No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 48
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Chloé movió la cabeza en un gesto elegante. Se recogió la coleta con una mano y luego la soltó.

Minerva no necesitó su especialización en criminología para entender que a esa chica le encantaba ser el centro de atención.

No era una cuestión de ser más guapa, más alta o más rubia, sino la forma en que se comportaba e interaccionaba.

Llevaba observándola escasos veinte minutos y le estaba molestando hasta el punto de generarle un sarpullido en todo el cuerpo.

Seguramente, Minerva se comparaba con Chloé y veía en ella todo lo que las hacía opuestas.

—Chloé, explícales lo que has descubierto —dijo la doctora Claire Bousquet.

—Verán —dijo la chica en un tono altivo—. Soy perito en Odorología Forense, especializada en la identificación molecular de huellas odoríferas. Me ha llamado la doctora Bousquet para ayudarles y aportar a este caso mi nivel de especialización.

Minerva se cruzó de brazos, molesta por tantas explicaciones rimbombantes.

«Empezamos bien», se dijo en su fuero interno.

—Primero de todo, sepan que hemos encontrado el mismo perfume en la cuerda de la primera víctima.

Eso le extrañó a Minerva.

—¿En la cuerda? ¿Y por qué no hay un informe de la científica que lo indique? —le espetó Minerva sorprendida y enfadada a la vez.

Le parecía que ese detalle era importante, y que les hacían perder el tiempo. Cada minuto era importante para coger al asesino antes de que cometiera otra aberración como la que tenía delante.

—Verán. Tengo que empezar retrocediendo un paso, ya que ustedes son técnicos en esto.

El sarpullido de Minerva iba en aumento.

—El perfume, en París, es un tema serio. Seguir la pista de un perfume, es seguir la huella personal del asesino.

—Esto ya lo sabíamos —dijo Minerva con la sangre que le hervía.

—Déjala hablar… —le susurró Claudio.

—Bien, mi deducción es esta. A la primera víctima, al colgarla de un puente para matarla, no la pudo perfumar después de morir, así que tuvo que hacerlo antes de lanzarla abajo.

En el caso de la segunda víctima, el señor Deneuve, este perfume tan característico fue vaporizado sobre él después de muerto.

—¿Y su conclusión es…? —preguntó Minerva.

A Chloé se le balanceó la coleta al mirar a la otra doctora.

—Que quería que ustedes lo olieran.

—No lo entiendo —dijo Claudio.

—El asesino quería que encontraran el perfume en la escena del delito.

Así que lo que hizo fue vaporizar el perfume en todo el cuerpo y en la cuerda.

La cuerda tiene un motivo muy específico —explicó ella y dio un paso hacia la doctora Bousquet.

Luego se giró rápidamente, con elegancia y teatralización—.

Para que lo entiendan, los perfumes son fórumulas químicas.

Mezclas y combinaciones que dejan más o menos olor, con más o menos tonalidad y con más o menos durabilidad.

Todos los perfumes se dividen en dos partes: la parte volátil y la parte que se queda en la piel, o en este caso, en los tejidos de la cuerda…

Minerva quería que Chloé fuera directa al grano, pero su disertación olfativa se estaba alargando.

No la soportaba. Al mirarla, veía a una mujer perfecta, a quien todo en la vida le había ido rodado.

Guapa, inteligente y con clase. Y ahora le estaba dando una clase de perfumería a ella, que era un sabueso de la calle y de la parte oscura de la vida.

Tuvo la sensación de que esa mujer elegante, pulcra y rubia, podía caminar tranquila por los Champs Elysées con su bolso de marca, gracias a que coexistía con una mujer como ella: oscura y dedicada a remover las cloacas de la sociedad.

—¿Eso no es lo mismo? —preguntó Minerva, después de respirar y calmar su ira infundada.

Chloé negó con la cabeza, lentamente.

—En los tejidos, un perfume queda mucho más tiempo. Por ejemplo, en un jersey. Ya sabe, a veces no quiere lavarlo, porque le recuerda a él… o a ella.

Minerva arrugó el ceño.

—¿Me quiere decir que en la cuerda de la primera víctima quedó el perfume, y en el cuerpo no?

—Exacto. La lluvia, la niebla, la sudoración y más factores, hacen que el perfume se evapore y desaparezca.

Pero hay perfumes… —dijo y se interrumpió para buscar las palabras adecuadas—, si lo simplificamos, los hay mayor y peor calidad.

Los peores se evaporan rápido. Los mejores, y normalmente más caros, perduran en el cuerpo.

Minerva empezaba a estar aturdida con tantos datos y teorías del perfume.

—Vayamos al grano. ¿Esto es un perfume bueno o malo?

—Químicamente es muy difícil de establecer. Pero pasadas más de doce horas, aún perdura en la segunda víctima, así que diría que es un buen perfume.

—¿Podríamos rastrear el perfume y llegar al asesino? —intervino Claudio.

Chloé lo miró. A lo mejor era la primera vez que notaba los bellos ojos azules del seminarista. Pareció que se quedaba magnetizada por un larguísimo segundo.

Minerva se dio cuenta. De pronto, esa mujer le gustó aún menos.

Carraspeó para hacerla despertar.

—¿Chloé?

—Sí. Quiero decir, sí, pero no es muy fácil.

La respuesta decepcionó a Claudio.

—Pero hay más cosas interesantes que quiero explicarles —continuó Chloé, despegando sus ojos de los del italiano—.

Un perfume tiene moléculas de aceites esenciales en extractos, o resinas.

Cuanto más caro y complejo, las materias primas son más exóticas y difíciles de encontrar.

He analizado este perfume y es sorprendente…

—¿Qué quiere decir?

—Que el mensaje, creo que no es el perfume es sí, sino los ingredientes —dijo Chloé.

Minerva miró a la doctora Bousquet. En su rostro había orgullo por su chica.

—¿Qué tiene de sorprendente? —indicó Minerva, que solo tenía ganas de que se acabara esa tortura.

—La combinación de estos tres ingredientes es la clave.

El primero es la flor de lis… o, mejor dicho, el lirio.

Tiene un aroma limpio, empolvado y ligeramente húmedo, parecido al del iris.

Como bien sabéis, la flor de lis está ligada a Francia, a su imaginario heráldico y a su vieja idea de pureza y poder real.

«Primera noticia», pensó Minerva.

Claudio, en cambio, se sentía fascinado, casi boquiabierto por el análisis y por todo lo que estaba descubriendo.

—El segundo ingrediente es la aquilegia.

Su olor es mucho más tenue: verde, delicado, algo dulce, como el de una flor silvestre recién cortada.

A simple vista recuerda a una campanilla elegante, aunque más extraña, casi ambigua.

Y no es una elección casual. La aquilegia ha estado asociada durante siglos a la infidelidad, la traición amorosa y a cierta forma de locura sentimental.

—Hizo una pausa, señalando después el tercer elemento—.

Y el tercero y último es el jazmín. Este sí resulta inconfundible.

Denso, sensual, envolvente. El jazmín representa el erotismo, el misterio, lo oculto, el magnetismo…

y, en determinados contextos simbólicos, también la muerte.

Minerva se acercó al cadáver. Bajó la cabeza, acercó la nariz a la cuerda y aspiró despacio. No le parecía notar todos esos olores. Pero si esa mujer estaba convencida, a ella le bastaba.

—El asesino nos está lanzando un mensaje subliminal. La infidelidad, la muerte, el erotismo y una ciudad, París —dijo Claudio—. Es un símbolo igual o más evidente que el tatuaje que lleva en el brazo.

Minerva asintió y le miró.

—Pero no sabemos si… —dijo y se detuvo antes de decir Su Eminencia—, Él lo sabe.

Chloé arrugó el ceño

—¿Él, quién es él ? —preguntó.

Minerva cambió de tema.

—¿Cómo ha conseguido tanta información? ¿Solo con la nariz?

—Ya me gustaría. Usamos la técnica de la cromatología de gases, es decir, ordenamos las sustancias volátiles por un lado y, por otro, la espectrometría de masas, que nos dice qué moléculas lo componen.

—Entonces Claudio tiene razón: podemos identificar al asesino si rastreamos este perfume —dijo Minerva—. Pero si es un perfume que se puede comprar en cualquier perfumería…

Las dos doctoras se miraron.

—No, inspectora Cadalso —intervino la doctora Bousquet—.

Precisamente, Chloé se esperaba esta pregunta y esta mañana ha rastreado el organismo de patentes de perfumes de Francia.

No existe ninguno comercializado con esta composición.

Pero aquí viene el dato interesante… —añadió y se detuvo un momento, como para dar misterio al asunto—.

Eso quiere decir que una boutique de perfumes lo ha creado para un cliente en especial.

Minerva subió las dos cejas.

—¿Me está diciendo que, si encontramos la boutique que lo ha creado, encontraremos al asesino?

—Efectivamente. En París existen bastantes ateliers de parfums. Pequeños laboratorios que fabrican perfumes de forma artesanal.

—¿Para sus clientes?

—Sí, encargos para algún cliente excéntrico. Pero podría ser un perfume de una maison de parfum , o sea, de una marca pequeña y artesanal de perfumes. Eso sería tener muy mala suerte.

—¿Por qué?

—Porque si se vende libremente, no podrán rastrearlo.

—Pero si alguien ha pedido un perfume personalizado con flor de lis, aquilegia y jazmín, encontraremos a nuestro asesino. Suponiendo que el cliente haya dejado su nombre verdadero y un contacto, claro —dedujo Claudio.

—A lo mejor es un juego y quiere que lo encontréis. O simplemente, cuando eso suceda, allí estará la siguiente pista —añadió la forense mientras se encogía de hombros.

Entre los cuatro se creó un momento de silencio y de reflexión.

—Hay un cuarto ingrediente que no ha mencionado… —interrumpió Claudio.

La rubia sonrió al seminarista. Minerva frunció los labios.

—El alcohol. El alcohol es el transportador de los aromas. El alcohol siempre está en los perfumes.

Él asintió y miró a Minerva.

—Entonces no nos queda más que empezar a buscar —añadió Claudio.

—¿Por dónde nos aconsejarían empezar?

—En París hay muchos lugares, pero… —dijo Chloé—. Yo comenzaría por la calle donde están las perfumerías pequeñas y artesanales por excelencia.

—¿Cuál es?

—Rue du Faubourg Saint-Honoré.

Minerva asintió y le hizo una señal a Claudio.

—Gracias —indicó Minerva mientras miraba a la forense Bousquet.

Chloé quedó visiblemente decepcionada de que no le diera las gracias también a ella. Claudio, en cambio, asintió, mirando a la rubia. Cuando terminó de darle la mano para estrechársela, Minerva lo empujó hacia la puerta.

—Vamos, Casanova .

Los dos salieron y cogieron el primer taxi en dirección a la Rue du Faubourg Saint-Honoré.

Minerva miraba por la ventanilla y rebobinaba todo lo que Chloé les había explicado.

Aunque le costó, tuvo que aceptar que era todo muy interesante y que suponía un salto hacia adelante, hacia la posible resolución del caso.

Recordó el olor intenso a perfume que había notado al entrar en el privé. Flor de lis, aquilegia y jazmín. Luego pensó en el mensaje de Su Eminencia, enviado al Telegram de Tilda. A lo mejor, sí que estaba al corriente. Quería que llegaran rápido, con el perfume aún fresco, y que se dieran cuenta.

Sonrió, mirando al infinito. Sentía que se estaba acercando al asesino. Era una buena pista. O, quizá, simplemente era una trampa, o una manera de despistar y hacerles perder tiempo.

Solo había una forma de descubrirlo: seguir y averiguar más.

Cuando el taxi los dejó en la calle correcta, se dieron cuenta de la hazaña que los esperaba.