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Tilda y Stan empezaron por lo más difícil.
La noche anterior, antes de que Antoine los dejara en el Four Seasons , se repartieron las tareas entre todos.
Ellos dos rebuscarían en el pasado de la víctima. Minerva y Antoine se ocuparían del forense y de la pista del perfume. Y, por último, Sophie y Claudio, desde la DAS, investigarían las cámaras, los símbolos dejados por el asesino y cómo había alquilado aquel privé .
Cuando les llegó la noticia de que Antoine había sufrido un accidente, se decidió que Claudio acompañaría a Minerva, en vez de quedarse con Sophie.
Tilda y Stan entraron en la casa del político asesinado, un ático en pleno centro de París.
—No se te ocurra decirles quién eres —le advirtió Stan a Tilda—. Esta gente no te reconocerá. Diré que eres de mi equipo de policía.
Su preocupación tenía fundamento. La famosa reportera acababa de informar a la prensa nacional del adulterio de la víctima.
Ahora su labor era descubrir quién era su amante, y si podría convertirse en la próxima víctima del asesino del Sexto Mandamiento.
La puerta estaba abierta. Los recibió una señora. Iba vestida de negro y sonrió, aunque de forma amarga.
—Buenos días, ¿vienen a ver a Rose?
Stan asintió, sacó su placa y se presentó.
—Necesitamos hablar con ella… —dijo Stan—. A solas, en privado.
La mujer asintió, les indicó que esperasen y entró en la sala de estar. Habló primero con una mujer y luego con otras personas que estaban sentadas a su alrededor.
Una vez salieron todos, la viuda hizo un gesto para que pasaran.
Stan cerró la puerta.
Tilda se sentó en el sofá, lo más lejos posible de Rose. Stan, en cambio, lo hizo justo al lado de ella.
Necesitó unos instantes para encontrar las palabras adecuadas.
Era una pregunta difícil para hacérsela a una viuda reciente.
Eso no se aprendía en la policía, sino de la experiencia.
Stan suspiró. Habría necesitado otro café y un cigarrillo más, pero no había tiempo. Tenía que afrontar esa conversación.
—Lo sentimos mucho.
Rose asintió.
La mujer estaba visiblemente afectada. La noticia de la muerte del marido había venido acompañada del artículo de Tilda, un segundo latigazo. Ahora todo el mundo sabía que su marido había muerto para enviar un mensaje, para demostrar al mundo que la infidelidad debía ser castigada.
La viuda asintió, llorando. El pelo negro le cubría parte de la cara, creando una cortina que impedía verle parte del rostro. Solo se apreciaba por completo cuando apartaba el pelo para acercarse el pañuelo a la cara.
—Iba a decirle que no es justo. Pero ya no lo sé…
Stan suspiró y pensó bien lo que iba a decir.
—Soy el inspector jefe Estanislao Barrancos. Ya sé que ahora no hay muchas palabras que la puedan ayudar a aliviar este momento. Lo mejor sería encerrarse, ir sacando poco a poco el odio y la rabia. Pero para dar justicia a su marido necesitamos su ayuda.
Rose levantó la cabeza y lo observó.
—No tiene ni idea del dolor que siento.
—Perdí a mi mujer de la manera más atroz —respondió Stan—. Algo sé de esto, por desgracia.
Ella lo miró más intensamente. Él le sostuvo la mirada.
—Le pido disculpas —añadió ella.
—No tiene por qué pedirlas, sé que esto es muy duro. ¿Usted era consciente de que su marido…? —dijo dejando la frase en el aire.
La viuda miró a Tilda por primera vez.
Stan se giró, pensando que Rose la había reconocido. Se dio cuenta de que su plan era arriesgado y seguramente debería haber dejado fuera a Tilda.
—Es una colaboradora de la policía —dijo Stan.
La viuda asintió, pero por su expresión no pareció quedarse tranquila.
—¿Prefiere que hablemos a solas?
—No, está bien.
—Señora Deneuve, ¿era consciente de la infidelidad de su marido?
Ella negó con la cabeza.
—Todos los matrimonios llegan a un punto en el que la pasión se pierde. Pero pensaba que estas cosas nunca me pasarían a mí. Nunca crees que las tragedias lleguen a tocarte. Nuestro matrimonio era sólido… O eso creía.
—¿Nunca encontró ninguna nota, o algún mensaje fuera de lo normal? ¿Algún comportamiento extraño? No sé, alguna pista que la hubiera llevado a pensar…
—No, porque André siempre fue un hombre muy ocupado. Siempre iba de un lado al otro. De reunión en reunión. El alcalde y él siempre estaban trabajando, hasta en los días más insospechados.
Stan arrugó el ceño.
—¿A qué se refiere?
Ella se lo pensó. Desvió la mirada lentamente. Con la misma lentitud, Tilda y Stan intentaron seguir lo que estaba mirando.
La sala tenía cuadros con marcos modernos, intercalados con otros antiguos y dorados. El suelo era de madera, un parqué gastado y en forma de espiga. A cada paso, crujía bajo los pies.
En una vitrina, entre jarrones de porcelana china, había un sinfín de marcos de fotos que condensaban los momentos más importantes y felices de la familia.
—Trabajaba en Nochebuena, los domingos… —dijo mientras buscaba en sus recuerdos—. El día de su cumpleaños…
—¿Y nunca le extrañó?
Ella ladeó la cabeza.
—Siempre ha sido así. Cuando yo me quejaba, ya sabía la respuesta…
—¿Y cuál era la respuesta? —preguntó Tilda, y nada más preguntar se dio cuenta de que no debería haber dicho eso.
Sin embargo, la viuda no se molestó. La miró, esperó unos instantes y le respondió.
—Me decía: “Yo siempre he sido igual, no he cambiado”, y luego: “Ya sabías cómo era cuando me conociste, nunca te he ocultado nada”.
Tilda resopló y se calló lo que pensaba.
—Entendemos —dijo Stan—. Si puede recordar los últimos instantes de ayer por la tarde, ¿qué pasó?
Rose bajó la mirada. Miró su pañuelo y se pasó la lengua por los labios. Se notó que estaba sufriendo al recordar esos últimos momentos.
—Lamento que tenga que revivir todo eso, pero…
—No importa. André recibió un mensaje. O eso creo.
—¿Cómo lo sabe?
—Le vibró el móvil y lo miró. Dijo que era el alcalde, y que era urgente.
—¿Solía suceder que se reuniera con el alcalde un domingo por la noche?
Ella asintió. Levantó la cabeza y miró al policía. Se pasó una mano por el pelo, apartándolo de su cara, y se pasó los dedos por la oreja para que el mechón quedara recogido detrás.
—Sí, era normal.
Stan asintió.
—¿Y nunca le ha preguntado al alcalde el porqué de tantas reuniones extraordinarias?
Ella negó.
—Nunca. Confiaba en mi marido. Además, cuando eres alcalde de una ciudad de tantos millones de personas, tienes emergencias a cualquier hora.
Stan asintió y le tendió la mano.
—Mi más sincero pésame.
Ella asintió y le estrechó la mano. Se estaban levantando para irse, cuando Stan le formuló la última pregunta.
—¿Ha venido el alcalde aquí? ¿La ha llamado? ¿Sabe algo de él?
Ella asintió y miró el móvil, que seguía a su lado.
—Me ha escrito. Vendrá por la tarde a verme.
Stan asintió.
—Me gustaría quedarme con el móvil de mi marido —pidió Rose.
Stan y Tilda se miraron.
—Lo sentimos, pero no se ha encontrado el móvil de su marido. No sabemos dónde está.
Dicho eso, se marcharon. Fuera de la puerta había una cola de personas que esperaban su turno para dar el pésame. El pasillo estaba tan lleno que les costó pasar.
En cuanto estuvieron en el ascensor, Stan le hizo a Tilda la misma pregunta que solía hacerle a Minerva.
—¿Qué opinas?
Ella suspiró. Se estaba mirando en el espejo del ascensor y se giró hacia Stan. Le pasó la mano por el pelo, alisando un mechón que se había soltado de la gomina.
—Este hombre tenía la coartada perfecta —respondió Tilda—. Pero me gustaría hablar con el alcalde. Seguro que nos puede decir muchas cosas que no sabemos de André.
Stan sonrió, mientras seguía la mano de la mujer. Le gustó aquel gesto. Cada movimiento suyo volvía a encender esa pasión que se había apagado al perder a Mirella.
El ascensor se abrió y salieron. Su próxima parada era el ayuntamiento de París.