No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 30
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El taxi de Claudio y Minerva se detuvo delante del puente donde había ocurrido el asesinato.

—Es aquí —indicó el taxista—. Ya hemos llegado.

Minerva miró por la ventanilla. El lugar seguía lleno de cintas policiales, cerrado al público. Los turistas se congregaban al pie de las escaleras, ya que no podían acceder. Desde allí miraban y hacían fotos.

—No. Espere aquí, volvemos enseguida. Solo queremos ver una cosa y después iremos a nuestro hotel.

—No. Ni hablar, guapa. Primero pagas esta carrera y luego bajas.

Minerva se giró hacia el taxista y lo miró fijamente. Sus ojos entornados se fueron estrechando.

—Tienes nuestras maletas. ¿Dónde crees que vamos a ir?

—Tú primero pagas, luego bajas.

—Disculpe, señor, esta mujer es policía. ¿Cree que vamos a irnos sin pagar? —dijo Claudio.

—Me da igual. Primero pagar.

—Así escaparás con nuestras maletas que están en el maletero, ¿verdad? —preguntó Minerva. —Sacó la placa y le apuntó con el dedo—. Puedo llamar a mis compañeros para que registren tu taxi y todos tus documentos, a ver si has pagado todos los permisos y las licencias. ¿Qué dices ahora? —gritó.

Al decir eso, el hombre levantó las manos y cambió de tono.

—De acuerdo. No quiero problemas. Está bien, bajen, yo les espero aquí.

Minerva lo seguía mirando fijamente.

—Vamos, cura.

Minerva bajó y abrió la puerta del copiloto.

Agarró la licencia del taxi con la foto del conductor que estaba en el salpicadero.

—Esta te la cojo, por si se te va la pinza o te vienen ideas extrañas.

Luego cerró la puerta y se acercó a los turistas.

Claudio dio la vuelta al coche y se colocó a su lado.

—Es increíble. Turistas que, en lugar de ver monumentos, museos o la bendita torre Eiffel, están aquí haciendo fotos de la escena de un delito —dijo Minerva con desprecio—. ¿Adónde llegaremos?

Claudio se cruzó de brazos.

—Siempre hay esperanza, Minerva. A pesar de que muchas veces todo está perdido, siempre hay un camino para el bien.

—¿El bien, dices? ¿De qué bien me hablas? ¿De esta gente que hace fotos a un puto lugar donde han ahorcado a un tío y le han metido su pene en la boca?

—Shhh.

Algún turista se dio la vuelta y los miró.

—Contrólate, no querrás explicar a todos estos señores los detalles del caso, ¿verdad?

Ella se pasó un instante la mano por la frente, mirando al suelo para disimular.

—Que Dios os llene de alegría y paz en la fe, para que abundéis en esperanza —dijo Claudio, con esa entonación profunda que solía usar cuando pronunciaba citas bíblicas—. Romanos, 15:13.

Minerva lo miró.

—¿Cómo haces para recordar esas frases, quién las dijo y los números esos?

—Es el capítulo y el versículo, no son números sin más.

Ella bufó.

—Cuando te haces el sabelotodo, me pones de los nervios —dijo poniendo los ojos en blanco, luego se giró y señaló con el dedo—.

En esa farola está la cámara de seguridad que grabó la secuencia que nos ha mostrado Sophie.

El individuo vino de allí. Subió las escaleras y lo tiró desde el punto central del puente.

La barandilla es alta, más o menos así —dijo indicando la altura de su costado—.

Fue rápido porque la carretilla era eléctrica.

Lo extraño es que aquí, a las doce de la noche, no hubiera nadie.

Claudio miraba a su alrededor, pero era muy difícil imaginar ese lugar sin nadie. En ese momento parecía una de las atracciones más concurridas de la capital.

Recorrieron unos metros hasta donde la imagen de la cámara se perdía. En la calle paralela, que era residencial y sin comercios, no había ni una sola cámara de seguridad.

—¿Qué ves? —preguntó Minerva.

Claudio miró a su alrededor.

—¿A qué te refieres?

—A que no hay ni una cámara, cura.

—Y dale… ¿tan difícil es llamarme simplemente Claudio ?

—No hay cámaras. Este jodido asesino ha elegido esta calle porque sabía que no le seguiríamos el rastro. Pudo haber aparcado aquí una furgoneta con la carretilla, y nadie le habría grabado. Este tío es igual de meticuloso que Román.

—O más, porque este opera al descubierto. Román solo lo hacía a cubierto.

Minerva lo miró sorprendida y le dio una palmada en la espalda. Él no se movió ni un milímetro. Ella había olvidado lo fuerte que estaba ese hombre bajo la ancha sotana. De pronto recordó cómo la había subido por encima de la verja del centro de Investigación de Genética Avanzada de Madrid.

Lo miró a los ojos, claros e intensos, y se quedó perdida en su mirada durante un segundo, hasta que él siguió.

—Lo dijiste tú antes en la DAS. Yo solo escucho.

Ella se despegó de sus ojos.

—Vamos, el taxi espera.

—¿Estás bien? ¿He dicho algo que no debía decir?

—No, nada. Solo estoy cansada.

Llegaron al coche. Minerva devolvió la licencia al taxista y este los llevó hasta al hotel.

A pesar de estar cerca de la ópera, el hotel era un establecimiento muy modesto. En su logo había tres estrellas, pero Minerva pensó que era una exageración.

Después del check-in , los dos subieron por las escaleras hasta el tercer piso. Sus dos habitaciones se encontraban al final del pasillo: la 333 y la 332.

Una enfrente de la otra.

Cuando dejaron las maletas delante de la puerta de sus habitaciones para abrir la puerta, Claudio se giró hacia Minerva con gesto preocupado.

—Espera —dijo, cogiéndole la mano para detenerla antes de que pudiera introducir su tarjeta magnética por la ranura—.

¿Estás bien? Te noto rara desde que volviste de esa parroquia.

¿Dónde está la Minerva enérgica y ambiciosa que me dejó en el aeropuerto?

—De pronto, la miró con ternura—. ¿Dónde está la Minerva que se reía en la calle, cuando fuimos a buscar pizzas?

Dime… ¿dónde está esa Minerva que de vez en cuando baja el escudo y enseña su verdadera alma?

Los dos se quedaron muy quietos, mirándose a pocos centímetros.

Al escuchar la pregunta, Minerva se quedó clavada al suelo, observando intensamente sus ojos azules mientras se pensaba la respuesta. Imaginó la textura rugosa de su barba incipiente bajo sus dedos, mientras se fijaba en su piel morena y su pelo que ya empezaba a mostrar algunas canas.

«¿Dónde está la verdadera Minerva, la que muestra su alma…?» se repitió Minerva en su mente.

Buena pregunta. Por un instante, imaginó lo que haría esa verdadera Minerva si la dejase salir. A lo mejor, se lanzaría sobre aquel hombre tan atractivo y amable, lo empujaría contra la puerta de la habitación y…

Y lo besaría.

Lo devoraría a besos, sintiendo esa barba contra la mejilla, a pesar de que fuera su compañero de investigación.

A pesar de que fuera un maldito cura.

La verdadera Minerva tenía tantos besos reprimidos, que no había dado nunca, que le subiría la sotana y descubriría de una vez el cuerpo fibrado que había debajo.

Ya no tendría que imaginarlo. Podría pasar la mano por aquellas piernas.

Sentir el vello de él, erizado también por la excitación.

Acariciaría sus abdominales, que no se veían bajo la ropa, pero se intuían…

—¿Por qué estás tan callada, Minerva? ¿Te ha molestado mi pregunta?

La pregunta del seminarista arrancó de su sueño prohibido a la inspectora y la devolvió al pasillo del hotel. Ladeó la cabeza, tratando de sacudirse esas fantasías sin sentido.

Volvió a mirar al seminarista como lo que era: un simple compañero de trabajo.

Bajó la mirada, incómoda.

—Necesito descansar —dijo.

Y sin más explicaciones se dio la vuelta, abrió la puerta rápidamente y se encerró en la habitación.

Se apoyó en la puerta, y se quedó quieta, sin decir nada.

Escuchó como Claudio entraba en su habitación y cerraba con cuidado.

Minerva se pasó los dedos por los labios. Se sentía como si ese beso imaginado se hubiera materializado.

Pero no era así. No, Claudio era un seminarista. Pronto sería un cura. Y ella odiaba a los curas, profundamente. Más aún, sabiendo de qué eran capaces algunos. Como ese maldito Jacques Girard.

Maldita sea, casi empatizaba con el asesino.

Pero no podía hacerlo. No podía defender en su fuero interno al criminal, porque entonces no habría hecho bien su trabajo.

Ni tampoco iba a fantasear con besar a un futuro cura, la representación de ese enemigo que juró mantener alejado de su vida y de su familia.

No supo cómo desahogarse. Le habría gustado gritar, pero no podía. Eso habría llamado la atención de Claudio y habría sido aún peor.

Sin saber qué hacer, se dejó caer al suelo. Se echó a llorar en silencio, y dejó que esas visiones se esfumaran, como un eco perdido entre las montañas.