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Empezó a llover en París.
A pesar de que era domingo y pasaba de la medianoche, a los de la DAS les costó llegar por culpa del tráfico.
Cuando Antoine aparcó el Citroën DS azul, conocido popularmente como «Tiburón», ya habían acudido al lugar de los hechos varias patrullas de policía.
Según las órdenes del inspector Antoine Lefèvre, se había acordonado la zona y estaban procediendo a evacuar las instalaciones.
Minerva salió por la puerta trasera del vehículo clásico y se encontró frente al
Moulin Rouge .
Se trataba de dos edificios conectados. Uno era un edificio bajo, el famoso molino rojo que le daba el nombre al establecimiento. El del al lado, alto y de seis pisos, estaba iluminado con luces rojas y tenía rótulos con el nombre, por si no quedaba bastante claro.
Allí estaba el famoso y emblemático monumento.
Mientras iban hacia allí, Minerva buscó información en su móvil.
El Moulin Rouge era el cabaret más famoso e icónico del mundo. Había sido inaugurado en 1889 por Josep Oller y Charles Zidler. Se encontraba en el barrio bohemio de Montmartre y era reconocido globalmente por ser la cuna del baile del cancán.
Minerva no sabía nada de eso. Solo lo conocía por aquella película de principios de los dos mil.
Stan y Claudio bajaron también del Citroën. A Minerva le pareció que Claudio le lanzaba una mirada de complicidad, pero duró poco.
Cerraron las puertas del coche y corrieron hacia la entrada.
Muchos agentes protegían el lugar, mientras los curiosos y los primeros periodistas se acercaban. Entretanto, mujeres con vestidos elegantes y hombres en traje salían del lugar.
Al entrar, se encontraron con una recepción. Allí se encontraba también la taquilla y el guardarropa.
Todo el espacio era rojo: tanto el suelo como las columnas y las paredes. Del techo, color azul noche, colgaba una enorme lámpara de cristal. El resto de ornamentos eran dorados.
Enfrente estaban las puertas que daban al acceso al corazón del lugar. La gente salía, molesta, sin ser consciente del peligro. Sobre una de las puertas se leía « Bal du Moulin Rouge» , escrito con decoración rococó y circense.
Minerva, Claudio y Stan se detuvieron delante de la venta de billetes. En cambio, Antoine entró en tropel en la sala de espectáculos, desapareciendo entre la gente que salía.
—¿Qué opinas? —preguntó Stan.
Minerva esperó en responder; necesitaba razonar antes.
—Su Eminencia es listo. No habría matado a alguien delante de todos —dijo Minerva.
—Cierto, la última escena era muy truculenta. Si la ha repetido aquí, necesitaría tiempo y discreción —dijo Claudio.
—Puede que lo haya hecho entre bambalinas. Del mismo modo que lo lanzó del puente, podría lanzarlo del techo y ahorcarlo —dijo Stan.
—Puede ser, sí —asintió Claudio.
Minerva ladeó la cabeza.
—No. Si así fuera, ya lo tendríamos. Y no. Los del Moulin Rouge no nos han llamado para informarnos, porque no es un sitio tan fácil de encontrar. El cadáver está en un lugar apartado y ya preparado desde hace… —dijo y miró el reloj—, desde hace una hora por lo menos. Ahí no es.
Al decir eso, se giró hacia la zona de billetes. Allí, una chica vestida con un traje negro y con una coleta observaba el escenario de evacuación.
Minerva captó su atención enseñando la placa.
Ella asintió.
—Necesito un mapa de este lugar. Lo más detallado posible.
Ella se lo pensó y arrugó el ceño.
—¿Se refiere a un mapa de evacuación?
Ella negó.
—Un mapa completo del Moulin Rouge . ¿Lo tiene?
Ella se lo pensó un momento y cogió una hoja de un armario.
La dejó en el mostrador, delante del seminarista y los dos inspectores.
—¿Este le sirve?
Minerva ya lo estaba mirando.
—Buscamos un lugar tranquilo donde, con tiempo y discreción, se pueda haber cometido un delito —dijo mientras ojeaba el mapa.
La mujer, horrorizada, miró a Claudio, que era el único que la miraba.
Sus ojos azules y su cálida sonrisa la tranquilizaron.
—Un lugar apartado, ya sabe, para… —dijo Claudio y se detuvo—. Para, no sé, para lo que sea…
La mujer de la organización frunció el ceño.
—¿Los sótanos?
—¿Los sótanos son tranquilos y no hay gente? —preguntó Minerva.
Ella ladeó la cabeza.
—Siempre hay gente, sobre todo cuando hay espectáculo, como ahora.
—Ok, no, un lugar más tranquilo, donde nadie pueda ser molestado —insistió Claudio.
Ella suspiró e indicó una zona del mapa. Su yema del dedo rodeó un rectángulo gris, justo detrás del escenario.
—¿Qué es eso? —preguntó Minerva anticipándose.
—Esto es nuestro privé . Para clientes especiales.
A Minerva se le iluminaron los ojos.
—Ya estás tardando en llevarnos allí…