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Esa misma mañana, una pareja de italianos llegaba al aeropuerto Charles de Gaulle de París.
Valeria Pandolfi y Calogero Gregi habían volado en primera clase con Air France . Con almuerzo a bordo y copa de champán incluidos, como los ricos.
La ciudad recibió a la pareja con nubes y lluvia intermitente. Desde luego, no era su mejor vestido de gala, ni la mejor de las tarjetas de presentación para una primera impresión de París. Pero no les importó.
En la terminal, un chófer vestido con traje y corbata sujetaba una tablet con sus nombres. Valeria, al verlo, irguió la espalda y levantó la mano.
—¡Somos nosotros! —gritó .
Llegaron hasta el hombre, que les hizo una leve reverencia y alargó la mano.
—Señora, ¿quiere que le lleve la maleta?
Ella sonrió y miró a Calogero.
—Claro —afirmó.
El chófer la cargó y les indicó dónde estaba el coche. Ellos lo siguieron, pero antes, ella dio una mirada a su alrededor. Le gustaba pensar que la gente hubiera visto que un chófer había ido a buscarlos.
Al llegar al coche ella extendió los brazos.
—¡Un Mercedes! ¿En serio? —exclamó ahogando un grito de alegría.
El chófer les abrió la puerta, con el logo del hotel de cinco estrellas, y entraron en el vehículo.
Luego arrancó, dejando atrás el aeropuerto.
—Amor, pellízcame, porque no sé si esto es un sueño —susurró Calogero a la mujer.
—Lillo, esto parece una telenovela de otros tiempos. No sé cómo podemos estar aquí, con todo este lujo.
Él sonrió. De pronto, un pensamiento le cruzó por la mente, y dejó de sonreír.
—Mi amor, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes? ¿No te gusta todo esto?
Él arrugó el ceño.
—No sé, me parece, no sé… demasiado bonito.
—¿Demasiado… bonito? —preguntó ella sin entender—.
¿Por qué no puede ser verdad? Estas cosas suceden.
He hablado con mis amigas y todas están convencidas de que esto pasa.
Poco, pero pasa. Una amiga de Concetta dice que a un señor que sigue en Instagram le ha pasado lo mismo, solo que tuvo que irse a América, nada menos que Nueva York.
El hombre sonrió y acarició la mano de su querida.
El Mercedes siguió la ruta que marcaba el GPS. Por las ventanas dejaron atrás las fachadas de los edificios y apareció la Sena. Al fondo, entre el horizonte, por fin se pudo ver el edificio más característico de la ciudad.
—Mira, cari —dijo la mujer con ilusión—. La torre Eiffel. ¿A que es bonita? ¿A que es romántico? Tú y yo, aquí en París. Esto es perfecto.
Los dos se besaron apasionadamente, mientras el chófer hacía como que no veía nada por el retrovisor.
Al cabo de un rato, el Mercedes se detuvo. Rápidamente, un botones se acercó al vehículo y abrió la puerta para que la mujer saliera.
Ella salió y entró por la recepción con la espalda bien recta y con la barbilla muy alta. Llegó hasta el mostrador de la recepción y una chica les saludó.
Les pidió los documentos y ellos se los dieron.
—¿Tienen una reserva para cuatro noches, verdad?
Ella asintió.
—Estupendo, estos son sus documentos y esta es la llave de su suite .
Los ojos de Valeria se abrieron, asombrados, y golpeó con la mano el pecho de Calogero.
—¡Una suite ! —susurró.
La recepcionista llamó al botones para que les ayudara. Este empujó el carrito con las maletas hasta la puerta de la habitación.
Valeria abrió la puerta y enseguida fue a mirar por la ventana.
La suite tenía todo lo que un viajero pudiera desear, hasta una máquina elíptica en la habitación.
El botones dejó las maletas y pidió una propina. Pero Calogero no supo entender los gestos y le respondió con una palmada en el hombro.
—Lillo, deja las maletas y ven a ver esto.
El novio siguió la voz de Valeria y la encontró en la terraza. La vista era privilegiada, para quitar el hipo.
Calogero se apoyó en la barandilla y tuvo una sensación extraña. En vez de disfrutar del panorama y de la oportunidad de ver la ciudad de las luces, tuvo una extraña sensación, que arruinó por un instante la felicidad que desprendía su novia.