No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 39
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Minerva salió de la estancia justo en el instante en que la sirena de incendios se detuvo.

Stan la vio llegar y levantó la cabeza.

—Lo hemos encontrado.

Stan dio un paso.

—Espera, jefe. Danos unos minutos al cura y a mí, solos. Necesitamos discutir una cosa —indicó—. Llama a la científica. Está hecho un cristo.

A Stan no le gustó la petición, pero asintió. Sabía que Minerva tenía un olfato inigualable, y que a menudo necesitaba silencio y analizar el ambiente sola.

—De acuerdo —respondió resignado—. No contamines la zona, usa guantes.

Ella puso los ojos en blanco.

Stan sintió que, como mentor, había quedado relegado a la segunda fila. Entendía que debía dejar espacio a Minerva. Dejar que trabajase con sus normas.

Minerva regresó al privé número ocho.

Claudio seguía ahí, mirando la terrorífica escenificación del asesino.

—Ten, ponte esto o la vamos a pifiar —dijo Minerva alargándole una mascarilla y unos guantes.

—No pienso tocar nada.

—Póntelos o te vas —respondió severa.

Él suspiró y aceptó.

—A veces se tocan cosas sin querer —le explicó, con tono más suave—. Y la mascarilla es necesaria porque, al hablar, pueden saltar pequeñas gotas de saliva sin darnos cuenta.

Minerva también se los puso. Luego se quedó con los brazos en jarras, observando al hombre desnudo y ahorcado.

—¿Qué ves, cura?

—Minerva, soy seminarista. No me he hecho cura en las últimas veinticuatro horas.

—Venga, Claudio, céntrate. No tenemos toda la noche.

Él suspiró.

—El asesino ha vuelto a pintar con sangre el mandamiento —dijo e indicó el techo—. «No tocarás».

—Ya, ¿qué más?

—Otra vez, le ha amputado los genitales a la víctima, y se los ha metido en la boca —dijo Claudio y se acercó, con una mueca de disgusto—. Pero esta vez ha dejado los testículos sobresaliendo por fuera.

Minerva asintió. Tenía razón; esa especie de bolsa peluda que quedaba a la vista eran los testículos de la víctima. Se fijó en que sus ojos estaban blancos, girados hacia atrás.

Claudio señaló las manos.

—Ha usado el mismo sistema. Una tabla de madera para clavar las manos con unos tornillos, atravesando las palmas de las manos. Como le hicieron a Jesús.

Minerva dio la vuelta alrededor del cadáver.

—Sí. Mismo sistema. La tabla tiene un mecanismo que permite que se extienda, pero a la vez le permitió desmontarla y plegarla por la mitad.

—¿Y qué me dices de esto? —dijo Claudio agachándose y señalando el cáliz que recogía la sangre—. ¿Te acuerdas de que en Madrid nos dejaban un ostensorio en la escena del delito? —Ella asintió—. Pues aquí tenemos esto. Si buscamos en el puente… puede que haya dejado otro igual en alguna parte.

—Si lo ha dejado, no lo encontraremos, seguro que alguien lo habrá robado ya.

—Es probable —respondió Claudio.

—Podemos buscar dónde ha comprado esta… —Buscó la palabra, sin éxito—. ¿Copa?

—Cáliz. Es un cáliz.

—Lo que sea.

El torció la cabeza hacia un lado.

—No creo, es difícil. Se puede intentar.

Pero ya sabemos cómo trabaja Su Eminencia.

Seguramente, este asesino ha seguido el mismo modus operandi.

Habrá comprado un cáliz hoy, otro hace unos meses y así sucesivamente.

Puede que los haya comprado todos en el mismo sitio, o en tiendas diferentes, o por internet.

Ella asintió.

—¿Qué más se te ocurre?

Él se acercó y comprobó que el tatuaje era el mismo.

—Le ha dibujado el mismo mensaje. Esta secuencia representa la Humanae Vitae . Lo mismo que ya hablamos en la DAS, nada nuevo.

Ella se quedó mirando a Claudio por un segundo más. Él se giró y sus miradas se cruzaron.

Claudio tragó saliva. Casi lo intimidaba su mirada.

—¿Lo hueles? —dijo ella de pronto.

Él arrugó el ceño y se rascó la nuca.

—¿A qué te refieres?

—La escena de un delito suele apestar, pero aquí huele a flores o no sé qué —dijo asqueada.

Ella se acercó al cadáver. La piel del hombre muerto emanaba un perfume peculiar.

—Ven, huele esto —le pidió a Claudio.

Él se acercó. Inspiró fuerte y asintió.

—Sí. Flores, no sé, ¿lavanda, rosas…? Algo así.

La respuesta del seminarista no la convenció. Minerva no entendía de flores, pero le parecía que no era eso. Era algo más raro. Claudio podía saber mucho de símbolos, pero le pareció que no entendía mucho de perfumes.

—¿Por qué habrá perfumado el cuerpo? —preguntó Claudio—. Nunca lo había hecho.

—Esa es la clave, cura. Esa es la clave.

Es como si el asesino nos estuviera dando una pista.

¿Te acuerdas de que Román nos dejaba un sobre en la escena del delito?

Era un mensaje para nosotros que Su Eminencia no debía ver —dijo.

Se giró hacia Claudio y lo miró con el entusiasmo de quien ha descubierto algo importante—.

¿Y si este asesino nos está dando una pista?

Una pista invisible. Su Eminencia recibe las fotos, pero no sabe que existe esta pista que él no puede controlar, porque no viene en persona —dijo Minerva y se tocó la mascarilla, en el punto de su nariz—. Una pista basada en el olfato.

Claudio asintió, asombrado.

—El asesino nos habla —repitió—. ¿Pero qué nos quiere decir?

—Eso es lo que tenemos que descubrir, Claudio.