No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 38
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La joya de la corona del Moulin Rouge no era el cabaret, sino lo que pasaba después.

Los clientes más pudientes reservaban un privado y pasaban la noche allí. O bien con chicas de compañía, o en grupo con varias mujeres contratadas o, si se daba el caso, con alguna bailarina.

La prerrogativa absoluta era la privacidad garantizada.

Por ese motivo, al director del Moulin Rouge le costó dejar que la policía entrase en el privé .

El hombre, que llevaba mucho tiempo en el puesto, habría preferido ser arrollado por un tren a permitir que la policía accediese a sus zonas más exclusivas.

Al final consiguieron convencerlo, con la amenaza de que iban a entrar igualmente y además él sufriría graves consecuencias si trataba de impedírselo.

Minerva entendía que fuera un problema para director, pero le importaba muy poco.

En cuanto accedió al privé accionó la maneta antiincendios y, de repente, una sirena ensordecedora se activó.

Todas las puertas se fueron abriendo poco a poco.

De ellas salieron personas semidesnudas o tapadas a medias, con vestidos y sábanas; hombres con los pantalones bajados, que se los subían al caminar.

La diferencia de edades dejó perpleja a Minerva: las mujeres eran guapísimas y jóvenes, mientras que los hombres eran casi todos de edad avanzada.

Claudio se santiguó ante ese espectáculo, mientras comprendía por qué ese lugar era perfecto para transmitir el mensaje del asesino. No había mejor sitio para teatralizar una muerte que representaba el incumplimiento del Sexto Mandamiento.

Cuando pareció que ya habían salido todos los huéspedes de esa zona, Minerva alargó una mano y la apoyó en el pecho de Stan.

—Déjame pasar a mí primero —dijo sacando la pistola de la chaqueta.

Stan se lo pensó un segundo y asintió.

—Ve con cuidado.

Ella asintió y dio un paso.

Claudio la siguió.

—¿Qué haces, cura?

—No vas a entrar ahí tú sola.

—Quédate aquí.

—Tendrás que dispararme para que me quede aquí.

—Maldita sea, ¿es que no obedeces órdenes?

Él señaló el techo con el dedo.

—Solo las de Él.

Minerva chasqueó la lengua. Levantó la pistola y fue avanzando a pasos pequeños. Miraba en todas direcciones, como si en cualquier momento pudiera salir el asesino.

Se detuvo frente a la puerta uno.

Apuntó dentro. Había una mesa grande llena de vasos, botellas de champán y polvo blanco.

Se dio la vuelta y avanzó.

La puerta del privé dos estaba abierta. La estancia era exactamente igual, pero asimétrica. Un sofá largo rojo, una mesa y una bola de cristal iluminando el techo, como si fuera una discoteca de los años ochenta.

En la mesa, botellas de licores y alguna pastilla de color azul.

Ella bufó.

—Malditos ricos viciosos.

Volvió a apuntar la pistola y siguió.

La puerta del número tres estaba cerrada.

—Sería mejor que te fueras, cura —dijo, pero Claudio se quedó detrás de ella.

Con la culata de la pistola dio un par de golpes a la puerta, sin obtener respuesta.

—¡Policía, salgan!

A pesar de que la sirena antiincendios seguía sonando, nadie había salido de la puerta número tres.

Minerva insistió, pero no se abría. Llamó a la chica del mostrador, que le dio una tarjeta magnética passe-partout .

Minerva apuntó con la pistola, ya que esperaba que alguien pudiera estar allí, y con la otra mano pasó la tarjeta por la cerradura magnética.

Apareció una luz verde y la puerta se desbloqueó.

En ese momento, Minerva sintió un miedo intenso. No sabía qué podría encontrarse. ¿Los estaría esperando el asesino al otro lado? ¿Era una trampa?

Pero ese era su trabajo. Podía morir en cualquier acto de servicio. Al menos, dejaría todos sus fantasmas atrás. Como todo policía, bombero o soldado, se preguntó: ¿es hoy el día en que voy a morir?

Pero algo le decía que esa noche no sería.

Empujó la puerta.

Esta se abrió completamente. La escena la golpeó con contundencia y se le cortó la respiración por unos instantes.

—¿Qué diablos…? —susurró Minerva.

Se encontró a dos personas delante.

Los dos iban vestidos de negro. Una era mujer, con una coleta rubia que sobresalía por detrás de una máscara negra.

Estaba de pie. Era esbelta y la mayoría de su atlético cuerpo quedaba a la vista.

La máscara le tapaba la boca y los oídos; solo podía ver, pero no oír ni hablar.

Llevaba un cinturón con un enorme y grueso miembro viril de goma.

Este, con sus movimientos pélvicos, entraba y salía del ano de un hombre que estaba maniatado en la mesa, como un perro a cuatro patas.

El hombre llevaba una máscara de cuero algo diferente, con una mordaza que le impedía hablar, aunque sí podía escuchar.

El hombre se giró hacia la puerta. En sus ojos, Minerva notó la frustración de no haber podido avisar a tiempo a la mujer de que estaba sonando la sirena.

Al ver a Minerva con la pistola, en los ojos del hombre se apreció auténtico pánico por no haber podido detener aquella práctica sexual delante de los demás. Como llevaba una mordaza, emitía sonidos guturales. Mientras tanto, la mujer seguía empujando y le golpeaba las nalgas con un pequeño látigo.

Minerva retrocedió y volvió a cerrar la puerta.

Continuó con su búsqueda, siempre con Claudio a un paso de ella.

La habitación número cuatro estaba vacía, y la cinco también.

El final del pasillo se acercaba y solo quedaban unas pocas puertas.

Pero los ojos de Minerva cayeron en una puerta, la ocho. Esta seguía cerrada.

Fue directamente a esa.

Se detuvo delante y supo enseguida que era la correcta.

Apuntó a la puerta con la pistola, justo debajo del número ocho.

Al verlo, Claudio asintió.

En la puerta se veía una cruz cristiana, dibujada con un pincel. Era roja. Ni Minerva ni Claudio tuvieron dudas: estaba hecha con sangre de la víctima.

Minerva pasó la tarjeta por la cerradura y esta se abrió.

Empujó la puerta con la mano izquierda.

Cuando tuvo una visión clara de la estancia, se encontró con la segunda víctima del asesino.

El hombre estaba ahorcado. La cuerda subía hasta el techo y se enroscaba en una polea.

De su boca salía sangre y algo que no se acababa de ver bien.

—¿Estás seguro de que quieres ver esto? —le preguntó Minerva a Claudio.

Pero él ya lo estaba viendo. Volvió la sensación de mareo y de arcadas que había sentido por primera vez en Madrid.

Estaba acostumbrado a ver True Crimes italianos y películas de asesinatos, pero verlo en directo era otra cosa.

Claudio se tapó la boca, no por el olor, sino por lo cruento que era ese espectáculo. Un espectáculo que difería mucho del cancán en el escenario.

El asesino seguía con su labor de matar para lanzar mensajes bíblicos.

«No cometerás actos impuros», pensó Claudio.

Ese hombre había sido castigado en el templo de la trasgresión parisina.

Minerva siguió adelante.

Al acercarse, pudo apreciar dos detalles nuevos, diferentes, que cambiaban por completo la escena y la investigación.

Lo primero era que en la estancia se olía un perfume fortísimo. Minerva sabía que no podía ser casualidad.

Y la segunda era un elemento eclesiástico. Del corte que el hombre tenía entre las piernas goteaba sangre. Esta caía en un cáliz dorado, decorado con una cruz. Se había llenado del líquido rojo, había rebosado y se estaba esparciendo por la mesa.

Claudio y Minerva se miraron. Ella bajó la pistola. Habían encontrado el cadáver y volvían a encararse con un rompecabezas sangriento que necesitaban resolver con urgencia.