No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 35
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Stan, todavía asomado a la ventana del hotel, se quedó de piedra.

Le colgaba el cigarrillo de la boca.

Tilda se le acercó, lo agarró del brazo y lo obligó a entrar.

Miró por la ventana, la cerró y echó las cortinas.

Luego, giró el móvil y le enseñó el mensaje a Stan.

Él lo leyó y arrugó el ceño.

—¿Cómo sabe que estamos juntos?

—Puede que nos haya visto entrar en el hotel —dijo ella.

—O simplemente no lo sabe, solo lo ha adivinado. Sabía que era muy probable que yo estuviera aquí, contigo.

Los dos se quedaron en silencio un buen rato, mirándose.

—No creo que este hijo de perra vaya con faroles, Stan.

Este tío nos vigila. No sé si tenemos a alguien en la puerta del hotel, o quizá haya una cámara por aquí…

—dijo comprobando cada esquina del techo de la habitación—.

O simplemente nos escucha a través de nuestros móviles. Bueno, a través del mío.

Stan metió la mano dentro de su americana. Pasó su mano por el cañón frío de la pistola.

—Tendrán que pasar sobre mi cadáver antes de que te pase nada. La otra vez, Román estuvo muy cerca. Pero ahora sé con quién estamos tratando —dijo con rabia acumulada.

Ella negó.

—No creo que yo sea el objetivo, Stan. Quizá tú, porque no consiguió completar la operación de Madrid. Deberías llevar escolta.

Él se rio.

—¿Escolta, yo? Tú no sabes quién soy yo —dijo con tono pomposo—. Estanislao Barrancos no necesita escolta. Es más, será mejor que sea él quien se ponga una escolta. Más pronto que tarde, cogeremos a ese loco de remate.

Ella abrió el armario y repasó con los dedos todos los vestidos que se había llevado.

Eligió un tejano negro y una blusa.

Lo dejó en la cama y procedió a quitarse el pijama.

Él, al verla en ropa interior, se giró.

—Parece que no me hayas visto nunca desnuda…

Stan tragó saliva.

—Lo más importante en esto, Tilda. Es un detalle importantísimo que no podemos pasar por alto.

—¿Cuál? —preguntó ella mientras se deslizaba en unos tejanos apretadísimos.

—Ese hijo de perra dice que te conoce.

Ella se abrochó el tejano y se quedó mirándolo con los brazos en jarras.

Él se giró a mirarla.

Los tejanos hacían su cintura aún más estrecha. Tenía el torso semidesnudo, solo con un sujetador muy transparente de color verde esmeralda.

Stan la miró, embelesado.

A ella le gustaba que Stan la mirase con apreciación: la hacía sentir deseada y atractiva.

Tilda pensó que, en lugar de acabar de vestirse, podría quitarse el sujetador. Pero era tarde y se tenían que marchar. No era un buen momento.

—No lo conozco, Stan. No tengo ni idea de quién es.

Él bajó la mirada y asintió.

—Debemos irnos —dijo Stan, y salió del dormitorio.

A la salida del hotel, cogieron un taxi.

Stan no pudo evitar mirar en todas las direcciones antes de subir.

A lo largo de la calle. En las ventanas de los edificios de enfrente y en las mismas del hotel.

Era una labor casi imposible, en un lugar tan grande y abierto.

Sintió la misma sensación de impotencia una vez entraron en el tráfico de la capital.

Finalmente, el taxi los dejó en la DAS.

Allí se encontraron con Claudio, Minerva, y los franceses, Antoine y Sophie, que ya les estaban esperando.

—Tenemos novedades —adelantó Stan a los demás.

Todos se callaron y se acercaron.

—Enséñaselo —indicó a Tilda.

Ella sacó su iPhone y les mostró la conversación.

Minerva lo leyó y se quedó observando a Tilda. Parecía más espantada que la reportera.

—¿Cómo estás? —le preguntó Minerva.

Tilda suspiró.

—Esto no me gusta. Está yendo más lejos de lo que pensaba.

Minerva asintió.

Ese número oculto que se identificaba como Su Eminencia era el mismo que le había enviado el vídeo de la primera víctima.

—A estas alturas no tenemos dudas. Esta persona está orquestando todo esto. Pero ahora tenemos un dato nuevo: Su Eminencia y Tilda… —dijo Minerva y antes de acabar la frase se quedó un momento en silencio—, se conocen.

Stan, como inspector jefe de esa división, miró a todos a los ojos.

—Está claro que este hombre está jugando con nosotros, nos está usando, sabe que estamos aquí y lo peor… no sabemos cuánto tiempo va a durar este macabro juego —dijo.

Minerva dio un paso adelante.

—Tenemos que cogerle antes de que siga con toda esta mierda.

Stan la miró y asintió.

—Fritz —dijo Minerva—. Seguro que él nos puede ayudar. ¿En serio alguien puede enviar esta mierda y quedarse tan ancho? ¿No hay consecuencias? ¿No hay trazas? No puede ser… no quiero creerlo.

—Parece que es posible —añadió Stan.

Minerva se dio la vuelta y se acercó a la pizarra. Luego se giró y dio un manotazo en la mesa. El ruido atravesó toda la oficina. No era rabia acumulada, era impotencia.

Minerva se sentía como si estuviera delante de un cristal. Del otro lado, Su Eminencia, con una sonrisa juguetona, los saludaba, pero ellos no podían acceder a ese lado del cristal.

—¿Mandamos cohetes a la Luna y no podemos saber quién coño escribe eso? ¿Sabemos que es el maldito asesino y no podemos tirar del hilo? —preguntaba Minerva cada vez más alto y más enfadada—. ¿Se está riendo en nuestra puta cara y no podemos hacer nada?

—Volvamos a preguntar a Fritz qué se puede hacer —propuso Stan.

Llamaron al informático forense de la DAS de Madrid. A pesar de la hora, él seguía en su puesto de trabajo.

Fritz dijo que iba a clonar la SIM del móvil de Tilda y crear un acceso especial para ver en directo lo que llegaba a su correo y a Telegram .

Seguiría buscando una fisura en el sistema, pero advirtió que era prácticamente imposible.

Cuando terminaron la videollamada con Fritz, el móvil de Tilda sonó.

Era un pitido diferente, agudo. Una alarma que presagiaba un desastre inminente.

Stan y Tilda se miraron, aterrados.

Él miró su reloj infantil. Las dos agujas apuntaban hacia el mismo número, las doce. Acababa de llegar un nuevo email de Su Eminencia.

Entonces, Tilda entró en la app del correo. Lo abrió y procedió a leerlo.