32
Judith dio un paso hacia el reservado y se quedó quieta, con una mano aún en la maneta y medio cuerpo dentro.
Observó la habitación.
Se bajó las gafas de sol y analizó rápidamente el ambiente.
Una media sonrisa se dibujó en su rostro.
—Perfecto —susurró.
Luego se puso las gafas otra vez, y cerró la puerta tras de sí. Pasó el cerrojo y, ya dentro, suspiró profundamente.
La estancia estaba como la había solicitado: aséptica, sin suciedad ni ningún olor destacable.
Eso era clave.
Se quitó los guantes de piel y los metió en un bolsillo del abrigo, junto con las gafas de sol. Colgó el abrigo en la percha.
Sacó unos guantes de látex y se los puso.
Cerró los ojos y se arrodilló.
Se santiguó y rezó unos minutos.
En ese lugar iba a cometer la segunda voluntad del Señor. La segunda muerte del Sexto Mandamiento: «No cometerás actos impuros».
Se levantó y miró su reloj. Tenía una hora para dejarlo todo montado.
El espacio era amplio y luminoso. Un interruptor en la pared hacía que todas las luces se pusieran de color rojo, azul o verde. Otro activaba una bola de espejos, parecida a las de las discotecas.
En el medio había una mesa grande, que servía para dejar bebidas, drogas o para que alguien bailase encima.
Contra la pared, del otro lado de la puerta, se extendía por todo lo largo de la pared un ancho sofá de un color rojo muy intenso.
A la izquierda había una barra de bar con todo tipo de bebidas, licores y espumosos renombrados, con etiquetas premium.
A la derecha, en cambio, se encontraba la puerta que llevaba a un baño privado.
Judith abrió la puerta y encendió la luz. Tanto en las paredes como en el suelo había mármol negro y sanitarios oscuros. Una bañera de cristal presidía el centro del espacio.
Sonrió de nuevo.
—Qué lástima no poder usar este baño…
La frase quedó fluctuando en el aire, mientras ella regresaba a la habitación principal.
Se acercó al sofá y buscó la maneta escondida.
Una vez encontrada, apretó con fuerza y se desbloqueó un compartimento oculto dentro del sofá. Un cojín del asiento se desprendió. Debajo, un pequeño espacio lleno de objetos varios se abrió ante ella.
—Aquí están mis fieles colaboradores… —susurró.
Al verlos, se santiguó otra vez.
Sacó una lona blanca y la dejó en el suelo.
Otra la llevó al lavabo.
Fue sacando uno a uno todos los objetos. Algunos los necesitaba encima de la lona de la estancia principal y otros los dejaba en el lavabo.
Una vez dispuesto todo, solo le faltaba colocar una cosa para empezar con la primera parte de su plan, antes de que el invitado acudiese a su cita con la redención.
Sacó unos tornillos de una caja y una placa de metal con un gancho.
Desmontó la bola de discoteca del techo y usó los agujeros para meter unos tacos nuevos y enroscar una placa.
Del centro de la placa metálica sobresalía un gancho, donde Judith colgó una polea. Se agarró de las cuerdas que colgaban, para comprobar la resistencia de la estructura.
La estructura resistió. Todo estaba listo.
Finalmente, volvió a meter en el sofá los utensilios que ya no necesitaría.
Ya eran las once; su visita estaba a punto de llegar.
Se sintió feliz. Lo tenía todo preparado.
Suspiró y cruzó las piernas.
Llevaba unas botas negras y unos pantalones de piel negra.
Por un instante, tuvo un sentimiento de indecisión. ¿Por qué estaba haciendo eso? ¿Realmente el Señor quería que dejara ese legado?
Pero tenía que confiar en Su Eminencia. Él lo sabía todo mejor que nadie.
Cerró los ojos.
En la oscuridad de su mente apareció una niña que jugaba con una casita de muñecas. Una Judith que, con pocos años y con la inocencia propia de la edad, recibía una educación basada en la religión y la obediencia.
La niña bailaba delante de ella y se detenía cuando entraba la abuela. Esta quería que estuviera quieta y que la escuchara leer la Biblia toda la tarde. Debía quedarse sentada y, si no prestaba atención, la haría ponerse de rodillas y leer ella misma el sagrado libro.
Todos los sábados un cura iba a casa de sus padres a dar catequesis. Hasta donde su memoria podía alcanzar, en los recuerdos más antiguos, todos los domingos iba a misa con su abuela.
Su abuela le decía que el cura pronunciaba la palabra de Dios y que había que escucharlo y obedecer.
Apareció de nuevo su pesadilla, pero no pensaba dejarla revivir de nuevo.
Sacudió la cabeza.
Dejó en el pasado a la abuela, de pelo cano y espalda jorobada.
Abrió los ojos. La versión más evolucionada de esa niña estaba ahora en ese reservado. Esperaba a su presa y no pensaba faltar a su promesa con Su Eminencia.
Se levantó.
Fue hacia la puerta. Corrió una cortina de terciopelo verde oliva, que creaba una especie de barrera visual. Una especie de antecámara.
Apagó la luz de la estancia principal, dejando que solo iluminara la nevera vertical del bar con espumosos, y se sentó.
El invitado llegaba tarde.
La ausencia de mensajes en su móvil le hizo pensar que solo podía ser un retraso sin importancia.
Y así fue. Desde el exterior, una tarjeta magnética abrió la puerta. La puerta se desbloqueó.
De pronto, el corazón de Judith se aceleró. De nuevo se encararía a la muerte, a la vida y a su promesa.
Cerró la puerta detrás de la cortina verde.
—¿Henri…? —dijo la persona al entrar, con tono divertido, casi juguetón.
Ella no dijo nada.
—¿Qué es este juguetito nuevo? —insistió—. ¿Dónde estás? Con este antifaz no puedo ver nada. ¿Estás ahí? —dijo y dejó de hablar en seco—. ¿Sabes lo que he tenido que inventarme para poder estar aquí?
La presa apartó la cortina y de repente se presentó delante de Judith. Ella se levantó, cogió el táser y se le acercó.
—¡He tenido que inventarme una reunión urgente en el ayuntamiento con el alcalde…!
Ella avanzó. Sus pasos quedaron mudos sobre la moqueta, como los ligeros andares de los depredadores.
—¿Te das cuenta? He tenido que inventar una emergencia. Por cierto, Henri, ¿por qué hoy? ¿En domingo?
Judith se detuvo delante de él. Sonrió de forma amarga y alargó el brazo.
—Has cambiado de perfume, Henri.
Entonces, ella apretó el botón del táser, al mismo tiempo que decía:
—Lo siento. Henri no está.