40
Claudio y Minerva abandonaron la estancia.
Dejaron atrás el cadáver mutilado y fueron a encontrarse con Stan.
Cuando llegaron, el jefe quiso entrar y ver con sus propios ojos lo que había en ese reservado.
—¡Santo cielo…! —exclamó al entrar.
Se quedó un par de minutos mirando, y luego retrocedió hasta el principio del pasillo.
—Tenemos que hablar —le dijo Stan a Minerva.
La policía científica entró en escena y comenzó con su labor, y los investigadores fueron a buscar un lugar más tranquilo.
—Es curioso pensar que, hace un rato, aquí era todo fiesta y baile —comentó Claudio.
Los cinco estaban alrededor de una mesa, en medio de la sala principal del Moulin Rouge .
Había una alfombra roja, y sobre esta, mesas redondas con sillas que habían quedado separadas y en desorden.
Claudio y Minerva miraron a su alrededor.
En cada mesa había flores, vasos y botellas.
Las velas seguían encendidas, pero no quedaba ni una sola persona.
La mayoría de las cenas estaban a medio acabar.
Los vasos llenos de espumosos que seguían burbujeando.
Aquello parecía una escena de una película postapocalíptica. Vacío, ese lugar daba miedo.
—Volvemos a enfrentarnos al asesino —dijo Stan—. No es Román, es obvio, pero se le parece mucho.
—Su Eminencia los elige y los forma —añadió Minerva—. Por eso, todos están cortados por el mismo patrón.
Aparte de Minerva y Stan, en la mesa estaban Tilda, Claudio y Antoine.
—Volverá a matar cada noche —indicó Tilda—. Si no lo detenemos, volveremos a tener esta misma escena mañana, lo sabéis, ¿verdad?
Minerva asintió.
—Es una sensación difícil de asimilar —respondió.
—Sí —dijo Tilda.
—Este hijo de perra lleva meses organizando esto, pero nosotros tenemos pocos días para cogerlo a tiempo.
—Antoine y yo hemos averiguado cómo puede haber entrado —dijo Sophie—.
El privé tiene un acceso exclusivo y muy discreto, por la puerta de atrás.
Seguro que ha entrado por allí. Apuesto a que, cuando miremos las cámaras, nos encontraremos con la figura de un hombre con capucha y gafas. Hay que revisarlas cuanto antes.
Minerva negó con la cabeza.
—No encontrarás nada —dijo Minerva—. Será irreconocible y, si hay alguna pista, seguro que será un espejismo. Terminará con un fallo en las cámaras, con un punto ciego donde le perderemos la pista.
Antoine sonrió irónicamente.
—No estaría tan seguro. En París, hay una cámara en cada rincón. Sophie lo encontrará.
—Antoine, no es por quitarte la ilusión, pero conocemos a esta gente. Llevan meses, o años, estudiando todo. No dejan rastros, solo los que ellos quieren —respondió Minerva.
Los dos inspectores se miraron.
—Hay un detalle que se nos escapó, Minerva —los interrumpió Claudio.
Todos los ojos de la mesa se giraron hacia el seminarista.
Al notarlo, él tragó saliva.
—Este hombre no es Román, está claro, y ya vimos que no es muy fuerte. O sea, estamos buscando a alguien relativamente débil.
Minerva arrugó el ceño y le hizo una señal para que siguiera hablando.
—Quiero decir; en los vídeos hemos visto a una persona incapaz de tirar por la barandilla a la víctima.
Aquí necesitó una polea para levantar el cuerpo.
Si fuera un hombre fuerte como Román, no necesitaría nada de eso.
Con un gancho en la placa metálica le habría bastado.
Pero no fue así. Necesitaba algo que le ayudara a subir el cadáver.
—Es lo que dije esta mañana —añadió Minerva—. Las imágenes muestran a una persona esbelta, que no parece muy fuerte.
—En ese sentido, es un perfil totalmente diferente al de Román —dijo Tilda—. Pero este también ha perforado el cuerpo con un taladro.
—Sí —confirmó Minerva y se miró la palma de la mano derecha—, pero en este caso, la diferencia es que, para atravesar una mano por el centro, no se necesita ninguna especialización.
Stan los interrumpió y cambió de tema.
—Minerva, has sido la primera en entrar. ¿Cuáles han sido tus primeras impresiones?
Minerva suspiró. Bajó la mirada por un instante. Luego observó los ojos azules de Claudio y por último fijó la vista en el escenario vacío.
—Se trata de un asesino en serie poco común.
Esta es una escenificación pensada al milímetro.
Como en Madrid, solo que aquí no saca la escena de la Divina Comedia , sino que el castigo se simboliza amputándole los órganos reproductores, que representan el pecado cometido.
Luego los mete en la boca, que representa sus palabras, ¿no es así, cura?
—preguntó y Claudio asintió—. El sujeto no solo mata, construye un mensaje.
Y lo hace con tiempo, con control absoluto sobre la víctima y el entorno.
Stan escuchaba y no se perdía una palabra, pero notó que empezaba a necesitar su dosis de nicotina.
Sacó un cigarrillo y empezó a fumar en medio del Moulin Rouge.
Al verlo, Tilda lo imitó, con su aparato electrónico.
Antoine abrió la boca, a punto de decir que no estaba permitido, pero Claudio apoyó su mano en la del inspector. Le sonrió y negó con la cabeza, indicando que los dejara en paz, que no tenía importancia.
—Primero, la suspensión —siguió Minerva—.
Ahorcamiento en suspensión completa. Limpio.
Sin lucha. Eso significa que la víctima fue reducida antes.
Me apuesto a que el forense encontrará unas marcas de táser en la garganta.
Seguro que se los proporciona Su Eminencia.
No es fácil conseguir uno. En fin, no hay improvisación.
Luego viene la fase simbólica. La posición en cruz, los tornillos en las manos…
no es una crucifixión real, pero es una recreación.
Una cita visual. Quiere que lo entendamos fácilmente.
Minerva se detuvo. Stan la miraba con los ojos entornados mientras inspiraba el cigarrillo.
—Sigue, por favor —indicó Stan.
—La mutilación no es gratuita. Es el foco.
Está castigando el pecado que considera central.
No mata por matar. Selecciona, ejecuta y expone el pecado.
Y la boca… creo que lo de la boca es clave.
Introduce el órgano en el canal del lenguaje.
Es humillación, pero también silencio. «No hablarás. No volverás a seducir». Es un cierre.
La criminóloga se tomó un instante. Necesitó rebobinar lo que había visto en el privé número ocho.
—Ahora, la copa dorada…
—El cáliz —la interrumpió Claudio.
—Sí, el cáliz. Eso es nuevo. Y, en mi opinión, lo cambia todo —afirmó Minerva con convicción, pero también con perplejidad—. El cáliz seguro que no es decorativo. ¿Qué representa exactamente en la misa?
—En liturgia representa la sangre de Cristo —respondió Claudio—. Aquí estaba recogiendo la sangre del pecado. O sea, está invirtiendo el sacramento. Donde hay redención, él pone condena. Donde hay salvación, él coloca castigo.
—Eso es —asintió Minerva—. Esto ya no es solo religioso… es teológico.
Stan miró a Claudio. Este asintió.
—Está bien, Minerva, Claudio, buen trabajo —afirmó Stan con su voz grave—. ¿Y el perfume? ¿Qué pensáis de eso?
—Esto sí que es totalmente nuevo —dijo Minerva—.
Creo que no está para tapar el olor. Lo está sustituyendo.
Esto no es una escena de muerte, es una escena preparada.
Huele floral, intenso… probablemente rosa o jazmín.
Supongo que es algo asociado a lo sensual, a lo íntimo.
A lo que seduce. Creo que está marcando a la víctima con aquello que condena.
El asesino no nos está hablando con palabras, pero es una pista deliberada.
—Ese hijo de perra nos está retando —bramó Stan.
—No, Stan —interrumpió Claudio—. Está jugando con nosotros.
Stan no entendió la diferencia.
—Dile lo de la carta —dijo Claudio.
—¡¿Carta?! —exclamó Tilda—. ¿Qué carta? ¿Habéis encontrado una carta? No había ninguna carta en las fotos — dijo mirando a Stan, aterrorizada por su mala experiencia con el crimen anterior.
—No, Tilda, no hay ninguna carta. Tranquila —aseguró Minerva—.
Claudio se refiere a que en las fotos no se puede percibir un olor.
Puede que Su Eminencia no sepa lo del perfume.
¿Lo sabe o no lo sabe? Es imposible saberlo.
¿Me explico? —preguntó y al mirar a los compañeros en torno a la mesa, todos asintieron—.
¿Es una pista de Su Eminencia o solo del asesino?
—dijo y miró a Claudio—. En eso se parece a las cartas de Román.
Todos se callaron, cansados. Minerva y Claudio se miraron de nuevo, con cierta complicidad.
Pero la última pregunta y la duda se quedaron en el aire. Eso era un misterio dentro de un misterio. Una matrioska de problemas.
—Eso da igual, si lo sabe o no —dijo Stan rompiendo el silencio—. Tenemos que seguir esa pista del perfume, sí o sí.
Minerva asintió.
—Yo me encargaré.
—Voy contigo —añadió Antoine.
Ella lo miró rápidamente. Habría preferido ir sola, o con Claudio.
—Tenemos otro problema para investigar —dijo Stan—.
¿Qué pecado ha cometido André Deneuve? Y peor aún, si se está hablando de adulterio, aquí hay otra persona a quien buscar.
Y me pregunto… ¿podría estar esta otra persona en peligro?
¿Podría Su Eminencia cambiar el patrón e ir también a por la amante?
Alargó la mano y tiró la ceniza en una copa con agua.
—Debería entrar en un programa de protegidos —dijo mirando a Antoine.
Este asintió.
—Buena idea. ¿Pero quién es?
—Hay que buscar entre sus llamadas, sus mensajes, su vida privada. Todo. Hay que darle la vuelta. Seguro que será difícil, porque siendo un político lo habrá mantenido muy, muy en secreto.
Acabó el cigarrillo y lo apagó en el agua. Luego sacó otro y lo encendió.
—Fumas demasiado —dictaminó Minerva—. ¿Es que no lo ves?
La mirada de Minerva se movió hacia Tilda. Ella estaba ya con el segundo cigarrillo electrónico.
«Tal para cual», pensó con frustración.
Justo antes de que Stan contestara, las puertas del cabaret se abrieron de par en par y apareció la figura de un hombre de negro, con sobrepeso, y con una enorme cruz de oro en el pecho.
No pudieron ver su rostro en un primer momento.
Todos se giraron, expectantes por saber quién era, y a la vez molestos por haber sido interrumpidos.
—Van a tener que darme una explicación —dijo el recién llegado.