26
La doctora Claire Bousquet se aclaró la voz.
El olor de la estancia había cambiado de repente. El aroma aséptico a lejía se había convertido en un olor intenso a óxido.
Ante sus ojos estaba el cadáver del cura, Père Jacques Girard. Su piel ya era casi azulada. Los ojos estaban cerrados.
Stan sintió una tremenda compasión por ese pobre cura. Pero se dijo que, seguramente, bajo esa cara de buena persona, se escondía un pecador.
«¿Qué has hecho para estar aquí?», pensó Stan.
El hombre presentaba una cicatriz que le recorría todo el torso, en forma de “Y”. Sus genitales, amputados, estaban apoyados justo al lado de la cabeza. El espectáculo macabro hizo que Tilda diera unos pasos hacia atrás.
—Acabo de hacer la autopsia. No puedo daros aún una copia, porque no la he redactado. Solo puedo adelantaros lo que he visto —dijo Claire, y señaló el techo—. Los de arriba quieren que esto se resuelva pronto.
La mujer se detuvo, miró un segundo a Stan y disfrutó de cómo la periodista se alejaba un par de pasos con cara nauseada.
—Vamos a ver. Varón, aproximadamente cincuenta y cinco años.
Identificado como Père Jacques Girard, sacerdote de la parroquia Église Saint-Sulpice del distrito veinte de París.
No presenta signos de lucha ni de defensa, lo que indica que fue inmovilizado antes de matarlo.
Solo presenta quemaduras en el cuello. Aquí ¿ve, inspector? —dijo acercándose al cadáver.
Stan se acercó y miró también. Reconoció ese tipo de quemaduras. Abrió los ojos como platos.
—Maldita sea…
—¿Qué?
—¿Qué son? —preguntó Tilda.
—Es el mismo modus operandi —respondió Stan, echando de menos a Minerva.
Ella era mejor que él en eso, y habría sabido ver más cosas—.
Los cadáveres del otro caso también presentaban ese tipo de quemaduras.
Usa la misma técnica, inmoviliza a la víctima con un táser. Supongo que se lo habrá dicho él.
—¿Él? ¿Quién es él ? —preguntó la doctora.
Stan sacudió la cabeza.
—Por favor, siga.
—Está bien —reanudó, sutilmente algo más molesta—.
La causa de la muerte fue asfixia mecánica por ahorcamiento en suspensión completa.
No fue una ejecución improvisada. La colocación del cuerpo, en posición de crucifixión, indica preparación previa y conocimiento anatómico —dijo la médica, mostrando las manos del muerto.
—¿Qué es eso, doctora? —preguntó Stan.
—Por favor, llámeme Claire.
Él sonrió de forma circunstancial.
—Está bien, Claire. ¿Qué tiene en las manos?
—Son unos orificios provocados por un clásico tornillo autorroscante de carpintería.
—Lo han crucificado, como se ve en el vídeo —añadió Tilda.
—¿Qué vídeo? ¿Tenéis un vídeo? ¿Podría verlo?
—Por favor, doctora Claire, siga, ya lo veremos después —exhortó Stan—. ¿Las heridas son post mortem?
—No. Mi reconstrucción es la siguiente: lo inmovilizó con el táser. Lo maniató. Le cortó los genitales y se los metió en la boca. Luego lo crucificó. Y después, una vez estuvieron en el puente, lo tiró al vacío, provocando la muerte del sacerdote.
—¡Santo Dios! —susurró Stan.
—Es un trabajo muy bien calibrado y estudiado.
Casi una obra de arte —afirmó la forense con admiración—.
No todos los días se ve algo así —dijo y luego añadió con desgana—.
Ya saben, vemos muchos accidentes, algunas muertes por arma de fuego, electrocutados, acuchillados…
Pero esto… esto es lo que denominamos en nuestro gremio un unicornio.
—¿Un qué? —preguntó Tilda, sorprendida y asqueada al mismo tiempo.
—Un unicornio. Algo rarísimo, que sale de la normalidad. Algo totalmente excepcional —contestó, casi con admiración hacia el asesino.
El inspector tosió al ver la mala cara de Tilda, y las dos mujeres se giraron hacia él.
—Tengo una pregunta, doctora. ¿Cómo demonios no se le cayeron sus partes, ya sabe…? —dijo indicando los genitales cortados—, de la boca. Deberían estar en el Sena ahora mismo. ¿Cómo hizo para que no cayeran al río?
La doctora levantó las cejas y se giró. Abrió otra nevera, justo al lado.
—Aquí lo tenemos. Esto hizo que no cayeran al río.
Stan afinó la mirada y se giró hacia la periodista.
Esta negó con la cabeza. Ella tampoco sabía qué diablo era aquello.
—¿Es un bozal de perro?
La doctora se puso a reír.
—Perdón —dijo, esforzándose por recuperar la seriedad—. Es un juguete sexual. Es una mordaza que se usa en sadomasoquismo. ¿En serio no la conocían?
Stan tosió mientras se rascaba la cabeza.
¿Se suponía que tenía que conocer esa cosa?
La doctora se puso unos guantes azules y cogió el artefacto con la mano. Era una cinta de goma negra. Tenía una bola de plástico roja en un extremo, y en los lados un cierre, parecido al de un cinturón.
—Esto se pone en la boca para que la persona no pueda gritar —dijo refiriéndose a la bola—. Luego se cierra, y la boca queda perfectamente sellada. Ya saben, se usa para juegos bizarros. ¿Me entienden?
Los dos asintieron, sin saber exactamente de qué estaba hablando.
—Quizá podríamos seguirle la pista al asesino con este artilugio, ¿no? ¿Dónde se puede conseguir?
La mujer se volvió a reír.
—Veo que no ha usado mucho estos juguetitos en su vida, ¿verdad?
—¿Qué tiene que ver eso? —resopló Stan avergonzado.
La doctora suspiró.
—Esto es mucho más común de lo que cree. Se puede conseguir en internet. En centenares de tiendas en París. Hasta existen máquinas expendedoras de estos chismes —dijo y negó—. No le van a seguir la pista por esto, se lo aseguro.
Stan aceptó el golpe y señaló el otro objeto sobre la mesa de la morgue. Este era más grande y parecía mucho más artesanal.
—Sí, eso es la estructura que le clavó en las manos. Una barra de madera que hizo que se quedara en posición de crucifixión.
—¿Y esta bisagra? —preguntó Tilda.
—No lo sé, supongo que es más fácil transportarlo cortado y montarlo in situ, digo yo.
Stan asintió.
Regresaron a la primera mesa, donde estaba el cadáver.
—El cadáver presenta lesiones de sujeción en muñecas y tobillos, compatibles con inmovilización prolongada.
No hay fracturas defensivas. El agresor habría controlado la escena en todo momento.
Existe una mutilación genital premortem , realizada con instrumento cortante de alta precisión.
El corte es limpio, sin desgarros, lo que sugiere mano experta…
o, como mínimo, muy decidida —dijo indicando la pelvis—.
La cavidad oral fue manipulada posteriormente.
No con intención funcional… sino simbólica.
No hay signos de prisa. El cuerpo fue lavado parcialmente.
Se han detectado restos de compuestos aromáticos, probablemente perfume o ungüentos. Lo estamos analizando.
Suspiró y miró al cadáver casi con cariño.
—Desde luego, esto no es un homicidio convencional —continuó Claire, levantando por fin la mirada.
Stan suspiró.
—Bien, creo que lo tenemos todo, esperaremos el informe con las conclusiones finales. Se lo puede enviar al inspector Lefèvre —dijo sonriendo—. Nosotros no podemos hacer nada más aquí. Gracias, doctora.
Esta no añadió nada y se quedó quieta.
Stan dejó que Tilda saliera primero de la zona de las neveras. Cuando la periodista ya estaba fuera y unos pasos por delante, sintió una mano sobre el hombro.
—Inspector, me encantaría saber más acerca de los asesinatos de Madrid. Me ayudaría mucho en mi trabajo, ¿sabe?
Stan sintió un fuerte peso en los hombros. No solía ser el centro de atención de las mujeres. Y Claire Bousquet era bastante particular: le parecía algo morbosa, con una pasión casi enfermiza por su trabajo.
—Ejem, bueno… la verdad es que lo tengo complicado, tenemos muchas cosas que hacer…
—¡Insisto!
«Mierda», pensó Stan.
Sintió la mirada de Tilda clavarse en sus cervicales.
La doctora sacó una tarjeta de visita, con su nombre y un número de móvil.
—Escríbame por WhatsApp y vemos a qué hora podemos cenar esta noche. ¿Le parece?
Stan se sintió aliviado.
—Claro, en cuanto encuentre el móvil, le escribiré —dijo sonriendo y levantando el papel.
Ella sonrió y él se dio la vuelta.
—Vamos, Tilda.
Salieron del Instituto de Medicina Legal y lo primero que hicieron los dos fue ponerse a fumar. Tilda sacó su aparato electrónico y Stan un cigarrillo.
—Así que te vas a cenar con la doctora… —dijo Tilda con un retintín que, en realidad, eran celos camuflados—. Por mí puedes ir, claro que sí. Espero que te lo pases bien.
Él dio una calada, otra, y la miró con intensidad.
Dio un paso hacia ella y la cogió del brazo.
—Escúchame bien, Tilda. No pienso ir a cenar con nadie que no seas tú. ¿Me has oído?
—No te enfades, ya te he dicho que no me molesta. Esa mujer te ha comido con los ojos desde que has entrado en la morgue.
Stan dio una calada y respondió.
—¿Y yo qué culpa tengo?
—Ninguna, Stan. No tienes ninguna culpa de ser un interesante y atractivo inspector de policía —dijo ella con un ápice de rencor—. Al final, todas caemos en tu trampa, y como bien has dicho, si encontraras tu teléfono, le devolverías la llamada —dijo y sonrió por un instante—. ¡Como a mí!
—Por el amor de Dios, Tilda, vivimos a tres mil kilómetros de distancia…
—Es verdad, ella está algo más cerca. Está solo a dos mil. Yo no dejaría escapar esta oportunidad.
Stan sacó el papel de su bolsillo y lo hizo añicos delante de la periodista.
—¿Está bien así? ¿Me crees?
Tilda no respondió. Acabó el cigarrillo electrónico y lo tiró en la papelera.
—Vamos, Stan, regresemos a la DAS, creo que aquí no tenemos nada más que hacer.
Luego Tilda fue al borde de la acera, en busca de un taxi.
Él se pasó la mano por el pelo, que estaba perdiendo el efecto de la gomina que se había puesto hacía más de doce horas.
Necesitaba una ducha, dormir y comer algo.
Siguió a Tilda y la ayudó a llamar un taxi. Efectivamente, tenían que regresar a la DAS. Mientras el taxi se detenía frente a ellos, Stan no podía quitarse de la cabeza una sola idea: aquel asesino no estaba improvisando nada.