33
A Stan se le heló la sangre.
En un primer momento no acabó de entender lo que decía Tilda.
¿Quién le estaba escribiendo?
¿Qué demonios era Telegram ?
¿Alguien le había enviado un telegrama? ¿Qué tenía eso que ver con el móvil?
Luego se acercó y miró la pantalla del teléfono.
En ella había una frase.
No había margen de error.
Nadie podía malinterpretar lo escrito: seis palabras que lo decían todo.
Tilda se sentó en la cama, con la cara desencajada y la rabia subiéndole por las tripas.
El mensaje decía:
«Hola señorita Glass, soy Su Eminencia.»
Al leerlo, Stan la miró.
—No entiendo.
—Nos está escribiendo. Es la primera vez que podemos hablar con él.
—¿De verdad es él? —preguntó escéptico.
Ella asintió.
No ponía nada más. La conversación se había detenido.
Stan no era muy bueno con la tecnología, pero entendía que aquello era un intercambio con el asesino subliminal. Se acercó a la pantalla y gritó:
—¿Dónde estás, capullo? Te voy a coger ahora mismo. ¡Cabrón! No vas a matar a nadie más, ¿me oyes? ¡Soy el inspector Estanislao Barrancos!
Al verlo, Tilda le arrebató el móvil.
—¿Qué haces, Stan? —preguntó sorprendida.
—Tenemos que avisar a Fritz para que intercepte la llamada.
Tilda ladeó la cabeza y le explicó que eso era una aplicación de mensajes, y que nadie podía oírle. Solo podía enviar mensajes escritos.
Eso le enfadó aún más.
—Entonces escríbele: «Te vamos a patear el culo».
Tilda se levantó.
—¡No, Stan! Tenemos que ser inteligentes y sacarle información.
Se hizo un silencio en la estancia.
La periodista miraba la pantalla. El número oculto seguía en línea. Tenían que hacer algo, decir algo, ¿pero qué?
—Tilda, contéstale simplemente: «hola» —propuso Stan.
Ella miró al inspector y se sentó de nuevo a su lado.
«Hola.»
Ella lo miró antes de darle a “enviar”.
—A ver qué contesta —dijo Stan y suspiró—. Esto es un gran avance… Pero… ¿Qué habrá cambiado? ¿Qué pasa? ¿Qué querrá?
Ella arrugó la frente y miró a Stan. Le pasó la mano por su pelo desordenado, con mechones engominados rebeldes que ya habían perdido por completo la forma a la que ella estaba acostumbrada.
—Me temo que querrá jugar con nosotros.
Esa hipótesis hizo sulfurar más a Stan.
—¿Qué gana este hijo de puta al jugar con nosotros?
Tilda se separó un palmo, para verle mejor.
—Cálmate, Stan.
—Necesito un cigarrillo —dijo nervioso y se levantó.
—Aquí no puedes fumar.
—Lo sé, no soy del todo idiota. Pero estoy tan nervioso que me fumaría un chisme de los tuyos.
—Si quieres hacerlo, tendrás que salir a la ventana. Si no, el detector de humo armará la de San Quintín.
Mientras decía eso, el móvil vibró. Había llegado una respuesta.
La pregunta que apareció la dejó petrificada. No podía ser.
—Ha respondido.
Stan se acercó.
—¿Qué ha dicho?
Ella le giró el móvil, incapaz de verbalizar.
«¿Te acuerdas de mí?»
La expresión de Stan era una mezcla entre estupor y furia.
—¿Le conoces?
Ella negó, lentamente.
—Te juro que no tengo ni la menor idea de quién es.
Él se pasó la mano por la cara y luego por el pelo. Los mechones siguieron la mano, pero luego se volvieron a desperdigar en un caos que se parecía a su estado de ánimo.
—Vale. Dile que no te acuerdas. Dile que te diga quién es.
Ella asintió.
«No. No me acuerdo. ¿Quién eres?»
Hubo silencio.
—¿Qué hace?
—No hacía nada —dijo Tilda—. Espera, está escribiendo.
—Vale.
Al aparecer la frase siguiente, ella soltó una imprecación en inglés que Stan no entendió.
—¿Qué dice?
Ella le giró la pantalla.
«No tan rápido, señorita Glass.»
—Pregúntale por qué está matando en nombre de la Iglesia.
—Ok.
Ella lo escribió.
«¿Por qué está matando en nombre de la Iglesia?»
Stan se acercó al bolso de la mujer y le pasó el aparato electrónico y el paquete de cigarrillos para que se lo devolviera preparado.
—Lo siento, no puedo más —dijo, observando cómo ella introducía el cigarrillo en el aparato—. ¿Estamos seguros de que es él, y no alguien que nos está haciendo perder el tiempo?
Ella lo miró y asintió.
—Me temo que sí. Pero esto es increíble, ¡podemos hablar con él!
Él negó con la cabeza.
—Esto no puede ser bueno.
Ella le entregó el cigarrillo electrónico.
—Fuma fuera de la ventana.
Él asintió.
«Yo soy la Iglesia.»
Tilda le leyó la respuesta a Stan y este dio otra calada, asomado a la ventana.
—Dile que le vamos a coger, antes o después.
«Tengo que dejar la conversación. Dele recuerdos al inspector Barrancos.
Volverá a tener noticias mías en unos minutos.»
La respuesta provocó un escalofrío en Tilda.
—Apártate de la ventana, Stan. ¡Por el amor de Dios, rápido! Me temo que nos está espiando.