No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 36
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Asunto:

Cuerpo del mail:

André Deneuve.

Defendió la pureza con la boca y mancilló su palabra en la oscuridad.

No cayó por su deseo. Cayó por convertir la virtud en teatro y la promesa en mentira.

Cuando el hombre traiciona el lecho, el voto o la palabra sagrada, el mandamiento muere. Yo solo enseño el camino.

Cuando Tilda terminó de leer el correo, las rapidísimas manos de Sophie ya estaban surcando el teclado.

Enseguida apareció en la pantalla la foto de André Deneuve.

Todos seguían mirando a la británica, cuando Sophie rompió el silencio.

—André Deneuve. Wikipedia dice que es un político francés, del partido cristiano, de centro derecha.

Defensor del pueblo y de la familia tradicional.

Mano derecha de nuestro alcalde. Hace unos meses fueron elegidos como partido representante de la ciudad.

Casado y con hijos —dijo rápidamente Sophie—. Luego sigue con más detalles…

Stan suspiró.

«Volvemos a empezar», pensó.

—Bien, tenemos la identidad de la víctima. ¿Qué más sabemos de este hombre? ¿Dónde puede estar el cuerpo? ¿En su casa? ¿En el ayuntamiento? ¿Dónde podrían haberlo matado?

Minerva se acercó a la pantalla, justo detrás de Sophie.

—Busca el número de teléfono de su casa, o de su mujer. Tenemos que saber dónde estaba este hombre la última vez que lo vieron.

Antoine se acercó también a la pantalla y Claudio se sentó, un poco apartado. Se santiguó y rezó para que eso se acabase pronto.

—Rose Deneuve —dijo Sophie, mostrando un número de teléfono.

Mientras lo decía, Antoine marcó el número.

Los tonos se escuchaban por los altavoces. Minerva, le hizo un gesto con la mano para que acelerara el proceso.

—¿Diga? —preguntó una voz femenina, medio dormida.

—¿Señora Deneuve? Soy el inspector de policía Antoine Lefèvre.

Se escuchó un ruido de muelles, propio de una cama o de un sofá.

—¿Qué ha pasado?

Antoine levantó la mirada del móvil, hasta encontrarse con la mirada de Minerva. Esta tenía el pelo aún húmedo tras haberse duchado y la cara tersa por la siesta. Sus ojos, grandes y oscuros, estaban delineados con su ya característica línea negra, que los hacía más intimidatorios y serios.

—Necesitamos saber dónde se encuentra su marido.

La mujer no respondió enseguida.

—Aquí no está. Estoy esperando a que vuelva.

—Está bien, pero necesitamos saber dónde ha estado su marido esta tarde y esta noche de domingo.

Ella dudó.

—Eh, en el ayuntamiento. Tenía una reunión extraordinaria con el alcalde, por un tema urgente. Allí debe de estar —dijo y cambió de repente de tono—. ¿Pasa algo? ¿Le ha sucedido algo a André?

—Señora, no lo sabemos —mintió Antoine—. ¿A qué hora se fue de casa?

—Por favor, dígame que está bien.

—No lo sabemos. ¿A qué hora se fue? —insistió Antoine.

—No lo sé, sobre media tarde. Parecía urgente.

Todos en la DAS se quedaron callados. Stan miró a Antoine y le indicó con un movimiento de la mano que colgara.

Antoine, a pesar de que la esposa quería saber más, tuvo que hacerlo.

—¿Dónde está el ayuntamiento de París? —preguntó Stan.

—Está muy cerca de aquí. Justo al lado de Notre-Dame.

—Pues ya tardamos.

Todos se dirigían a la salida cuando el móvil de Tilda sonó otra vez.

Tilda, que era la última en salir de la sala, se quedó helada.

Bajó la mirada y apareció un mensaje en Telegram .

Una mezcla de terror y rabia la recorrió.

—Es él.

Stan y Minerva se acercaron a grandes zancadas para ver el mensaje.

Tilda entró en la aplicación.

«Señorita Glass,

Ya le había dicho que volveríamos a hablar pronto.

¿Ha visto mi email?»

Minerva le habría arrancado el móvil y habría llamado. Le habría dicho a Su Eminencia todo lo que sentía. La frustración de ser policía y no poder atraparle. La rabia por haber sido una de sus víctimas y la impotencia de no poder saber quién era.

—Debemos ser pacientes. Este hombre cometerá fallos y en algún momento le pillaremos —dijo Stan.

Minerva estaba cegada por la rabia y no estaba pensando claridad. Stan se lo veía en los ojos. La conocía muy bien.

Entonces se giró hacia Tilda y le dijo:

—Dile que lo has visto y que esto tiene que acabarse.

Tilda escribió:

«Sí, lo he visto.

Su Eminencia, no puede seguir matando.»

Los tres se quedaron en silencio, esperando una respuesta.

La aplicación indicó que el mensaje había sido leído por la otra persona.

El número oculto seguía en línea y comenzó a escribir.

«Esto solo acaba de empezar.»

—Maldito hijo de puta —ladró Minerva.

—Pregúntale si hay vídeo y por qué nos hace perder el tiempo —indicó Stan.

Tilda prefirió suavizar ese mensaje.

«Su Eminencia, ¿no tiene un vídeo para mandarme?»

La respuesta no tardó.

«Esta noche no tengo vídeo, Glass.

Lo que sí les indico, a usted y a toda la DAS, es el lugar.»

—Mierda, sabe que estamos juntos y que estás aquí —dijo Stan.

—No puede ser que lo sepa —dijo Minerva—. ¿Nos está siguiendo? ¿Nos tiene localizados con los móviles?

—Minerva, espera, una cosa detrás de otra —dijo Stan y se giró hacia Tilda—. Dile que te diga dónde…

«¿Dónde, Su Eminencia?»

Esperó unos segundos antes de contestar, pero finalmente llegó.

«Esta vez, os encontraréis con un pecador oculto.

Tendréis que escarbar para entender el pecado.

Todo empieza en un lugar de lujuria y pecados.

Esta noche todo comienza en el Moulin Rouge .

Buena caza, señores.»

Al escribir eso, instantáneamente la persona que estaba al otro lado, dejó de estar en línea.

Minerva y Stan se miraron. No dijeron nada, se conocían tan bien que ella lo entendió.

Su próximo destino no era el ayuntamiento, sino el lugar más conocido de las noches transgresoras de París. Una fuente de pecado que, muy pronto, no estaría llena de bailarinas, prostitutas y clientes con sed de diversión, sino de agentes de la policía científica en busca de huellas del asesino.