27
Minerva necesitó respirar un buen rato.
Sola.
Caminando junto al Sena, reordenó las ideas y reajustó sus sentimientos.
Todo eso era demasiado para ella.
Necesitaba oxígeno. A pesar de estar al aire libre, a la orilla del río, sentía una horrible presión en el pecho.
De pronto, Minerva se sintió arrastrada otra vez al pasado. Sus fantasmas se volvían a presentar. Los mismos que la habían arrastrado al alcoholismo.
Se sintió muy sola. Le habría gustado hacerse un ovillo, como solía hacer en su habitación del centro de desintoxicación. Meterse debajo de las mantas y naufragar en las lágrimas que ya se le escapaban.
La palabra “abusos” había sido un gatillo que desató todos los traumas en su mente.
Se sentó. Necesitaba un momento de calma.
Se apoyó la mano en el pecho. Le costaba respirar.
Le vino a la mente su hermano. El fantasma de su hermano, paseando entre los turistas que rodeaban la catedral de Notre-Dame.
No podía caer en la trampa de recordar; no había tiempo. No podía caer en la tentación de escuchar esa vocecita.
En la clínica de rehabilitación le habían explicado lo importante que era separarse de las voces de los recuerdos. Eran como una bola de nieve: cuanto más caso les hacía, más pesaban.
No estaba lista, pero se levantó. El asesino estaba cada vez más cerca. No podía perder el tiempo así.
Caminó hasta la moto y cogió el casco.
—¿Está mejor? —le preguntó Lefèvre.
Ella se colocó el casco.
—Vamos, tenemos trabajo.
—Eso que ha hecho ahí dentro no ha estado nada bien.
La mirada que le devolvió Minerva fue suficiente. Él no dijo nada más.
Aparcaron en la DAS y bajaron con el ascensor. Cuando llegaron, se encontraron con Claudio, Stan y Tilda, que ya estaban allí.
Sophie, al ver a su jefe, dejó el sándwich que se estaba comiendo.
—Antoine, he ido a buscar unos tentempiés. ¿Quieres algo?
Él no respondió. Minerva se adelantó.
—Hemos descubierto el pecado de nuestro fiambre.
Stan dejó de masticar y la miró con mucha atención.
—¿Qué has descubierto? —preguntó con la boca aún llena.
Minerva miró un segundo al seminarista, como si quisiera pedir disculpas por lo que iba a decir.
—El padre Jacques Girard era un pedófilo.
En la DAS parisina se creó el silencio.
Stan siguió masticando, pero más lento.
Tilda arrugó la frente y se sentó. En la mano tenía un macaron de color verde, algo mordisqueado.
Claudio bajó la mirada, afectado por la deshonra que ese individuo había infligido a su estimada iglesia. Cuando alguien cometía ese tipo de actos, disminuía la confianza en todos los curas.
Minerva pensó en su conversación con el arzobispo. Después de que pronunciara la palabra abusos, lo soltó y dio un paso hacia atrás. Se sintió como si hubiera visto un fantasma, pero no podía permitir que Lefèvre y el arzobispo supieran nada de su pasado.
Entonces, el arzobispo lo confesó todo.
Cuando acabó, Minerva cogió su mochila y se marchó sin decir una palabra más.
Cuando bajaba las escaleras del arzobispado, se le cruzó la peor de las sensaciones: era la primera vez que empatizaba con un asesino. Le parecía bien lo que había hecho.
Ese maldito pensamiento era tremendamente seductor, y la asustó.
Su mente regresó a la DAS, y a la pregunta que le había hecho Stan.
—No sabemos cómo se pudo enterar el asesino de todo esto. El arzobispo no lo sabe, porque lo han mantenido en secreto. No hay pistas de cómo lo supo, pero sin duda se enteró. Ha empezado con el padre Jacques porque, para el asesino, su pecado es el adulterio espiritual. Y lo peor: con niños.
De nuevo, el silencio se difundió por la estancia. Esa tremenda noticia los dejó mudos a todos, casi más que la visión de una persona descuartizada.
—Hemos cogido su portátil y su agenda. Sophie, mira si puedes encontrar algo —dijo acercándole el portátil del párroco.
Sophie lo cogió y lo abrió enseguida. Lo enchufó, se puso a trabajar y se olvidó completamente de comer.
Stan dejó su sándwich y se acercó a Minerva.
—Buen trabajo.
Ella sonrió, solo por un instante.
—¿Cómo estás? —le susurró.
Ella no contestó y él no quiso forzarla.
Asintió e indicó la mesa donde estaban los sándwiches.
—Come algo, y mientras os explicamos lo que hemos descubierto nosotros.
—No tengo hambre.
—No es una invitación, es una orden. Si no comes te vas a desmayar, y si te desmayas, no vas a servir para la investigación.
Ella bufó. Con un gesto casi de adolescente, cogió un sándwich, el más cercano, y le dio un bocado de mala gana.
—Claudio, explícale qué demonios has encontrado —dijo Stan al seminarista y se giró hacia ella—. Agárrate, Minerva, porque lo que ha encontrado Claudio cambia por completo el caso.