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Stan se encendió un cigarrillo y dio un par de caladas mientras caminaba junto a Tilda por la plaza del ayuntamiento de París.
Llegaron en silencio hasta una pequeña pastelería de la Rue de Rivoli. Se sentaron en las pequeñas y típicas mesas redondas de la acera.
Pidieron unos cafés, y para ella, también unos macarons .
A Stan le encantó ver cómo a la mujer se le iluminaban los ojos al ver llegar sus dulces. Tilda dudó si empezar por el verde o por el rosa. Optó por el verde y le dio un pequeño mordisco.
—El primero siempre sabe mejor —dijo contenta.
Stan sonrió.
—Tienes una adicción a esos discos de colores.
—Son los pequeños placeres de la vida.
Stan se pasó la mano por la barriga.
—Tú te los puedes permitir. Yo, es mejor que ni los huela.
Ella puso los ojos en blanco, cogió el plato y se lo acercó a Stan.
—¿Seguro que no quieres?
Él negó con la cabeza.
—Tú te lo pierdes —respondió ella, con acento inglés.
Stan soltó el humo y dio un sorbo al café.
—Los franceses serán buenos en muchas cosas, pero en hacer cafés, no.
—Siempre estás quejándote —dijo ella.
Stan miró el imponente edificio del ayuntamiento, que le recordó a un castillo austríaco, con techos azules en punta y muchas ventanas.
—¿Qué te ha parecido el alcalde? —le preguntó a Tilda.
Ella acabó de tragar el último trozo del macaron verde y le respondió.
—Siempre preguntas a los demás. ¿Y tú, qué opinas?
Stan gruñó, mientras intentaba identificar cuál era la ventana del despacho de Rémi Dati.
—Me gustaría saber qué diablos está haciendo ahora. Creo que sabe algo. Ese hombre no es trigo limpio: oculta algo detrás de esa sonrisa.
—Yo también lo pienso.
—Algo sabe, pero André era su mano derecha.
¿Cómo va a delatarlo? —dijo de forma irónica—.
Si mi segundo de a bordo es un mujeriego, pero es muy bueno en su trabajo…
—dijo y luego intentó imitar la voz del alcalde—.
¿André? Es un gran hombre, si tiene algún vicio ¿qué pasa? Pero es un buen padre de familia.
La interpretación teatral de Stan le sacó una sonrisa a Tilda.
Stan dio otro trago al café y la miró fijamente.
—Hasta tu sonrisa es elegante.
A Tilda, el piropo la cogió desprevenida. Se ruborizó.
—Vaya, también las periodistas de éxito británicas se sonrojan.
—Eres un idiota, Estanislao Barrancos —dijo ella.
Luego cogió el macaron rosa y le dio un mordisco.
—Mmmm. Cómo me alegro de que esto no te guste.
Mientras decía eso, el móvil de Tilda sonó.
Los dos se miraron, algo asustados.
Ella sacó el móvil y leyó el mensaje. Era de Sophie.
«Volved a la DAS. He descubierto algo importante. Creo que estamos cerca del asesino».
Stan apagó el cigarro y bebió lo que le quedaba del café.
—Cógete tus discos de colores, nos vamos.