46
—Los estábamos esperando —dijo Claire Bousquet.
Minerva entró, seguida por Claudio.
La inspectora tendió la mano a la forense y esta se la estrechó.
—Mucho gusto.
—Ayer conocimos a su compañero, el inspector Barrancos —dijo Claire.
Minerva asintió y señaló a Claudio.
—Este es Claudio Addante. Me ayuda con la investigación.
— Enchanté —dijo la forense mientras le estrechaba la mano—. ¿Sacerdote?
—Seminarista.
—Claro.
—¿Sabe cuál es la diferencia, o quiere que se la explique? —dijo Minerva con aire orgulloso.
La forense levantó una mano.
—Sé la diferencia, gracias —afirmó y señaló la mesa, sobre la que se encontraba el cuerpo desnudo de la víctima.
La forense abrió paso y los otros dos la siguieron.
—Minerva, tú eres la única que no sabía la diferencia, y encima todavía te confundes todo el rato —le susurró Claudio a Minerva.
Esta le devolvió una mirada hostil.
Los tres se acercaron a la mesa de acero. Por la puerta apareció una mujer joven, que podía tener la misma edad que Minerva. Llevaba una coleta alta y tenía un pelo rubio y finísimo.
A pesar de estar en una morgue, calzaba unos tacones de doce centímetros que la hacían muy alta y esbelta. Seguramente era tan alta como Minerva, pero con esos tacones le sacaba varios centímetros. Llevaba un carmín rojo cereza y en su nariz, diminuta, se apoyaban unas gafas.
—Les presento a Chloé.
Minerva la miró de arriba a abajo y Claudio le tendió la mano.
—Chloé es una colaboradora. Ha venido expresamente para trabajar con este cadáver. Luego les explicará.
Minerva no acabó de entender qué diantre hacía esa mujer allí. Era altiva y era consciente de que su belleza estereotipada llamaba la atención de los hombres. Le recordó a un escorpión a punto de atacar.
—Prosiga, señora Bousquet —indicó Minerva—. ¿Qué ha encontrado esta vez?
La forense miró al hombre tendido en su mesa.
En un lado, estaban sus genitales mutilados y, en la entrepierna, solo se veía una zona en carne viva. A Minerva le resultó extraño ver eso. En esa zona, un hombre normalmente tendría piel, vello y un pene. En cambio, el cadáver no tenía ninguna de esas tres cosas.
—El cadáver presenta las mismas heridas que el primero. Ha muerto por asfixia y le han introducido los genitales en la boca.
—Entiendo que primero le amputaron los genitales y luego lo ahorcaron —apuntó Minerva.
—Exacto, se ve porque el sujeto perdió mucha sangre. Si hubiese sido al revés, no habría salido tanta sangre.
Claudio dio un paso atrás. Esa imagen le revolvía el estómago.
Sí, lo había visto el día anterior, pero cada muerte era una pérdida y cada víctima una persona.
Al principio, pensó que se acostumbraría, igual que se había acostumbrado a ver escenas cruentas en las películas.
Pero no. Eso era la realidad y las entrañas se le retorcían cada vez que los miraba.
—¿Estás bien? —le preguntó Minerva.
Él asintió y la joven forense, Chloé, se rio por lo bajo.
—Necesitaba sangre —dijo Claudio.
—¿Cómo?
—El asesino. Tenía que escribir en el muro la frase «No tocarás» y dibujar la cruz en la puerta. Por eso necesitaba sangre de la víctima. No podía primero ahorcarlo y luego mutilarlo. Si el corazón no bombea, no sale sangre.
Minerva sonrió. Ese cura, o seminarista, tenía más alma de inspector que de hombre de la iglesia.
—Cierto —respondió Minerva—. Y, además, si este hombre ha sido infiel, su castigo era la amputación de su pene, el objeto del placer y de la infidelidad. ¿Cierto?
Claudio asintió.
—Cierto.
—¿Qué más han descubierto, doctora?
—Nada más. Todo es exactamente igual al anterior. Incluso el tatuaje. Hasta el pigmento es el mismo.
Minerva se acercó a la garganta y señaló unas pequeñas quemaduras.
—¿Es también de un táser?
—Sí, exactamente igual al de ayer.
Minerva asintió, dio dos pasos hacia Claudio y le dijo:
—Seguro que Su Eminencia le envía el pigmento para los tatuajes, le dice cómo y qué escribir y, además, le proporciona el táser. Y vete a saber qué más —dijo Minerva.
La morgue quedó en silencio. Todos centraron la mirada en el político tendido en la mesa, André Deneuve.
—Ahora bien, forense —dijo Minerva—. ¿Qué nos puede decir del perfume?
—Justo por eso está aquí Chloé.
De repente la muchacha rubia acaparó la atención de las dos visitas. Levantó la barbilla, sintiéndose el centro de las miradas.
—Espere, solo una pregunta antes de su explicación —la interrumpió Minerva antes de que hablase—. ¿Por qué cree que este cadáver estaba perfumado? ¿Es algo relacionado con el Moulin Rouge ?
La forense Claire Bousquet negó con la cabeza.
—Lo dudo, inspectora. También la primera víctima tenía perfume, pero no nos dimos cuenta.
Minerva abrió los ojos de par en par.
—¿Cómo que no os disteis cuenta?
El tono de su voz sonó como si estuviera tildando a las forenses de incompetentes.
—Chloé, por favor, informa a estos señores de lo que hemos averiguado. Creo que les va a sorprender.