25
Minerva y Antoine dejaron a Marie en la cocina y entraron en el despacho del padre Jacques Girard.
Era pequeño, y la puerta chirrió al abrirla y al cerrarla.
Había una mesa sencilla, un portátil y unos papeles a los lados. También estaba ahí la hoja parroquial de París de ese domingo.
—Vaya… —dijo Antoine, apuntando una foto con el dedo.
Minerva miró al inspector y luego se fijó en lo que señalaba.
—Vino ayer al puente, cuando encontramos el cadáver —aclaró Antoine.
Era una fotografía del arzobispo.
A primera vista, a Minerva no le gustó. Había algo en su papada, su mirada severa y el fotograma de su alma que había quedado capturado en la imagen.
—Me pregunté cómo podía haber acudido tan rápido al lugar del crimen.
Ella no dijo nada, solo escuchaba. Seguramente lo averiguarían pronto.
—Nos llevamos el ordenador y la agenda —dijo Minerva.
Abrió la mochila, desconectó el portátil del cable de alimentación y lo metió dentro.
Luego abrió la agenda.
—A ver qué pasó en el día de ayer…
Minerva fue pasando páginas hasta llegar a la del día anterior, el sábado.
Deslizó el dedo por las líneas escritas en lápiz, pero solo vio anotaciones sin importancia. Llamar a una persona, llevar un documento a un lugar, lavar la casulla y otras tareas sin mucha importancia.
—No encuentro nada, pero hay que estudiarlo con más detenimiento. A lo mejor se vio con el asesino en los días previos. Nos lo llevamos también.
Se lo metió en la mochila y Antoine se le acercó. Minerva se tensó al sentirlo tan cerca y movió la cabeza unos centímetros hacia atrás.
—¿Qué pasa?
El guapo inspector la miró detenidamente.
—¿No cree que necesitaríamos una autorización del juez para llevarnos ese material?
—No me venga con tonterías burocráticas. Tenemos que ser rápidos y resolutivos, inspector Lefèvre —le espetó Minerva—. Si empezamos con todas esas formalidades, no podremos avanzar a la velocidad necesaria.
—Estamos en Francia. Esto no es España.
A la inspectora no le gustó el tono que usó.
Estuvo a punto de empezar una conversación con mal humor, que habría seguido con una discusión. Al final, habría terminado odiando a ese hombre. Seguro que era un misógino y un clasista. Seguro que pensaba que todo lo que no era francés era peor.
Pero no quiso hurgar.
En vez de eso, Minerva cerró la mochila.
—Nos vamos —dijo sin mirarlo y salió del despacho.
Llegaron a la moto. Se pusieron el casco y arrancaron.
Minerva se agarró fuerte a las asas que sobresalían de los laterales. Aquel hombre era alto y muy atractivo, pero le resultaba cada vez más insoportable.
La moto arrancó y pensó en la investigación en Madrid, cuando le había tocado trabajar con Claudio. Prefería mil veces al cura, o seminarista , como decía él. Era mucho mejor que ese engreído.
Después de cruzar París otra vez, siguieron el Sena en dirección este. Entraron en la isla de la ciudad, o Île de la Cité . Finalmente, Antoine aparcó al lado de la catedral de Notre-Dame.
Minerva bajó y se quitó el casco. Era la primera vez que estaba delante del santuario más importante de la ciudad, y uno de los edificios más visitados de toda Europa.
Se quedó mirándola por unos segundos. A pesar de no ser ni religiosa ni creyente, no pudo negar que el edificio era precioso.
El estilo gótico, con sus vidrieras de colores y sus arcos apuntados, cortaba la respiración.
Recordó su infancia, cuando su madre le ponía una y otra vez el VHS con la película de El jorobado de Notre-Dame de Disney. Minerva se la pedía una y otra vez.
Y ahora, allí estaba, frente a la catedral en todo su esplendor, recién restaurada después del terrible incendio.
—¿Viene? Es por aquí —le dijo el inspector.
Minerva asintió y caminaron bordeando el majestuoso edificio religioso, hasta la entrada del arzobispado de París.
Tocaron al timbre y les abrieron.
Antoine se presentó al religioso que había abierto la puerta y le indicó que necesitaban ver al arzobispo.
Esperaron casi veinte minutos en una sala antes de que les recibieran.
Cuando la puerta se abrió, apareció el mismo hombre, acompañado por el arzobispo de París, Monseigneur Philippe de Valmont. También entraron unas monjas, que solo los saludaron y luego se marcharon. Minerva las miró con detalle hasta que desaparecieron por el pasillo contiguo.
—Inspector. Sígame, por favor —saludó el arzobispo—. ¿Viene a darme alguna buena noticia?
—Buenos días, Monseigneur —dijo Antoine.
Minerva entró en el despacho, quedándose un paso por detrás del inspector.
—Siéntense, por favor —dijo al arzobispo, indicando las dos sillas frente a su escritorio.
Antoine se sentó y cruzó las piernas. Luego miró a Minerva. Esta, que aún no había dicho nada, le indicó con un movimiento de cabeza que hiciera las preguntas él.
—Monseñor, hemos ido a la parroquia del padre Père Jacques Girard. Ahora mismo venimos de allí.
El arzobispo asintió.
—¿Y tiene una idea de quién puede haber sido?
Antoine no pudo contener una sonrisa ante el optimismo del arzobispo.
—Eh, no. Es demasiado pronto. Pero el problema es que nos consta que usted y unas tres personas más…
—Cuatro. Con él cinco, en total —puntualizó Minerva.
Monseñor la miró.
—¿Quién es ella? —preguntó señalándola.
—Es la inspectora Cadalso, de la policía de Madrid. Forma parte del equipo que resolvió ese caso parecido, que tuvo lugar en España.
Él asintió.
—Buenos días, inspectora Cadalso.
Ella ni siquiera se dignó mirarle. Se había alejado un poco para mirar por la ventana. Desde allí, tenía una vista privilegiada del Sena y de la orilla que daba a la isla.
—En fin, nos consta que se reunió con el párroco asesinado en cierta ocasión. ¿Nos podría indicar de qué hablaron durante aquella reunión? La sacristana nos dijo que duró varias horas, y que al padre Père se le veía decaído en los días siguientes.
Minerva se giró. El despacho era suntuoso, con muebles antiguos.
Todo era dorado y voluptuoso, de estilo barroco.
Arrugó el ceño. El arzobispo no le acababa de gustar.
Desde el momento en que había visto su fotografía había sentido que ese hombre tenía secretos y sintió que no los pensaba contar a ellos.
Quizá el arzobispo de París, Monseigneur Philippe de Valmont, era el nuevo cardenal Richelieu.
Eso era lo que más odiaba de la iglesia: la hipocresía y las contradicciones de la religión. Se obstinaban en predicar sobre la pobreza y la importancia de compartir, mientras ellos vivían una vida de lujos, separados años luz de la vida del pueblo llano.
—No recuerdo esa reunión. Seguramente, Marie se confunde.
¿Cómo podía saber que se llamaba Marie? El inspector no lo había mencionado.
—Ya, pero ella estaba segura.
El arzobispo se encogió de hombros.
—Inspector, tiene que centrarse en las cosas importantes, no en ese tipo de conjeturas sin sentido.
—Realmente creemos que es importante y que Marie dice la verdad —dijo y añadió—. ¿Cómo sabe que la sacristana se llama Marie?
Monseñor sonrió nervioso. Minerva lo detectó al instante.
—Como le conté ayer, hace poco hicimos una misa en su iglesia para atraer a más fieles. Ya sabe, es un mal momento para la fe, así que un domingo cada mes oficio una misa en la periferia.
Minerva lo escuchó, pensando que sin duda les escondía algo.
Pensó en cuántas parroquias podía tener París.
Sin duda eran muchas, pero monseñor, justamente, había visitado esa.
¿Era una coincidencia o una anomalía? Además, recordó las palabras de Marie: desde aquella reunión con el arzobispo, la afluencia de feligreses se había desplomado, y no lo contrario.
—Nos está ocultando lo más importante —dictaminó Minerva—. Pero cuanto más tiempo nos haga perder, peor será para usted.
La frase dura de la inspectora dejó a ambos hombres sin palabras.
Se creó un incómodo silencio y el religioso le lanzó una mirada amenazadora.
—No la entiendo —dijo—. ¿A qué se refiere?
Minerva se alejó de la ventana y se fue acercando, a paso lento, al escritorio.
—Me refiero a que sé que nos está ocultando algo. Nos lo piensa decir, ¿sí o no? —insistió con tono suave pero seguro.
Él la siguió con la vista, entre expectante y nervioso.
Minerva seguía esperando su respuesta. Apoyó los puños en el escritorio barroco y dorado.
—Señor arzobispo, no tengo todo el día.
—Inspector Lefèvre, le prometo que no sé de qué me hablan.
—Monseñor, ayer vino a pedirme ayuda y me dijo que resolviera el caso lo antes posible. Aquí estamos, así que ayúdenos a hacerlo —dijo Antoine y se encogió de hombros.
—Pero yo estoy siendo sincero.
Esa palabra, sincero , agotó la paciencia de Minerva, que se lanzó hacia el arzobispo como una pantera. Lo agarró con firmeza de la pechera de la sotana. A él casi se le salieron los ojos de las órbitas del susto.
Antoine se levantó, escandalizado, y extendió las manos.
—¡Minerva! —bramó, tratando de detenerla.
—Usted no lo sabe, pero tengo bastante fuerza como para partirle el cuello. Como me haga enfadar más, le dejaré sin aire —le espetó con rabia—. ¿Me entiende?
El arzobispo asintió muy despacio.
—Bien. ¿Sabe cuánto me gustan personalmente los curas?
El hombre negó con la cabeza.
—Pues los curas me gustan entre poco y extremadamente poco. Así que, si tengo que hacerle daño, no se me caerán los anillos. ¿Me comprende?
Volvió a asentir.
—Nos entendemos. Eso es bueno para usted; quiere decir que está muy cerca de que nosotros nos vayamos y de que usted pueda volver a su holgada vida de lujos. Ahora bien, quiero que me diga exactamente qué pasó en esa reunión. Se lo pregunto otra vez, ¿qué pasó con el padre Jacques?
—Minerva, por el amor de Dios… —dijo Lefèvre.
Minerva hizo caso omiso del inspector.
—Hable.
El arzobispo tosió antes de hablar.
—El padre Jacques fue denunciado.
Minerva arrugó el ceño.
—Denunciado. Bien, es un primer paso. ¿Denunciado por quién?
—Por unos padres.
—¡Unos padres! —gritó y, al decirlo, se irguió más—. ¿Unos padres? ¿Por qué?
El arzobispo cerró los ojos, los volvió a abrir y dijo con un hilo de voz:
—Por abusos.