No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 31
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—¿Estás seguro? —preguntó Tilda.

—Segurísimo.

Tilda asintió, bajando la mirada. Luego cerró las puertas de su habitación y Stan se quedó solo al otro lado, en el salón de la estancia.

El hotel Four Seasons de París era muy parecido al de Madrid.

Al sentarse, Stan recordó cómo le habían disparado en el pasillo de ese otro hotel.

Cómo Minerva, al insistir para que se pusiera el chaleco antibalas, le había salvado la vida.

Recordó haber perseguido a Román, y cómo Tilda le compró una camisa blanca nueva.

Se pasó una mano por la camisa que llevaba puesta ese día.

Ella no se había dado cuenta, pero era la misma.

Y después habían hecho el amor. Había sido maravilloso. La primera vez en mucho tiempo, desde que Mirella, su esposa, había fallecido.

Se acercó a la ventana para mirar las vistas. Apartó la cortina y recibió en la cara los últimos rayos de sol del día.

Tilda había insistido en que durmiera con ella, pero él ya sabía lo que habría pasado.

Sin embargo, no podía permitirse regresar al mismo punto.

Sería, de nuevo, demasiado doloroso. Él vivía en Madrid y ella en Londres.

Eso no podía ser compatible, y no quería pasarlo mal de nuevo.

Pero tampoco quería que ella durmiera sola, o con un policía cualquiera fuera.

Cerró las cortinas y se fue desvistiendo. Dejó sus cosas en una butaca y buscó el pijama en la maleta.

—Esperemos que Fritz se haya acordado de meter dentro un maldito pijama… —gruñó, rebuscando entre cosas que ni siquiera reconocía—. Ah, aquí está. Menos mal.

Se cambió y se acostó en el sofá. Se cubrió con un edredón e intentó dormirse.

Antes de cerrar los ojos, miró la puerta cerrada. Al otro lado no se escuchaba nada.

«¿Estará dormida?», se preguntó.

En el fondo, seguía deseando a esa mujer. Esa mujer británica, excéntrica y con el pelo completamente blanco.

Su mente se iba de un tema al otro. Del caso de París al hombre con el que había hablado en la fiesta del barrio, antes de que llegara Fritz. Pensaba que no se dormiría. Debería estar en la DAS estudiando el caso, y no durmiendo.

Era demasiado temprano para dormir, de todos modos.

Su noria de pensamientos se detuvo cuando la puerta de la habitación de Tilda se abrió.

Ella lo miró y sonrió.

—Ya te dije que esto era una pérdida de tiempo —dijo Stan al verla—. No puedes dormir, ¿verdad?

Ella se extrañó.

—Son las diez de la noche, Stan. Hemos dormido cinco horas del tirón.

Él se giró y vio las luces de las farolas.

Miró el reloj; las agujas azules y rojas marcaban las diez de la noche.

Tilda tenía razón, había dormido cinco horas. Debió de quedarse dormido sin darse cuenta.

Tilda se sentó a su lado. Miró las manos del hombre y apoyó la suya encima.

—He dormido muy bien, ¿sabes? —afirmó ella—. Sabiendo que estabas tú al otro lado.

Él intentó no cruzarle la mirada. Era demasiado peligroso. Demasiado tentador.

—Me alegro, Tilda. Me alegro mucho. —Ella se pasó la lengua por los labios—. En fin, creo que necesito una ducha. Pero sería mejor que te ducharas tú primero.

Ella asintió.

Fue a levantarse cuando un pitido llegó desde la habitación vacía.

Ella se quedó un segundo en silencio, pensando.

—Debe de ser un mensaje de la redacción. Me han hecho instalar una aplicación nueva y…

—¿Y?

—No paran de molestar.

Él apoyó su espalda en el sofá y alzó los brazos, cruzando los dedos detrás de la nuca.

—Yo ese problema no lo tengo, no tengo teléfono móvil y no pienso tenerlo nunca —dijo jactándose.

Tilda fue a buscar el móvil.

Stan, contento, miraba a su alrededor. Se dijo que miraría la televisión francesa mientras ella se duchaba. No podía desaprovechar esa pantalla enorme, que parecía un cine.

Fue a buscar el mando y se dio cuenta de que Tilda no decía nada.

Se acercó a su habitación y golpeó un par de veces la puerta.

—Tilda, ¿todo bien?

Al no recibir respuesta, se asomó.

—¿Tilda?

Ella tenía una expresión de auténtico espanto en el rostro.

—¡Tilda! ¿Qué pasa?

Ella levantó su móvil.

—Es él. Me está escribiendo otra vez por Telegram .