50
Había más perfumerías de las que Minerva y Claudio habían imaginado, y visitarlas todas iba a ser un reto.
A Minerva no le gustó mucho la idea de entrar en todas esas tiendas.
Aunque era una investigadora policial y su trabajo la obligaba a estar con otras personas, su alma introvertida prefería la soledad.
Si podía, siempre intentaba hacer la compra con el móvil, y procuraba salir de casa lo menos posible.
La interacción social la agotaba. La batería social que tenía la usaba para su trabajo.
Al llegar a casa ya estaba descargada, y la recuperaba en el silencio de su apartamento.
Abrieron la puerta de la primera perfumería. Un pequeño cascabel sonó y avisó de la llegada de los clientes.
Minerva se giró hacia el italiano, que iba detrás, y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa. Empezaba a gustarle eso de llevarlo consigo. A pesar de ser un cura, o, mejor dicho, un futuro cura, y a pesar de que ella odiaba todo lo relacionado con la religión, Claudio le empezaba a caer bien.
Y no era por su atractivo físico. No era por sus ojos claros, en los que habría sido muy fácil perderse.
Ni tampoco por su cuerpo armonioso, seguramente trabajado en un gimnasio, por lo poco que había tocado y comprobado.
No, no era por eso. Era su presencia. Su compañía; saber que estaba ahí.
No sabía cómo explicarlo, pero le gustaba que estuviera ahí.
— Bonjour —dijo un hombre, que salió de la trastienda.
Los dos se acercaron.
—Bienvenidos a la Parfumerie Artesanal Saint-Honoré —afirmó con un espléndido y elegante francés—. Soy Armand Moreau. ¿Han contratado el taller de las doce?
Minerva arrugó el ceño y luego se giró hacia Claudio.
—No, ¿qué taller? —preguntó Claudio con curiosidad.
El hombre los miró mejor, a través de sus gafas pequeñas que se apoyaban en su nariz.
—¡Oh! —afirmó decepcionado.
Tenía el pelo y la barba blanca, y le daban aire de abuelo bonachón. En la solapa de la chaqueta llevaba un pin con forma de cruz.
—Somos de la policía —dijo Minerva enseñando la placa—. Venimos por un asunto importante.
—Vaya, ¿qué hemos hecho? ¿El gestor se ha equivocado? ¿No ha pagado el IVA? —dijo y cogió el auricular de un viejo teléfono de color marrón claro—. Lo llamo enseguida.
Minerva lo detuvo.
—No, venimos por otro tema —dijo y le miró directamente a los ojos—. ¿Está usted solo?
El hombre negó. Indicó que tenía a su hija trabajando con él, pero que se encontraba en el laboratorio.
Minerva le explicó por encima para qué habían acudido. Le dijo que era un caso sonado y que necesitaban la ayuda de los perfumistas de la ciudad.
Al decirle eso, Armand sacó de debajo del mostrador un periódico francés. En la primera página aparecía el caso del Asesino del Sexto Mandamiento.
—No me puedo creer que estén aquí por esto… —dijo y se arregló la corbata—. Les ayudaré en todo lo que esté en mi mano.
Dicho eso, miró el reloj. Fue a la puerta y giró el cartel de abierto a cerrado . Regresó y no cruzó el mostrador, quedando al lado de la policía.
—Tenemos diez minutos antes de que venga el grupo del taller.
Minerva asintió.
—¿Pero qué es eso del taller? —volvió a preguntar Claudio.
El hombre se giró hacia él.
—Usted no tiene pinta de ser policía. ¿O es que va disfrazado?
Claudio le explicó quién era.
—Verá, señor seminarista. Es un taller creado para los turistas. Vienen, entienden cómo se hace un perfume, las partes de las que se compone… Luego se pueden hacer uno y llevárselo a casa.
Minerva asintió y Claudio sonrió, interesado.
—Si tuviéramos tiempo, me encantaría participar. ¿Son muy caros?
—No son baratos, no voy a mentirle. Nuestros talleres son los mejores de la ciudad, y no es vanidad. Pero les podría hacer precio de estudiante… —propuso con amabilidad—. Pero mejor, dígame, ¿en qué puedo ayudarles? No tenemos mucho tiempo antes de que llegue todo el mundo.
Minerva suspiró. Realmente no sabía por dónde comenzar. Luego, poco a poco le explicó lo del perfume en la cuerda, y que podía ser una pista para rastrear al asesino.
El perfumista bufó.
—Pues tienen una misión colosal. Hay más de cien perfumerías en París —dijo.
El dato provocó un escalofrío en los dos.
—¿¡Cuántas!? —bramó Minerva.
Él repitió el dato.
—Será imposible revisarlas todas, siendo solo dos —afirmó Claudio.
El hombre levantó las manos.
—Esperen, explíquenmelo un poco mejor y depuraremos la lista.
Minerva ladeó la cabeza y le enumeró los tres ingredientes que había detectado la forense: flor de lis, aquilegia y jazmín.
Armand Moreau levantó las cejas.
—Bueno, es un paso. El cerco se estrecha —dijo—. Depende del perfume, puede ser más comercial o menos. Este no es para nada comercial. Quedaría un mix de olores que se solapan. No es muy vendible, pero sí muy característico.
—¿Usted ha elaborado este perfume alguna vez? —preguntó Minerva, directa al grano.
El hombre suspiró.
—Lo siento, no.
Ella bajó la cabeza y torció la boca. Pensó que, con centenares de perfumerías en París, habría sido difícil dar con la buena a la primera.
—¿No quiere comprobarlo en su ordenador?
El hombre se sorprendió. Dio la vuelta al mostrador y levantó una libreta que le recordó a la que usaba su abuelo en Antigüedades Cadalso.
—Esto es nuestro ordenador.
—¿Y tiene suficiente con una libreta? —preguntó Claudio.
Al hombre no le acabó de gustar la pregunta.
—Muchacho, ahora, con los móviles, no sabéis ni el número de teléfono de vuestras madres.
Usáis calculadoras y no sabríais ni sumar dos más dos.
Yo llevo todo este tiempo sin usar ninguno de esos chismes del infierno.
Sé perfectamente, desde el día que entré por primera vez en la perfumería de mi abuelo, todas las combinaciones que han salido por esa puerta.
Y os aseguro que de aquí no ha salido ese perfume.
Claudio pidió disculpas por su pregunta y el hombre las aceptó.
—Pero también os digo que esa combinación es muy extraña. Así que os intentaré ayudar.
Armand Moreau sacó una hoja de papel y empezó a escribir con una pluma. Cuando terminó, le dio la vuelta y se acercó a Minerva.
—Si yo fuera policía, empezaría la búsqueda en esta misma calle —afirmó y vio cómo la inspectora daba un suspiro de alivio—. De las ciento y pico perfumerías de París, limitándoos a esta calle ya lo reduciréis a unas treinta. Es más, puedo proporcionaros una lista con las cuatro más probables.
—¿Qué le hace pensar que podría ser una de esas? —preguntó Claudio.
Armand alzó la cabeza de la hoja y lo miró.
—Porque las perfumerías famosas, como Guerlain o Serge Lutens, no venden cosas así.
Y porque me imagino que el asesino tiene relación con el perfume, o siente admiración por el tema.
Y supongo que quiere que lo encuentren. De no ser así, no habría elegido una mezcla tan rara.
Habría usado algo corriente, como Chanel nº5.
—¿Y qué le hace pensar eso? —preguntó Claudio.
—Pues que nunca encontrarían a alguien que usa un perfume comercial —afirmó el hombre con absoluta seguridad—. En el mundo se vende un frasco de Chanel nº5 cada treinta segundos. Jamás le habrían seguido la pista.