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La mañana siguiente despertó gris y con más malas noticias.
El temporal parecía reflejar todo lo que estaba pasando. Era casi como si el cielo de París estuviera llorando por la segunda muerte, la de André Deneuve, el político encontrado muerto en el reservado del Moulin Rouge .
Minerva y Claudio caminaban a paso rápido por el pasillo de un hospital. En concreto, hasta la habitación número veintitrés, presidida por un agente de la policía. Había llegado un mensaje muy temprano, avisándoles de que un miembro del equipo había tenido un accidente.
Minerva enseñó su placa y les dejaron pasar.
Al abrir la puerta, se encontraron a Antoine Lefèvre estirado en la cama, con una pierna levantada y escayolada.
La noche anterior, ese mismo hombre había estado con ellos en la investigación.
—¿Cómo estás, Antoine? —preguntó Minerva con preocupación—. ¿Podemos entrar?
El inspector le hizo una señal para que pasaran.
Minerva primero y Claudio entraron.
Ella cogió una silla y se sentó al lado del inspector. Claudio, en cambio, se quedó a los pies de la cama. Al verlo de frente, el seminarista se santiguó.
—¡Por todos los santos, cura! No me seas gafe. Que no es para tanto —protestó Antoine.
—Es por protección, no da mala suerte —respondió Claudio molesto.
Antoine se giró y miró a Minerva, que llevaba el cabello mojado y desprendía un olor agradable.
Minerva le sonrió.
—¿Qué te ha pasado?
Antoine suspiró e indicó la pierna.
—Ya ves, rotura de tibia y peroné. Me han metido no sé cuántos tornillos y una placa, el pack completo.
—Vaya… —dijo Minerva.
—Ya sabes el dicho, ¿verdad? —dijo con dulzura Antoine.
Ella arrugó el ceño y negó.
—El dicho de los moteros. —dijo Antoine, y Minerva negó—. Se dividen en dos grupos. Los que ya se han caído y los que todavía no. —Ella sonrió—. Pues yo ya soy parte del primer grupo. Esto era cuestión de tiempo. Solo lamento que haya sido precisamente ahora.
Minerva negó.
—No te preocupes, nos espabilaremos. Pero en tu mensaje me dijiste algo que me ha dejado preocupada…
Su frase cambió la expresión de Antoine.
Claudio los observaba con el ceño fruncido.
No sabía por qué, pero esa escena le estaba resultando dura de presenciar.
Sentía una presión en el pecho al ver cómo Minerva le hablaba con tanto cariño y preocupación al inspector.
A él nunca le hablaba así. Y cada vez que él lo hacía, o intentaba preguntarle cosas un poco más personales, o por su pasado, ella huía.
Minerva le cogió la mano a Antoine y la presión en su pecho se transformó en una punzada.
—Creo… No, no creo … Estoy seguro de que me han hecho caer —dijo Antoine.
Minerva arrugó el ceño.
—¿Cómo?
—Ayer, cuando nos fuimos del Moulin Rouge , os dejé a vosotros en el hotel y a Tilda y a Stan en el Four Seasons . Luego fui a dejar el viejo Citroën en el garaje de la DAS. Allí cogí mi moto y regresé a casa.
—Pero si llovía a cántaros, ¿por qué no fuiste a casa en coche?
Él se encogió de hombros y suspiró.
—Desde el centro hasta mi casa, en coche se necesita más de una hora. En moto son poco más de veinte minutos.
Minerva negó con la cabeza y miró su mano.
—¿Y después? —preguntó ella—. ¿Qué pasó?
—Un coche me alcanzó en un semáforo, ya en las afueras de París.
Cuando se puso en verde, él también arrancó a toda velocidad y me dio en la rueda de atrás.
Creo que iba a más de sesenta, y la moto se volvió incontrolable por décimas de segundo.
Todo fue muy rápido. Patiné y aterricé entre un bordillo y un árbol. La moto está destrozada.
—¡Qué más da la moto!
—Lo sé, pero es que estoy seguro de que era él.
Los dos le miraron perplejos.
—¿Él? —preguntaron al unísono.
—No lo sé, es una impresión mía. Pero eso no lo hace alguien sin querer. Ni alguien que ha tenido un mal día. No. Eso lo hizo él. Nuestro hombre, nuestro asesino. Le estamos pisando los talones y nos va a eliminar uno por uno.
Ante la conclusión de Antoine, Minerva sonrió.
Se abrió la chaqueta, mostrando su camiseta ajustada, y se tocó la pistola, pero él se quedó observando las curvas de sus pechos.
—Que se atreva con nosotros. Lo vamos a matar sin miramientos. Lo hicimos una vez y lo haremos otra vez. ¿Verdad, Claudio?
Este dejó de mirar al inspector y se giró hacia ella. Asintió, pero se había quedado pensando en cómo el policía le estaba mirando los pechos.
Claudio se sintió raro, casi violento.
Él era un simple seminarista, camino de convertirse en cura. Le faltaba poco. Esos sentimientos, básicos, y carnales, no eran propios de él. Él, Claudio Addante, estaba por consagrarse cura y prometer fidelidad absoluta al Señor.
¿Cómo podía sentir eso por aquella policía?
—Tenéis que prestar atención —dijo Antoine—. Va a ir a por vosotros.
Minerva se levantó.
—Es él quien debe tener cuidado. Pienso llegar hasta el fondo de esto y espero cargarme a este hijo de perra. Por las víctimas y también por ti, Antoine —dijo con un tono de vengadora de la noche—. Ahora te dejamos descansar. Tenemos que seguir investigando.
Antoine le cogió la mano.
Claudio sintió otra punzada.
—Por favor, mantenedme informado.
Ella apoyó su otra mano encima de la del inspector.
—Procura mejorarte, Antoine.