguna pista… —dijo Sophie—, menos en una imagen. He ampliado la cámara desde un pasillo transversal del privé. Queda lejos y la pixelación es mala, pero creo que he encontrado un pequeño detalle.
—¿Cuál, Sophie? Por favor, dame una alegría y dime que tienes algo.
—Sí. Algo tenemos.
Sophie mostró el momento en que el asesino pasaba delante de la cámara. No era una imagen clara, sino una toma muy lejana y que lo captaba casi de casualidad.
—He metido el fotograma en un programa de inteligencia artificial para que reconstruya la imagen y nos dé una idea de la persona. No me refiero a la cara, ni nada por el estilo, pero pensé que podría darnos algún detalle interesante.
—¿Y…? —preguntó Stan, cada vez con menos paciencia.
—El asesino tiene un mechón de color lila —soltó Sophie.
Tanto Tilda como Stan la miraron extrañados.
—¿Cómo?
Sophie mostró el resultado. Los segundos del vídeo en los que se veía al asesino eran poquísimos. Era antes de salir del cabaret y volver a la calle. Se pasaba la mano por dentro de la capucha, escondiendo un mechón de pelo. Afortunadamente, las cámaras del Moulin Rouge eran en color.
—¿El asesino lleva el pelo teñido de lila? —se extrañó Tilda.
Stan gruñó y se sacó un cigarrillo. Se separó un par de metros y se apoyó en el escritorio que tenía justo detrás de él.
Encendió el cigarrillo y dio una calada larga, profunda.
—Eso es lo mismo que nada —dijo decepcionado.
—Cálmate, Stan, seguro que lo cogeremos.
—Claro, le cogeremos cuando cometa un error o cuando haya acabado. Tanta tecnología y estamos en el mismo punto de salida.
—Stan, tenemos un detalle importante que no teníamos antes. Sophie ha hecho un buen trabajo —dijo Tilda, apoyando las manos encima de los hombros de la mujer.
Sophie bajó la mirada y suspiró.
—No, Tilda, la verdad es que tiene razón. No es suficiente —confirmó cabizbaja.
Stan dio una calada, y otra, y otra. Fumaba compulsivamente cuando estaba muy nervioso y frustrado.
Era ya la tarde del lunes y se estaba acercando la noche. Pronto sucedería otro crimen y no tenían nada.
Encima, a Antoine lo habían arrollado y estaba de baja. Probablemente había sido el Asesino del Sexto Mandamiento.
Cuando Stan no sabía por dónde tirar, enloquecía. Ni siquiera el tabaco lo ayudaba a calmarse. Miró a Tilda a los ojos, desesperado.
—¿Qué harías tú?
Tilda subió sus finas cejas.
—¿Qué haría yo?
—Sí, tú. ¿Qué harías si estuvieras en mis zapatos?
Ella no se lo pensó mucho.
—Yo, en tu lugar, me pasaría a los cigarrillos electrónicos, son menos malos. Verás qué diferencia.
Stan chasqueó la lengua.
—¡Tilda!
—Si fuera yo, lo dejaría del todo. Fumar es malísimo —añadió Sophie.
—Chicas…
—Ahora en serio. En Madrid nos pasó lo mismo —dijo Tilda—. Llegamos a un callejón sin salida en varias ocasiones. ¿Y qué dijiste?
—¿Qué dije? Tilda, no me acuerdo. ¿Qué diablos dije?
—“Hay que volver a empezar desde el inicio. Repasar todas las pruebas y empezar desde la casilla de salida.”
Él no dijo nada. Tilda tenía razón. Recordó esos momentos. Por desgracia, solían repetirse en una investigación policial.
Stan dio otra calada y siguió pensando. Necesitaba a Minerva. ¿Dónde estaría ahora? Acostumbrado a vivir sin móvil, evidentemente no pensó en que podía escribirle.
Se giró y fue hasta la pizarra. El silencio le ayudaba a centrarse en las pruebas más importantes.
A veces, la inspiración repentina resolvía un acertijo.
A veces, era un simple golpe de suerte. Stan pensó que, si se lo hubiese preguntado a Claudio, este habría respondido que era Dios quien le ayudaba.
Fuera por lo que fuera, el golpe de suerte llegó.
El ordenador de Sophie emitió un sonido ligero. La silla de la informática chirrió al girarse.
La mujer leyó lo que acababa de llegar y ahogó un grito.
—¡Stan, Tilda, venid, mirad esto!
Los dos acudieron rápidamente.
—¿Qué pasa, Sophie?
—No os he dicho nada antes porque no creía que pudiera conseguir la información. Pero la he conseguido. ¡Tengo el número de tarjeta de crédito de la reserva del privé del Moulin Rouge !
—¿Cómo no se nos había ocurrido antes?
—Bueno, no es tan fácil. La corporación bancaria tiene un velo de privacidad difícil de traspasar.
—¿Traspasar? —preguntó Tilda sin entender bien.
—Sí, veréis, llamé al banco y me dijeron que necesitaba una orden del juez de Tailandia.
—¿Tailandia?
—Sí, porque la pasarela de pago está en ese lugar.
Así que busqué la probabilidad de que un juez tailandés me diera esa orden y era tan efímera y lenta que prefería reventar el sistema.
Bueno, yo no, un amigo hacker —dijo con la boca pequeña, casi susurrando—.
Así que mi amigo me ha enviado el número de tarjeta de crédito que ha realizado la reserva. Y, voilà . Lo tenemos.
Stan, emocionado, se acercó para ver mejor la pantalla.
—Y ahora podemos ir al banco que la ha expedido y preguntar de quién es, ¿no?
Sophie le dio al intro y apareció un nombre en el monitor.
—No hace falta. Este es el dueño. Este señor ha pagado el privé.
Stan miró primero a Tilda y luego la pantalla.
—¡Santo cielo! Tenemos que ir a arrestar a este tipo enseguida —exclamó con euforia.
—Hay que avisar a Minerva —dijo Tilda mientras sacaba su móvil.
—¡Hay que llamar a los GEO!
Sophie lo miró, confundida.
—Supongo que te refieres a la RAID, ¿no? —preguntó.
—Sí, eso es —dijo, y le dio una palmada en el hombro a la joven—. ¡Ya tenemos a ese maldito hijo de perra!