No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 34
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Por supuesto que Henri no estaba ahí.

Nunca había estado, ni tenía idea de todo eso.

Era una trampa muy simple y a la vez muy compleja.

Judith había estudiado hasta el mínimo detalle todas las costumbres de su presa. Llevaba meses detrás de él y de los otros individuos que aparecían en el listado de Su Eminencia.

Su labor era acumular datos, costumbres, defectos, vicios y pecados. Se convirtió en una obsesión para ella.

Hasta que llegó el momento de la verdad.

André Deneuve estaba tumbado de rodillas delante de ella.

El ligero shock que le había generado el táser duró poco más de cinco minutos.

Judith los aprovechó para maniatarlo y vestirse con su indumentaria blanca de protección.

Cuando el hombre despertó, ella lo tenía ya todo listo. El tiempo jugaba a su favor. Hizo un paréntesis en su trabajo, cosa que no le estaba permitido, pero esa persona se merecía un trato más personal.

Cuando él abrió los ojos, estaba tumbado de costado, sobre el lado derecho.

Parpadeó varias veces.

Ladeó la cabeza.

—¿Dónde…?

Ella sonrió. Se sintió poderosa, controlando la situación y alargando esa operación que tenía que ser rápida. Tenía tiempo, había convocado allí a André una media hora antes, precisamente para esa conversación que estaban a punto de tener.

—¿Dónde estoy? ¿Henri?

—Ya sabes dónde estás, en un reservado, en el centro de París. Lo que pasa es que tu Henri no está. En cambio, estoy yo. Lo siento, André —dijo con satisfacción mientras extendía los brazos—. Has caído en mi trampa.

El hombre intentó levantarse, pero sintió que sus manos no podían separarse.

Al segundo tirón, se dio cuenta de que tenía los brazos atados detrás de la espalda.

Necesitó un par de minutos y varios intentos para incorporarse. Cuando por fin estuvo delante de la mujer, de rodillas, consiguió enfocarla.

—¿Judith? ¿Eres tú? —preguntó atónito—. ¿Qué haces aquí?

Ella lo observó con desprecio, mientras afinaba su mirada.

Al reconocerla, ella le devolvió una maliciosa sonrisa.

—Hola André… bienvenido —dijo y se santiguó.

—Pero, ¿cómo…? No entiendo. ¿Qué está pasando?

—Te lo explico enseguida, André. Has caído en una trampa. En mi trampa. Mejor dicho, en la trampa de Nuestro Señor.

—¿Trampa? ¿Nuestro Señor? Judith, por favor, libérame.

Ella no se movió un milímetro. Sentía el poder en sus hombros y pensaba alargar esa sensación de placer por un poco más de tiempo.

Negó lentamente.

—No pienso liberarte, André, por nada del mundo.

Él necesitó unos instantes para entenderlo.

—¿Cómo dices? Esta broma se está alargando demasiado. Por favor, desátame —insistió con un tono más alto y seco.

Ella se quedó impasible.

Al ver que ella no hacía nada, él comenzó a gritar con toda la fuerza que le daban sus pulmones.

—¡Socorro! ¡Estoy atado! Por favor, libérenme.

La satisfacción y la lujuria empezaron a brotar de los ojos de Judith.

—Puedes gritar cuanto quieras, André, pero ya sabes dónde estás. En este privé , podría explotar una bomba y nadie se enteraría. Están aislados acústicamente precisamente para respetar la privacidad de los clientes —afirmó satisfecha, con la tranquilidad de quien lo tiene todo bajo control.

Él razonó por unos instantes y siguió gritando. En esta ocasión, hacia la puerta.

—¡Socorro! ¡Me han secuestrado! Esta tía está loca…

—¿Loca? André —dijo sonriendo—. ¿Quién de los dos está loco? Tú llevas una vida paralela. Eres un hipócrita de manual. Un pecador, André. Eres de lo más cínico que he conocido. Tu hipocresía no tiene fin.

—¿A qué te refieres, Judith?

Ella intentó medir sus palabras.

—Eres un respetado político de esta ciudad.

Con el equipo del alcalde podrías haber acabado en el Elíseo.

Una persona respetada por fuera y muy, muy pecadora por dentro.

Eres un personaje público de una familia perfecta tradicional.

Todos los domingos vas a misa. Eres del bando antiabortista y, cómo no, contrario al grupo LGBTI.

Casado con la misma mujer desde hace años y con unos hijos envidiables. Pero…

—Judith…

—Sin embargo, tienes un pequeño defecto…

—Judith… no me hagas esto…

—Tu pequeño defecto es que tienes una aventura…

—Es difícil de explicar.

—No, André, es muy fácil de explicar, no te equivoques.

—Te lo puedo explicar…

—Deberías haberlo explicado a tus electores antes de las últimas municipales.

Tendrías que habérselo explicado al alcalde que te eligió como intachable hombre de su partido.

Tendrías que habérselo explicado a tu familia.

Pero, lo más importante, tendrías que habérselo explicado a Nuestro Señor.

Confesarte y redimirte —dijo y ladeó la cabeza lentamente con una sonrisa irónica—.

Sin embargo, lo que hiciste fue precisamente todo lo contrario.

Llevas un par de años con esta aventura…

Él bajó la cabeza.

De pronto, el preso, entendió por qué estaba allí.

—Es largo de contar, Judith. Nunca tuve ocasión de explicártelo.

—No hace falta, André. Ya es demasiado tarde.

André levantó la cabeza de repente.

—¿Qué? —preguntó sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Llevas una vida de mentiras y de pecados. Ir a misa los domingos no es suficiente… y lo sabes.

—Déjame explicarte, déjame que te diga por qué he hecho esto…

Ella negó con la cabeza, esta vez con más intensidad. Descruzó las piernas y se levantó.

—André, ¿sabes cuál es el Sexto Mandamiento?

Él la seguía con los ojos. Desde el sofá, ella caminó hasta el lado de la mesa que estaba debajo de la polea y de las cuerdas. Siguió, hasta estar al lado del político maniatado.

—¿Lo sabes, verdad?

Él fue a decirlo y de repente lo entendió todo.

André inspiró un segundo, al mismo tiempo que abría sus ojos de par en par.

—Eres…

—Sí, André, hago la voluntad de Dios.

—Pero nosotros somos amigos desde hace años, ¿cómo?

Ella negó.

—No, yo era amiga de André antes de que se convirtiera en un pecador. No te equivoques —dijo y se agachó mirándolo muy directamente a los ojos—. « No cometerás actos impuros».

—Lo he visto en el telediario, no puede ser que tú… seas… no…

Ella asintió muy lentamente.

—Sí.

—Entonces, yo…

Apretó los labios.

—Me temo que sí.

—Eres una hija de p…

Ella le tapó la boca. Sus manos estaban enfundadas en unos guantes de látex negros.

—Es mejor que no digas nada… es más, es mejor que duermas un rato más.

Al concluir esas palabras, una inesperada pero ligera descarga lo dejó de nuevo inconsciente.

El cuerpo del político se desplomó en la moqueta.

Ella suspiró y lo miró por un segundo.

—Lo siento, pero es hora de seguir con la obra de Nuestro Señor.

Dejó el táser y cogió unas tijeras muy afiladas.

Fue cortando sus tejanos y los calzoncillos. Luego la camisa y el jersey, dejándolo completamente desnudo.

Luego cogió la tabla de madera, la extendió y con un taladro clavó los tornillos en la madera, pasando por el medio de la palma de la mano.

Después le ató la cuerda alrededor del cuerpo y lo subió a la mesa, ayudada por la polea.

Una vez subido, cambió el agarre y le puso un lazo corredizo al cuello.

Solo entonces, debido al dolor de las manos y a que el efecto de la descarga se le estaba pasando, recuperó plenamente la conciencia.

André empezó a gritar a todo pulmón.

Ella sonreía; lo tenía todo bajo control y André ya no podía escaparse.

Tiró más la cuerda hasta que el hombre estaba de pie en la mesa.

Estiró un poco más, hasta que André se encontró de puntillas.

—Ten piedad, Judith, piensa que somos amigos.

Ella se acercó.

—Te voy a dar la antiextremaunción —dijo ella y cambió de tono, adoptando uno más ceremonial—. Por esta santa condena, que el Señor te haga ver la traición de tu deseo… y no te conceda el consuelo de tu cuerpo. Lo siento, André, pero te lo has ganado tú solo.

—¡No! —gritó con terror.

Después, Judith ejecutó la voluntad de Su Eminencia.