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—Ustedes dirán —dijo el alcalde de París.
A Stan le sorprendió lo cómodas que eran esas butacas. Había tres iguales delante del escritorio del alcalde. Él se sentó en la que estaba a la izquierda, y Tilda en la del centro.
—Ya sabe por qué estamos aquí, ¿verdad, alcalde?
Rémi Dati asintió.
—Por favor, llámenme Rémi.
—Está bien, Rémi. Gracias, tutearnos será más cómodo.
El alcalde asintió.
—Necesitamos saber qué tipo de relación tenía con el señor André Deneuve.
El hombre se apoyó en el respaldo.
Rémi Dati llevaba unas gafas de pasta blanca, casi transparente.
Era completamente calvo y lucía una perilla muy cuidada.
Tenía los dientes perfectos y blanquísimos.
Stan se imaginó esa sonrisa y esa cara, impresas en un póster con alguna frase optimista en todos los rincones de París, en época de elecciones.
Con sus ojos claros, verdes, casi grises, Rémi los estudió con detenimiento. Después de unos segundos, sonrió.
—He pasado muy buenos momentos con André. Era un gran hombre. A pesar de esta difamación que están creando en su contra, era un gran hombre, os lo aseguro.
—Nadie quiere difamarlo; no estamos aquí para eso. Seguro que el señor Deneuve era un gran político. Pero…
—Hasta que no se compruebe y un juez lo dictamine, André Deneuve era un hombre íntegro, fiel y un buen marido y padre de familia.
Stan levantó las manos, y arqueó la boca.
—Claro, no estamos aquí para juzgar, ni para discutir…
—Pero es un hecho que lo mataron por ser infiel —intervino Tilda, interrumpiendo a Stan—. No sé si conoce a este asesino. Pero este hombre no falla. Es un criminal, es verdad. Pero está haciendo una cruzada personal contra los pecadores. Saca los trapos sucios de la gente más famosa.
Los dos hombres la miraron. Stan se sorprendió por la intervención, tan segura de sí misma, de la periodista. El alcalde, en cambio, empezó a perder su sonrisa de portada.
—El asesino no se ha equivocado una sola vez al elegir a sus víctimas —siguió Tilda—. Todos los pecados que declaró fueron demostrados. Así que déjese de tonterías, alcalde, y no perdamos más el tiempo. André Deneuve era infiel a su mujer. No hay duda.
Al acabar, Tilda movió los hombros, para ajustarse en la cómoda silla.
Rémi Dati corrigió su expresión seria y volvió a sonreír.
—Sigue siendo una suposición, todo queda por confirmar.
—Me temo que mi compañera tiene razón —dijo Stan.
El alcalde carraspeó.
—Veréis. Yo no conozco bien la vida personal de André.
Pero sí lo conozco de cerca en el trabajo.
Pondría la mano en el fuego por él. Yo diría que no era infiel a su mujer.
Este asesino debió confundirlo con otra persona, o incluso elegirlo al azar.
André era muy crítico con los grupos LGTBI y con esas familias raras que están de moda ahora.
El asesino debió de haberlo elegido por eso —afirmó y estiró el cuello—. Yo sugeriría esa línea investigativa.
Stan asintió y miró a Tilda.
Tuvo la sensación de que Rémi, como buen político, había aprendido a mentir en la cara de cualquier persona, y lo hacía con la misma facilidad que habría pedido un croissant de mantequilla en una boulangerie parisina.
—Está bien. La señora Deneuve nos ha indicado que usted y André solían verse en fechas complicadas y festivos. ¿Es verdad?
El hombre levantó las manos indicando el techo.
—Este es el Hôtel de Ville de Paris. De nosotros dependen catorce millones de personas.
¿Se dan cuenta de que cada día tenemos emergencias, incendios, huelgas, disturbios, accidentes, y mil eventos más?
Sin contar los problemas cotidianos. Es verdad que tenemos un buen equipo, pero en mi cúpula de trabajo el horario laboral es de veinticuatro horas, siete días a la semana —dijo con orgullo—.
Cuando nos metimos en esto, sabíamos el precio a pagar.
Y nuestras familias estaban advertidas. Ahora la señora Rose Deneuve no puede venir pidiendo explicaciones.
El sueldo de su marido y el piso céntrico en el que vivían siempre fueron de su agrado.
La respuesta no le gustó a Stan. Miró de reojo a Tilda y ella también puso mala cara. Estaban de acuerdo: ese hombre era el típico prototipo de político turbio, escurridizo y manipulador.
—Necesitamos saber si habló ayer con André.
El hombre se encogió de hombros.
—No sé. Creo que hablamos a mediodía.
—André le dijo a la familia que tenía una reunión importante con usted.
Él ladeó la cabeza.
—Yo estaba en casa, descansando. Conmigo no quedó. Puede que el asesino se hiciera pasar por mí. Lo tendréis que averiguar.
—¿Podemos ver su teléfono? ¿Cuándo fue el último mensaje que intercambiaron?
El hombre lo pensó un instante.
—¿Traen una orden judicial?
Stan se quedó callado, mirándolo.
El alcalde sonrió un instante, mientras subía las cejas.
—Lo siento, eso es vulnerar mi privacidad. En ese teléfono hay mucha información confidencial.
—Claro, claro… —dijo Stan con tono irónico. Introdujo la mano en su abrigo y sacó una tarjeta—. Por favor, si recuerda algo, llámenos.
El alcalde la cogió.
—Descuide.
—Necesitaríamos su número de teléfono directo.
—Lo siento, pero no se lo doy a nadie. Puede pedir el número de mi secretaria, al salir —le indicó con una sonrisa.
Stan se giró y esperó a que Tilda pasara primero.
—Inspector —dijo Rémi de pronto, y Stan se dio la vuelta, algo sorprendido—. El párroco que murió en el puente… Si cada víctima paga por un pecado, ¿cuál cree que fue el de aquel pobre cura?
Stan esperó un instante antes de contestar. No quería darle el placer de obtener de ellos información que no era pública.
—¿Lee usted los periódicos?
—Todos los días.
—¿Entonces?
—Lo que escriben los periodistas y la realidad suelen ser cosas distintas.
Stan miró a Tilda.
—Mucho menos de lo que cree.
Luego, Stan se dio la vuelta para seguir hacia la puerta.
—No me ha contestado, inspector —añadió Rémi, molesto.
—No cometió ningún pecado, alcalde. Hasta que el juez no lo confirme, ninguno —dijo y abrió la puerta.
Dejó pasar a la periodista mientras miraba al alcalde de París en su impresionante despacho con vistas a la Place de l’Hôtel-de-Ville .
—El Asesino del Sexto Mandamiento anda suelto por París y está vengando la promiscuidad. Ningún hombre ni ninguna mujer infiel de esta ciudad estará a salvo hasta que sea capturado.