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Claudio se aclaró la voz.
Minerva lo observaba fijamente, esperando a que les explicara a ella y a Lefèvre lo que había deducido. Claudio miró un instante los ojos delineados de Minerva, y ella los clavó en los suyos, azules como el Mediterráneo.
Hizo una pequeña pausa. Los ojos de la inspectora no lo soltaban.
Miró a Stan, que también estaba escuchando con atención.
—Digamos que hay dos caminos. Uno dice: «Todo vale». El otro dice: «Hay reglas porque el amor es algo importante».
Señaló las fotos colgadas en la pizarra.
—Mi teoría es que, en opinión del asesino, ese fue el momento en que todo empezó a romperse. Y ahora está intentando arreglarlo a su manera.
Minerva no esperó ni un momento para preguntar.
—¿Y qué dice este maldito libro exactamente? ¿Y por qué el asesino lo saca a relucir justo ahora?
Claudio se pasó una mano por el pelo oscuro.
—La encíclica Humanae Vitae defiende que el amor conyugal no puede separarse del compromiso —respondió el seminarista—.
Rechaza la sexualidad sin responsabilidad, el uso del otro como objeto y cualquier forma de adulterio.
Para la Iglesia, el deseo sin fidelidad no es amor…
es una ruptura de lo que se ha prometido ante Dios.
Minerva bufó.
—Esto es siempre lo mismo. Ese jodido pirado intenta impartir una doctrina y lo hace lanzando un mensaje como: «Voy a matar al más pecador y que el siguiente se esconda ante el ángel del diablo.»
—No… —interrumpió Claudio—. Él se considera un ángel de Dios, no del diablo.
Ella sacudió la cabeza.
—Otra cosa que he descubierto —dijo Claudio—. Colgarlo de este puente en concreto no es casual. Hace unos años, ese era el puente del amor por excelencia. Los enamorados venían y cerraban un candado juntos en su barandilla. Más tarde los quitaron, por alguna norma municipal.
Antoine inspiró de golpe y señaló al seminarista.
—Es verdad. Es el puente del amor. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
—Yo tengo una idea de por qué no se te ha ocurrido… —suspiró Stan, mirando de reojo a Sophie—. Por favor, Sophie, enséñale a Minerva y a Antoine lo que has descubierto en las cámaras de seguridad del puente.
Sophie estiró la espalda y esperó a que llegaran al lado de su silla.
—El asesino ha usado una especie de plataforma eléctrica.
Minerva se acercó a tan solo un palmo del monitor. No quería perderse ni un fotograma de la grabación.
—Puso al hombre en la carretilla y la usó para tirarlo por el puente.
Dicho eso, Sophie apretó el botón de play . De repente, de una esquina de la calle contigua, apareció un individuo encapuchado y vestido de negro. Empujaba una especie de carretilla eléctrica modificada, con un hombre dentro.
—¡Por todos los demonios! ¿Y nadie ha visto nada? ¿Nadie lo ha detenido? —preguntó Minerva ante la abominación que estaba viendo—. Mirad, se para delante de los coches y nadie, ¡nadie! se extraña.
Antoine señaló un coche.
—Mira, ese está grabando.
—¿En qué mierda de mundo vivimos? ¿Ves a un encapuchado que transporta a un hombre desnudo y nadie hace nada?
La imagen continuó hasta llegar a la mitad del puente.
Detrás de ellos, Claudio, con cara de tristeza, añadió.
—Quizá pensaron que era una broma, o un juego. Seguro que si lo hubieran entendido habrían hecho algo.
Cuando la carretilla se detuvo, todo se aceleró.
El encapuchado sacó un cuchillo y le cortó los genitales al hombre de la carretilla. Después se los puso en la boca y se la cerró con la mordaza.
Luego, lo ató a una cuerda y sujetó el otro extremo a la barandilla.
Regresó al otro lado de la carretilla eléctrica y la usó para elevar el cuerpo. Cuando estuvo a la altura de la barandilla, la empujó hacia adelante y se santiguó.
Los pies de la víctima se encontraban apoyados sobre una especie de plataforma. El asesino hizo que la plataforma se desbloqueara, y el cuerpo cayó al vacío.
Quedó colgando unos metros por debajo del nivel del puente.
El individuo encapuchado no dedicó ni un segundo a mirar el resultado. Retrocedió la carretilla rápidamente y se marchó con ella, mimetizándose en la noche.
La imagen se detuvo.
—Así lo hizo. Sin más —dijo Sophie.
—Esto es de locos. ¿Cómo puede ser que no se cruzara con nadie que lo detuviera? —bramó Minerva.
Nadie en la DAS supo responder a esa pregunta.
La inspectora se sentó en una silla, sin añadir nada más.
El resto del equipo se dedicó a actualizar los detalles de sus respectivas investigaciones.
Mientras terminaban de comer, Stan les explicó lo que habían descubierto en la morgue.
Minerva y Antoine indicaron que no habían encontrado trazas del asesino en la vida del párroco, y que, según Marie, los domingos se solía quedar en casa.
Tenían un agujero y no sabían por dónde seguir.
Entonces, Stan decidió que era momento de dejar la investigación por ese día. O por lo menos, hasta el próximo asesinato, que podría ocurrir esa misma noche.
—Propongo que ahora nos marchemos. Regresaremos aquí a las once y media, por si llega otro correo de Su Eminencia —dijo Stan—. Si no llega nada, nos vamos a descansar hasta mañana.
Todos estuvieron de acuerdo y comenzaron a levantarse.
—Minerva… —dijo Stan—. Antes de que nos vayamos, ¿qué conclusiones sacas tú de todo esto?
La pregunta cogió por sorpresa a Minerva.
Se acercó lentamente a la pizarra donde aparecían todas las pruebas, como un puzle del asesino.
—¿Qué conclusiones…? —se preguntó a sí misma en voz alta.
Se quedó unos instantes en silencio y luego se giró hacia el resto de la DAS, señalando el monitor de Sophie.
—No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido raptar a ese cura, lo ha preparado y ha conseguido que nadie lo detuviera en pleno París.
Necesito más tiempo. Este no es como Román, el del otro caso.
Este trabaja a la luz del sol. Es metódico, limpio, elegante.
No tiene una fuerza descomunal. Román era más fuerte, se le veía desde las primeras grabaciones en las que lo pillamos.
Este, en cambio, parece delgado y menos corpulento.
Román habría levantado a la víctima y la habría tirado por la barandilla sin problemas.
Este no puede, o no tiene la fuerza para levantarlo… ¿Cuánto podría pesar el muerto?
Minerva miró a sus compañeros.
—¿Unos ochenta kilos? —dijo Stan.
Tilda miró a Minerva mientras asentía.
—O noventa y cinco.
Minerva asintió.
—Como me imaginaba. Casi cien kilos. No estamos hablando del mismo perfil de persona.
Necesita una carretilla eléctrica para levantar el cuerpo y tirarlo.
Eso denota que no es musculoso. Además, los clavos estaban en el centro de la mano.
Dejádmelo decir así: eso lo puede hacer cualquiera.
Román era un médico, y clavaba los tornillos perfectamente en los huesos.
La puesta en escena es también distinta.
Las víctimas anteriores representaban una escena del infierno de Dante.
Pero estas nuevas no sabemos qué representan.
O, al menos, no lo hemos averiguado todavía, ¿verdad, Claudio?
Claudio asintió, y Minerva continuó.
—Me pregunto si es un cambio —siguió Minerva—. ¿O solo es más práctico? Y también me pregunto: ¿el próximo tendrá otra escenificación?
Minerva fue mirándolos a cada uno. Todos la estaban escuchando con atención. Se lo pensó un segundo más y, después de reflexionar, apuntó al seminarista.
—Nos dices que, al estudiar el tatuaje, has notado una forma más elegante de escribir.
Una caligrafía pulcra dice muchísimo de la persona.
Aquí también parece alguien muy diferente de Román.
Y, por último, está ese libro que has descubierto.
Es una pista importante. En fin, supongo que pronto veremos quién es el siguiente pecador que termina ahorcado y con los genitales amputados, o lo que sea.
Antoine apretó los dientes y se tocó sus partes íntimas de una forma muy poco sutil.
Stan asintió. Miró su reloj Flik-Flak. Ya era media tarde.
—Será mejor que vayamos a descansar. Esta noche quedamos aquí a las once y media. Ahora descansad, puede que la noche sea larga.
Sus pequeñas maletas estaban guardadas en un armario, a la entrada del Museo del Alcantarillado. Las recogieron y decidieron dividirse. Era más seguro no alojarse todos en el mismo hotel.
Tilda no quería dormir sin protección y pidió que le enviaran a un agente a la puerta de su habitación. Antoine accedió, pero al final Stan se ofreció a hacerlo él mismo.
Minerva y Claudio se alojarían en un hotel concertado con la policía, cerca de la ópera de París. Cogieron el primer taxi que pasó por delante del museo y se marcharon. El segundo taxi que pasó fue para Stan y Tilda.
Mientras iban hacia el Four Seasons , Tilda se giró hacia Stan como si fuera a decirle algo. Al final no dijo nada y se giró de nuevo hacia la ventanilla.
—¿Qué ibas a decir? —preguntó él.
—Gracias por preocuparte por mí —dijo con una leve sonrisa.
Él sonrió también.
—Me importa tu seguridad. Pero tranquila, no te molestaré demasiado —dijo y suspiró—. Dormiré en el sofá.