No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 28
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Después de confesarse salió de Notre-Dame.

La misa terminaba con cantos gregorianos. Luego, el templo se abría de nuevo a las visitas turísticas.

Arrugó la nariz al ver que su iglesia se llenaba de peregrinos ateos, que no respetaban la casa del Señor. Si hubiera sido por ella, los habría enviado a todos a confesarse antes de dejarles entrar en ese templo sagrado.

La sociedad mezclaba lo sacro con lo profano, sin importarles.

Los turistas que visitaban París solo eran un estorbo. Un elemento distorsionador que generaba basura e interfería con la esencia del lugar.

Salió, sintiéndose asqueada. Protegida detrás de sus gafas, a la moda parisina del momento, fue caminando por la plaza. Vio una cola interminable de paganos que, pagando una insulsa entrada, querían ver la catedral.

Ojalá cerrasen para siempre las puertas de Notre-Dame.

Ojalá solo dejasen entrar a quien demostrara ser digno.

Solo a los católicos verdaderos, practicantes, comulgantes y confesados.

Ellos y nadie más. Le daba igual si venían de Nueva York o de Sydney para ver su Notre-Dame.

Sin esa condición, los habría dejado fuera.

Cuando estaba ya a punto de dejar atrás la plaza le sonó el teléfono.

Se detuvo.

Miró a su alrededor.

Era demasiado arriesgado contestar allí.

Pero no tenía otra opción. Si Su Eminencia llamaba, debía contestar.

Se sentó en un banco al lado del río.

Abrió su bolso de Louis Vuitton y cogió el teléfono naranja.

Lo miró por un segundo. Ella nunca hubiera comprado un móvil de ese color horrendo. Pero se lo había enviado Su Eminencia por correo. Un móvil de usar y tirar, básico y no rastreable. Igual que el de Su Eminencia.

Miró el número que llamaba.

Era él.

Suspiró.

Apretó el botón verde.

—Sí —respondió decidida.

—Palabras clave.

Ella suspiró.

—El infierno está entre nosotros.

—Bien —dijo él, alargando las vocales con satisfacción—. ¿Todo listo para la segunda?

Ella sonrió, sabiendo que se refería a su segundo trabajo, su segunda… víctima.

—Todo listo. Tal y como estaba planeado, ha picado. He quedado con él esta noche.

El hombre suspiró.

—Ya sabes que debes enviarme las fotos, como siempre.

—Todo en orden. Lo tengo todo estudiado, Su Eminencia, no tiene que preocuparse de nada.

El hombre dio un par de golpes de tos.

—Sí que me preocupo —dijo y tosió de nuevo.

Esperó unos instantes antes de seguir.

—¿Se encuentra bien, Su Eminencia?

—Me preocupo porque han llegado.

—Ajá.

—Ya sabes lo que tienes que hacer. Tu predecesor no cumplió con parte del plan.

—Lo sé, pero yo no fallo. Nunca he fallado. Antes me matarán, o me meterán en prisión, pero yo acabaré el plan que me ha encomendado Nuestro Señor.

—Bien. Recuerda que la obra divina siempre es recompensada y que Dios siempre ayuda a los que cumplen con una misión católica, como la que estamos llevando a cabo —dijo y esperó un momento. Luego siguió—. Eres consciente de ello, ¿verdad?

Ella sonrió.

Cambió de mano el móvil y miró la larga cola que había delante de la iglesia.

Si hubiera podido, los habría exterminado todos. Cuando Su Eminencia le llamaba, siempre sentía una descarga de adrenalina.

No sabía qué tenía ese hombre de Dios, pero le transmitía toda la fuerza que necesitaba.

—Soy consciente, Su Eminencia y siento la protección de Nuestro Señor en mí —dijo y rectificó—. En nuestra obra.

—Bien. Recibe la bendición que te mando, Judith. Laudetur Deus —acabó en latín.

— Semper laudetur —respondió ella—. Alabado sea Dios.

Cuando escuchó el tono del teléfono, colgó.

Se quedó mirando el aparato naranja. Lo encontraba obsceno y hortera, pero gracias a ese trasto podía comunicarse con la persona que le abriría las puertas del cielo.

Las campanas de la iglesia tocaron la una.

Guardó el móvil en su bolso y se puso a caminar hacia casa. Levantó la barbilla, orgullosa de tener el privilegio de ser una pieza importante en la obra del Señor. Gracias a ella, se difundiría el mensaje de Su Eminencia en París.

La sociedad necesitaba una lección. Un mensaje. El rebaño, casi perdido, necesitaba un nuevo mesías. Ese mesías era Su Eminencia. Como Moisés en Egipto, separando las aguas del Mar Rojo para que pudieran escapar los esclavos.

¿Cómo podían seguir viviendo los fieles sin respetar los Diez Mandamientos?

Ella era el brazo ejecutor de Su Eminencia y recibiría su premio: el perdón de su pecado y un lugar en el Reino de los Cielos cuando llegara su hora.

Siguió caminando en dirección a su casa. Debía llevar una vida normal hasta la noche, cuando había quedado con su siguiente víctima.

Y sí, la segunda persona en la lista de Su Eminencia se merecía ese castigo con creces.